“Cosas que me cuesta entender”, de Juan Van-Halen, “Indultos nos cuesten lo que nos cuesten”, de Marisa Cruz, y “Colonizar el Ibex”, de ABC
(Viñeta de Tomás Serrano en El Español el pasado día 11)
COSAS QUE ME CUESTA ENTENDER
Artículo de Juan Van-Halen publicado en El Debate de Hoy el pasado día 10 Cuestiones varias que afectan al devenir de la política de nuestro país: desde los socialistas que no comulgan con Sánchez, pasando por la nula cobertura de las imputaciones de Podemos, hasta los movimientos de un Pablo Casado que huye de Vox pero comparte mesa y mantel con Arrimadas.
Konrad Adenauer, uno de los padres fundadores de Europa como la conocemos, dejó escrito: «En política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno». En ese principio se apuntala a menudo la acción política y, sobre todo, en casos de políticos mediocres, incluso objetivamente ineptos para las responsabilidades que ocupan. No les importa tener realmente razón, porque siempre creen que la tienen. Por ejemplo, llegar al poder sea como sea y mantenerlo a cualquier precio les parece una prueba de que están en lo cierto. Que el lector no piense que ante estas afirmaciones es el único al que le viene a la cabeza el nombre de Pedro Sánchez. No solo está convencido de que le asiste la razón; también se la dan, contra viento y marea, sus palmeros, y para mantenerse en la Moncloa mueve a su favor los votos de quienes se asisten en él para tratar de destruir España, negándola y buscando trocearla. Para ellos, ¿qué mejor apuesta que Sánchez?
En este contexto, camino de la distopía orwelliana, agobiante y totalitaria, hay cosas que me cuesta entender. Son muchas. Me detengo en algunas.
No entiendo que un partido más que centenario como es el PSOE no sea capaz de reaccionar contra lo que no es otra cosa que una falsificación ideológica al servicio de una ambición personal. Tiene incluso su publicista, que envuelve en nubes lo que lleva a cabo, trata de confundir a la opinión enmascarando errores y exagerando aciertos aunque sean ajenos, que casi siempre lo son; promete milagros para dentro de treinta años en medio de una cadena de pifias y rectificaciones, de mentiras sin tasa, en definitiva, de inmoralidades. Sánchez ha tomado decisiones y seguido estrategias contrarias a las que marcaron la historia del PSOE desde la Transición hasta la irrupción de José Luis Rodríguez Zapatero.
No entiendo que, con el antecedente de que ya una vez el PSOE consiguió alejar el peligro de Sánchez, nadie mueva un músculo en esta situación. No son ni mucho menos pocos los que dentro del PSOE, con experiencia y nombre, están alejados de esta cadena de despropósitos. ¿Qué hacen más allá de opinar?
No entiendo que los medios, en general, se dejen llevar por cantos de sirena, por decirlo suavemente. Ni siquiera una mínima sospecha por la casualidad de que se impute a la exsecretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, se aplace sine die su comparecencia en una comisión parlamentaria para buscar el momento más propicio, basando la acusación en las declaraciones -¡en una comisión del Congreso!- del encarcelado José Manuel Villarejo, llevado desde su celda, cuando no de Luis Bárcenas, que ha cambiado de declaración tanto como de camisa. No se ha destacado otra casualidad: la reedición del vidrioso caso Rato, que ya da para poco.
No entiendo que los mismos medios no hayan prestado la más mínima atención a las denuncias de la exsenadora de Podemos Celia Cánovas, contra su partido, por blanqueo de capitales, a la imputación de la gerente de Podemos, Rocío Esther Val, por financiación ilegal, y a la denuncia del exabogado de Podemos, José Manuel Calvente, por numerosas irregularidades en Podemos. Todo ello en el caso «Neurona». Sin contar el humo echado sobre la manipulación del móvil de Dina Bousselham, que incurrió en numerosas contradicciones ante el juez. Estas causas siguen abiertas y la última apunta cada vez más a Pablo Iglesias, que declaró que el móvil de su entonces asesora había sido manipulado por la policía; el juez no lo consideró verosímil.
No entiendo el silencio mediático cuando Ione Belarra, la amiga de Irene Montero convertida en ministra, anunció que se eximirá de cesar a los miembros de Podemos imputados o condenados, por ser víctimas de «persecución judicial». Así que todos contentos. Otra rectificación de quienes nacieron para llevar ética a la política.
No entiendo algunos movimientos de Pablo Casado, supongo que estratégicos, en relación con un interés nacional superior a los partidos: un futuro en una España distinta, sin la ristra de riesgos que nos amenazan por obra y gracia del Gobierno de Sánchez y sus aliados. Para que ese futuro llegue sin prisa pero sin pausa es necesaria la unidad electoral del centro-derecha en la forma más útil para los españoles. Pablo Casado -puede ser mero tactismo- se muestra cada vez más lejos de la formación a su derecha, Vox, hasta el punto de eludir fotografiarse con su líder. Y, al tiempo, comparte mesa y mantel con Inés Arrimadas.
