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Concurso de berridos

Tres foramontanos en Valladolid 28 May 2021 - 07:21 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Ahoy Rotterdam, la sede del Festival de la Canción de Eurovisión 2021)

Hubo un tiempo en el que yo también seguí el concurso. Europa estaba entonces en una fase ilusionada, abiertamente orientada hacia el futuro, y España formaba parte de ella. Así que un acontecimiento musical con participación de todos los países era, además de un hecho novedoso, una buena ocasión de disfrutar de le emoción de una música que debería ser expresión del buen gusto de nuestro continente y de la creatividad de sus artistas. En eso estábamos cuando no tardamos en tener un par de grandes éxitos y muchos momentos agradables.

Pero este año hacía ya bastante tiempo que aquella situación había cambiado, y después de un año en blanco se retomaba la rutina. Por mi parte he de admitir que me encontraba distanciado del evento, no sólo por la falta de éxitos hispanos sino también y sobre todo por haberse desvirtuado su carácter con la incorporación poco justificable de varios países ajenos a la Unión. Pero quizá no fuera sólo ese el motivo de mi ausencia. Quizás el motivo fuera, sobre todo, su cambio de estilo.

Por ejemplo, con el desaforado aumento de los decibelios, que es como decir del ruido. Porque las canciones europeas de siempre habían sido, dentro de la deseable variedad aportada por cada país participante, la expresión de un sentimiento propio que pretendía conmovernos por medio de su inspiración y su belleza. Quizá no siempre pudiéramos entender lo que decían sus letras, pero casi siempre podíamos percibir sus intenciones en los matices de las inflexiones y los gestos que las acompañaban.

Y esta es la diferencia ahora: el espectáculo se ha convertido en una exhibición de efectos especiales que poco tiene que ver con el pasado, cuando lo que privaba era, naturalmente,. la canción. Una canción que casi siempre sería una declaración de amor, un tú a tú o una confidencia, un ruego o un lamento en voz baja, un desahogo… Expresiones sentidas de un amor que nace o que pretende convertirse en algo, mientras ahora parece tratarse simplemente de una poderosa exhibición de la tecnología dominante; una demostración exagerada de efectos luminosos y sonoros que parecen competir entre ellos mismos en cuanto a originalidad y fantasía; luces de todos los colores que sin saber para qué atraviesan el espacio oscuro y lo barren en todas direcciones.

Pero no siempre empezarán a tope, puesto que muchas veces el comienzo podrá llamarnos al engaño, y es que, en efecto, a veces el actuante iniciará su intervención cantando tan desmayadamente que casi no le oiremos. Pero ya les aviso desde ahora que si empezó de esa forma será para alcanzar mayor contraste con el grito que inexorablemente intentará dejarnos sordos. Y este es el plan que nos espera: un festival de  berridos como para ver quien chilla más fuerte.

Así que no esperen ustedes entender ni una palabra, puesto que en tales condiciones  todos estamos empatados ya de entrada. Nadie entenderá absolutamente nada conozca o no conozca el idioma en que se canta, así que dará igual la letra. Podrá usted hablar inglés mejor que el mismo Shakespare o español a la altura de Cervantes, que en ambos casos quedarán igualados en cuanto al grado de ignorancia. Y sí creen que podrán identificar a unos y a otros por los atuendos u otros rasgos externos, tampoco se confíen, porque no es eso lo que se pretende. Lo que se quiere es ganar a los demás en fantasía y ruido, todo ello a base de chillidos y rarezas.

Pero no se preocupe usted, improbable lector mío, porque después de llegar a tales conclusiones se me ocurrió preguntar qué habían cantado los italianos ganadores, y fue mi asombro constatar que se trataba simplemente de una canción-paliza para mi de tipo rap, si bien catalogada oficialmente como un “garage rock”, o sea – transcribo – como “un subgénero de rock que combina aspectos sonoros del doo-wop, el R&B y el soul, con influencia de la música surf y ritmos característicos del blues instrumental”. Y aquí me paro para no complicar aún más la cosa, porque ya me veo incluyendo el “sole mío” en su versión rapera por mucho que a mi sólo me pareciera una cantinela  insoportable.

PS:  Se viene comentando que haber quedado los terceros por la cola es más un título de honor que una vergüenza. Y que los ingleses, que no recibieron ni un solo voto de nadie – es decir, tanto procedentes del jurado como del voto popular, habrían sufrido justamente los efectos del rechazo británico a seguir perteneciendo a Europa.

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