Por Carlos de Bustamante
(Paisaje castellano con rebaño. Óleo sobre papel de Jesús Meneses. cajaespana.es)
El día amaneció fresco. Con las mieses recién segadas, y el sol saliendo de la panza del páramo, Marcia dispuso dónde `cariar´ cada hatajo.
– ¡Vamos chiquitos, les dijo luego, que sigún el amanecer, creo ó que el día va a ser superiorón pa cariar los rastrojos!, finalizó enérgico y solemne.
Pedro, buen pastor, torció el gesto al tiempo de `tirar´ unas palabras a resultas de las cuales el mayoral y Eutimio esbozaron una sonrisa benevolente.
-Digo ó Marcia, que pa mi hoy el día trastorna, que velihaí esa nube sobre el páramo ande la Atalaya, que anuncia cambiar el tiempo pa terminar en una tormenta cojonuda. Enfatizó, al tiempo que con la vista escrutaba el cielo, limpio en un amanecer luminoso.
– ¡Anda tontoanda, va a cambear si la nube no tié lo que tié que tener pa que cambee a temporal!, exclamó Marcia con una miaja de guasa, y la mirada puesta en Eutimio, esperando su aprobación.
-A ver…! Dijo éste por toda respuesta.
-Advertidos estáis, allá vusotros si dispués el ganadillo enfermo, dijo Pedro, `anque´ a escape llamó a sus uvejas, pa ir al rastrojo del cacho de la Encina, como dispuso el mayoral.
– ¡Arruzaaaa, dalas que vengan!, ordenó a su perro. `Anque´ no las hubiera obligado amenazándolas con el perro desde atrás, las `uvejas´ hubieran obedecido igual porque conocían `divinamente´ la voz del pastor. Sumisas, `deseguida´ caminaron tras él. Sin embargo, el ganado estaba inquieto y como con el baile san Vito. Barrunto seguro de cambio del temporal. Con él, el buen pastor confirmó para sus adentros lo dicho al mayoral: tormenta temerosa, como son las que vienen desde la Atalaya.
`Sigún´ entraba la mañana, en el cielo aparecieron las primeras nubes. La inquietud de las ovejas se calmó `cariando´ plácidamente extendidas por el rastrojo.
Superior el trabajo de la cosechadora, pero las churrillas sabían buscar divinamente alguna espiga entre las pajas y los granos que se le escapaban al moderno artilugio.
Contra el mediodía, las nubes tomaron forma y color de panza de burro y la negrura avanzaba desde la Atalaya. Del algodón inicial, muy blanco en la primera nubecilla, con rapidez inaudita iba transformándose en otro, también de algodón, pero como embadurnado de `servus´ (betún de la posguerra).
Con ojos de halcón bajo la gorra que finalizaba en visera, el bue pastor que era Perico, escrutó el cielo. `Deseguida´, corrió hacia la encina centenaria que daba nombre al cacho y sin dejar de mirar a lo alto, se echó las alforjas al hombro y tomó del `hato´ la manta que, previsor, sacó e n casa del arca. Causó con ello el risión de los compañeros, pero pacífico y con `muy bien´ de sorna, replicó a los de las risas:
-Pos digo ó, inorantes, que reirá mejor el que ría último. Tiradas estas palabras, aún añadió: Y pa mí quése será un servidor.
– ¡Anda tontoanda, le replicó Eutimio, a vei crees que con la calor de agosto tihace falta más abrigo quel que llevas en verano!
No había terminado de hablar, cuando un rayo rasgó las nubes como quien arpa un melón `tendral´. Seguido del resplandor cárdeno, un trallazo imponente páice que también arpó el páramo ande se alza orgullosa, la vieja encina nombrada Atalaya.
Como quien lleva el demonio en el cuerpo, `pescó´ Perico a correr para, fuera de la encina `ande´ tenían los hatos, reunir al ganado asustado y disperso por el zambombazo del trueno. Lo mismo hizo Eutimio, pero a la vista de los goterones que comenzaron a caer muy recios, reunió a su hatajo para buscar `agrego´ en la encina de amplio resguardo bajo una copa descomunal cuasi impenetrable para la lluvia. Las churrillas de su hatajo, con la cabeza `gacha´ se agruparon en derredor de la que les dio la frescura otrora de su sombra. Cuasi se perdía ya Pedro en la lejanía, cuando al ver al compañero bajo la encina voceó cuanto le permitían los pulmones y… los truenos ininterrumpidos y cada vez más sonoros:
– ¡Quitatedihay, inorante, que, con los nublados de la Atalaya, nuhay peor refugio que ande tihas metido!! Sin tiempo a repetirlo de nuevo, un rayo tremendo cayó sobre uno de los `palones´ de la luz que por la linde del camino llevaban iluminación al caserío. Al trallazo del rayo se unió `áhura´ el chasquido de los cables en contacto por el destrozo del palón con el rayo. Corrió entonces Eutimio como si llevara dentro todos los diablos del averno y tras él las `uvejas´. Apenas hubo corrido unos pocos metros cuando por fuerzas cárdenas, desatadas de no se sabe ´ande´, tiraron por tierra al pastor más lívido que la pared mejor `blanqueada´. Y la encina quedó arpada de alto en bajo.
En llegando al aprisco sin resuello en el cuerpo, cayó como un fardo sobre las pacas de alfalfa que Pedro había llevado para las ovejas `ayunas´, interrumpido el careo por la tormenta. Chorreando por el diluvio sobre sus costillas, apenas si pudo decir entrecortado a Perico:
-Jeringar con la Atalaya de los…, si no me llegas a vociar, a estas horas es que ni lo cuento…
¡A ver…! Si ya te lo decía ó, fue toda la presunción del salvavidas `exprimentado´.
Poco después y como un ánima en pena, llegó Marcia. Como su perra Devora se sacudió no se sabe bien si aposta o por la tiritera tras el diluvio en `blanqueta´. Hasta ésta (la camisa) se la `tuvon´ que quitar sigún venía el hombre de `arrecido´.
Con ganas `áhura´ de broma, Eutimio exclamó con guasa: ¿No quedrás por un casual la manta de Pedro, eh Marcia?
– ¡Pos mira quién va a hablar si entodavía tiés las carnes como las de los gurriatos en pelo malo!, le contestó ya entre risas pasado el peligro.
El trago largo, largo de la bota, entonó superior a los tres pastores que tardarían en olvidar la sabiduría del analfabeto Perico y la tormenta de verano desatada desde la Atalaya en el cerro del páramo.
De la tierra mojada en el corral se desprendían olores especiales tras el aguacero y del aprisco salieron otras nubes, éstas de los `pavores´ al secarse la miaja de lana crecida en las `uvejas´ desde el esquileo. Olores del campo, fragancias naturales de antaño, que el `confinado´ de hogaño recuerda con la añoranza de una juventud, ¡ay!, que ya se pierde en el tiempo.
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