Por Carlos de Bustamante
(Acuarela de J.M. Arévalo)
A veces, mis amigos, lo bucólico (pastoril) viene mezclado con la rudeza de labores milenarias ejecutadas con sencillez por sencillas gentes del campo. Pocos como los pastores.
El dominio sobre toda la creación -animales de la tierra, peces de ríos y mares, aves del cielo y cuanto Dios creó para servicio del hombre- no siempre lleva consigo la ternura y cuidados que por mandato divino entregó para que lo trabajara y custodiase. Mas no por ello dejan de ser muy bellas a los ojos de quien ama la naturaleza y los hechos y obras pastoriles. Algunas como con las que hoy trataré de entretener a mis amigos, son incluso poco agradables a la vista del profano en la materia. Se trata del esquileo del ganado ovino hasta dejarlas en cueros. `Como ovejas mudas ante los esquiladores´… Connotaciones bíblicas. Esquiladores que llegan de Extremadura o son familias enteras dedicadas al oficio procedentes del entorno que, en un trabajo duro como pocos, recorren las diferentes ganaderías de la zona.
Entre los recuerdos de niñez éste destaca por el revuelo en el caserío y tumulto en los apriscos. Hombres fornidos, enjuto el rostro por sudores sin cuento en la penosa labor. Su única herramienta de trabajo por entonces eran unas sencillas tijeras y hatillos al cinto para inmovilizar al ganado. El atuendo era ropa avejentada por el trabajo durante los meses calurosos del verano en los que se efectúa el esquileo. Temeroso el ganado por la extraña presencia de personal desconocido, balaba temeroso y extrañado, como cuando penetra un ladrón sin utilizar las puertas del aprisco. Connotaciones bíblicas.
Apretadas con teleras en un espacio reducido, los esquiladores iban cogiendo una por una sin demasiados miramientos. Aterrorizadas las `uvejas´ enmudecían en el acto. `Como oveja muda ante los esquiladores. ´ Connotaciones bíblicas. Luego, con facilidad pasmosa las tijeras manejadas con increíble soltura, iban despojando del tabardo a las churrillas. Es tal la abundancia de lana en el ganado de esta raza, que espesas guedejas de ella colgaba a ambos costados hasta casi rozar el suelo. Bien, pues, se cumple en estas `uvejas´ el dicho popular: “hiele, hiele, hasta que el rabo se me pele”. Tan distinto al referido al ganado bovino: “lluvia, lluvia, hasta que la asta se me pudra”.
Os he dicho, mis amigos, en el dicho popular ´hasta que el rabo se me pele´. Sin duda el abrigo que cubre a las ovejas es tan resistente al frío, incluso a las heladas castellanas, que difícilmente penetraría en sus carnes, como para pelarles el rabo, muy corto, cubierto de idéntica lana a la que los esquiladores les despojaban del cuerpo con habilidad pasmosa hasta dejarlas en cueros. Sudando a mares por el esfuerzo de sujetar y trasquilar al ganado, les era preciso pequeños descansos de cuando en cuando. Aquí la habitual ración de vino en botas de a cuartillo del personal para suavizar las labores en el campo, estaba contenida en garrafones de una cántara de `cábida´. Garrafón que quedaba `tiritando´ al final de la jornada.
`Llamados´ por el `fato´ del, clarete, o tal vez con mejores intenciones, los tres pastores acudían `ande´ los esquiladores.
– ¿Un traguejo amigos?, les ofrecieron un vaso a rebosar de un clarete superiorón.
-Si está fresco…, respondió Marcia el mayoral sin importarle un rábano que estuviera calentorro. Uno tras otro los tres `se apretaron´ la ración acostumbrada por los esquiladores. Con la lengua más suelta por el traguejo… iban a darle al palique cuando Horacio, el esquilador, exclamó:
¡Bueno chiquitos, vusotros no sé ó si tenís tiempo sobrante o no, pero nusotros andamos una miaja atrasados con este ganadillo que páice que se multiplica!
– ¡A qué ton vamos nusotros a estar con el tiempo sobrau, si nos esperan las corderas pa rabotar!, contestó Perico cuasi ofendido. Echaron una mirada al garrafón al tiempo de `dar de mano´ a los esquiladores. Luego, marcharon `agudos´ al aprisco.
Sacó Marcia unas tenazas `aparentes´ y Eutimio, le fue dando una tras otras las corderas que servirían para reponer las desechadas por viejas o poco productivas. Al tiempo de cortar los rabos de ellas cerca de salvo sea la parte, Pedro untaba con ceniza el corte una miaja sangrante. `Páice´ que los animalejos no hacían demasiado sentimiento a la operación para, de adultas, facilitar la labor de cubrición por los carneros….
El día de rabotar, entre los vecinos del caserío había almuerzo `extrordinario´. Con una criba sobre las ascuas, y en ella los rabos cortados pelados, limpios y una vez asados, fueron el colofón al ajetreado día de esquileo. Exquisitos. A fuerza de pan y vino, el festín obró el prodigio de convertir la monotonía de los días siempre iguales, en festival por todo lo alto.
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