Por Carlos de Bustamante
(Cabeza de oveja)
Sí; ya `sos´ dije, mis amigos, que la cosechadora para el ‘cerial´ era y es un artilugio `superior´. Con anchura de corte -algunas- de hasta doce metros, hacen las labores de siega, trilla y aventado, todas al tiempo. Tienen, además, la ventaja añadida de no tener que envasar el grano que, cayendo a chorros en la tolva descomunal por `quisió´ los mecanismos, `sigún´ va segando, lo vierte luego directamente al camión que espera en el rastrojo. Autopropulsada, no `nesecita´ pares, huebras, ni carros, ni agosteros. No es exagerado el `cárculo´ de que ella solita (bueno, de momento con el conductor) hace la labor de no menos de ¡cien obreros! trabajando de sol a sol en cincuenta o más hectáreas. Pero como no todo el monte es orégano, nunca la mecanización del campo es perfecta, porque no lo son las máquinas. Como tampoco lo es, pese a la sentencia de `Cagaris´ (`alias Santiaguillo´), “que yo sos digo que no luhay como la mano del obrero”.
Hasta la mejor cosechadora, pues, echa un borrón. Por la fuerza de los potentes ventiladores que expulsan la paja, el viento que generan arrastra con frecuencia algún que otro -o muchos si no se gradúan bien- grano que cae en tierra envuelto con la paja. Sucede también que las aspas que, en volteo continuo, empujan las mieses a la sierra, golpeen algunas espigas desgranándolas `antes de conantes´.
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El verano de ese año fue abrasador. Los tres meses de infierno en el valle del Duero, fueron de órdago a la grande. El mercurio llegó a marcar los 41º de vellón. Como no todo son inconvenientes por `la calor´, y no hay mal que por bien no venga, las cosechadoras en la Dehesa `aviaron´ la cosecha en un tiempo increíblemente corto por segar y triturar las mieses con notable facilidad. El inconveniente más grave fue que, al estar las espigas secas como `chistos´, `en cuantis´ las tocaban las aspas que arriman la mies a la sierra, no pocos granos caían a la tierra mermando la cosecha, que, no obstante, fue `superior´. `Sigún´ ´cariaban ‘las uvejas de los tres pastores (recordad: Marcia, Eutimio y Pedro), esbozaban una sonrisa que provocó un `cabreo´ descomunal en el cachicán Vidal `Peduco´.
-Pos no veo ó a qué ton sos tenís que reír, si el grano en tierra es grano perdido y digo ó que deso nadie tié por qué reir. ¡Vamos, digo ó!, finalizó con cara de pocos amigos anque lo fueran.
– ¡A jorobarse!, exclamó Marcia, sin dejar de sonreír. A vei te crees -añadió- que nos alegramos de que la máquina marrote´ tanto grano questiaño vién como piñones de gordos. A nusotros no nos da la risión por el estropicio, sino pensando en el alimento pal ganadillo que no tié pa comer estiaño nian yerba en la ribera sigún está el temporal de las calores temerosas. Velay que con un poco suerte tengamos una otoñada superiorona, y eso es lo que nos da sastifacción y una miaja de sonrisas, finalizó, sin que el llamado Peduco acabase de entender las palabras que tiró el mayoral.
Ante la `cara de haba´ del cachicán, Marcia sólo añadió:
-Diquiá el otoño lo entenderás de primera en primera.
– ¡Devora, dalas que vengan…!! Y la perra reunió al hatajo en un santiamén pa llevarlas `deseguida´ a encerrar.
Encerraron los tres. Las huebras finalizaron sus labores. El personal que trabajó duro en el campo, regresó al caserío. La vacada, que pastó `cuatro bálagos´ y hojas en el monte o la ribera, atada ahora a las argollas bajo los pesebres, rumiaba acompasadamente en digestión interminable el forraje ingerido en el campo más el suplemento en la cuadra. Las gallinas que se afanaron en el corral escarbando basuras y tierra para ellas y sus polluelos, dormían profundamente sobre los altos más insospechados: teleras de los carros que descansan sobre los tentemozos, en las crujías del cobertizo que cobija los aperos… Los gallos enmudecieron entregados ahora al sueño reparador de tantos cortejos. Los lechazos cesaron de balidos, repleta la barriguilla de leche tibia y sabrosa. Las sombras avanzan tristes sobre el caserío y hasta las luces -ojos brillantes en las ventanas de las viviendas-, cansadas de ver y mirar, se diluyen mortecinas, hasta dormir en una noche, que domina inexorable a hombres, aves y ganados. Hasta el calor del día cede protagonismo al frescor de una estación que se agota. Como el día se bate en retirada ante la noche que avanza imparable, así la estación de la luz y del calor, cede el paso a las suavidades de otra nueva fresca y, por lo general, lluviosa. En el valle amanece el otoño.
Cansadas las estrellas de una fuga interminable en las alturas, el cielo despierta envuelto en nubarrones, feliz presagio de las aguas que faltaron en todo el verano.
Cuando el personal llega al caserío, la lluvia llora mansamente sobre las tierras sedientas.
Marcia comunica en el aprisco a los otros pastores que el ganado permanezca en casa, bien llenos los comederos de alfalfa y la ración de pienso al mediodía a las paridas.
Sin verse, los rastrojos y tierras resecas reciben la bendición del agua con absorción estragada. En su interior se inicia una germinación que crece para adentro inadvertida.
Pronto la llovizna timorata se convierte en lluvia torrencial.
Fueron varios días otoñales. Finalizados, se obró el milagro: el campo, las rastrojeras, los pastizales, riberas y monte comenzaron a teñirse del verde que `tuvon´ y que se agostó sin la bendición del agua. `Espuntaron´ tímidamente primero las yerbas que de forma espontánea emergen del campo en general; y en los rastrojos, sobre todo que, al morir los granos por la humedad, renacen a la vida -aparente contrasentido- con brotes verde pálido que harán la delicia de las churrillas.
– ¿Entiendes áhura Peduco el motivo de nuestra sastifacción por los granos que perdía la cosechadora?, dijo Marcia al cachicán que miraba absorto la otoñada en los rastrojos y el sosegado `cariar´ de las uvejas en él.
– ¡A ver…! Si ya te lo decía ó, mintió soberanamente Peduco.
Al fin, con un prolongado traguejo de la bota, sonrieron los dos por la hermosura de la otoñada, que vistió de un verde `elegante´ al campo. Otra vez la Dehesa, fue más verde y hermosa. Dehesa de Peñalba “la Verde”.
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