No entiendo la cruzada por resucitar políticamente a este personaje, Arrimadas, escasamente fiable, de liderazgo discutible desde su espantada en Cataluña y sus pactos con Sánchez. Ya sabemos: llegó un taxi vacío y de él se bajó Arrimadas. Recoger los votos de Ciudadanos, ya en huida incontrolada, es bueno para el PP, pero mucho de lo que queda de Ciudadanos, me refiero a los votantes, no a los dirigentes que rodean a su autocomplaciente lideresa, se sienten cercanos a Albert Rivera, al que echan de menos cada amanecer. Eso se ausculta en cuanto hablas con amigos de Ciudadanos.
No entiendo que se desestime la realidad de que, para una gran operación de unidad del centro-derecha capaz de ser ganadora, la clave estará en los huérfanos de un PSOE en la moderación, y en los traicionados restos de Ciudadanos. Y también, en buena medida, en Vox. No plantárselo me resulta incomprensible. Guste más o guste menos Vox, lo cierto es que está ahí. Debería haberse producido un acuerdo discreto para evaluar estrategias cercanas. A veces sueño que lo hay. Cabrear a Vox es tan negativo -supone lo mismo- que alentar a quienes esgrimen un coco fascista inexistente. Acoger las falacias del adversario como verdades es caer en sus trampas.
Se debe a Ortega una frase que viene a cuento: «Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender», y a Einstein: «No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela». La verdad es que llevo un tiempo sorprendido y extrañado por todas estas cosas y otras muchas en nuestra realidad política, y no las entiendo. Tampoco puedo explicárselo a mi abuela que, como era sagaz, acaso lo entendería, pero mi abuela Elisa, la única que conocí, falleció hace mucho tiempo y, además, nunca le gustó que, de pronto, yo entrase en política. Cada vez entiendo menos lo que vivimos. Será por mi torpeza.
Artículo en: https://eldebatedehoy.es/noticia/ojo-avizor/10/06/2021/cosas-que-me-cuesta-entender/
INDULTOS NOS CUESTEN LO QUE NOS CUESTEN
Artículo de Marisa Cruz publicado en El Mundo el pasado día 10
Pedro Sánchez está dispuesto a arriesgarlo todo en nombre de la «magnanimidad» y la «reconciliación». El trompazo de Madrid, lejos de apocarlo, le sirvió de acicate para acelerar los planes de apuntalamiento de su legislatura. Cueste lo que cueste y nos cueste lo que nos cueste. Vacunas, fondos europeos y concesiones al independentismo. Esas son las tres claves necesarias.
En marcha las dos primeras, gracias a la Unión Europea, sólo resta la tercera y ya está en camino y aceleradamente. De momento, el relato para convertir en coraje político la decisión de perdonar a quienes no dudaron en arremeter contra el Estado a golpe de sedición y malversación, va cobrando forma.
No importa que ello implique adornar con la aureola de víctimas dolientes a los condenados por el Supremo que insisten en su voluntad de repetir el desafío. Ni que al tiempo se emborrone el perfil de la oposición, y en especial del Gobierno de Mariano Rajoy, con la culpa de haber provocado la «herida catalana» a base de «odio», como ayer mismo apuntó en el Congreso el ministro de Justicia Juan Carlos Campo.
No importa tampoco, como hizo el presidente del Gobierno, equiparar el cumplimiento de la ley y las decisiones de los tribunales con la venganza y el revanchismo. Ni la vergüenza de llegar a hacer comparaciones entre la democracia española y el apartheid sudafricano ni, como apuntó la portavoz popular, Cuca Gamarra, «envenenar los valores del entendimiento y la concordia para encubrir la reafirmación en el delito».
Nada de esto es trascendente si de lo que se trata es de enhebrar un discurso que blinde al presidente, aunque ello suponga presentar a los delincuentes como víctimas, a los agredidos como vengadores, dejar a los jueces a los pies de los caballos e implique el riesgo de sembrar, como mantienen desde las filas de la oposición, «la semilla de un nuevo procès». La primera se plantó, según el PP, con el pacto del Tinell; la segunda, se está cultivando ahora.
El presidente promete generosidad, pide a los españoles «confianza» en su decisión de indultar y asegura que con ella el país dejará atrás una etapa oscura y entrará en otra de entendimiento y diálogo. En el PP lo ven del revés: «El apaciguamiento será interpretado como debilidad por quienes se aprovechan de él», advierte Gamarra para quien «no hay grandeza ninguna en someterse a quien te dice: lo mío es mío y lo tuyo es negociable».
De hecho, nada en la contraparte secesionista, más allá de la carta en la que Oriol Junqueras indulta graciosamente a quienes están dispuestos a perdonarle, dibuja el futuro que anticipa Sánchez.
Un panorama que no ven ni los propios independentistas, ni la Fiscalía, ni el Supremo, ni la oposición, ni buena parte del PSOE. Sólo lo vislumbra el presidente, para quien es esencial ganar tiempo con los indultos y después con la mesa bilateral de negociación a fin de evitar que en el año y medio largo que le queda de mandato, la actitud del secesionismo torne de nuevo a las andadas de la unilateralidad. Si eso llega, que le toque a otro.
Sólo un detalle se le escapa de momento a Sánchez y a su equipo de relatores monclovitas: la posibilidad, como ya sospecha sagazmente el independentismo más radical y rupturista -el que representa la CUP, pieza clave en la sostenibilidad de una Generalitat mal avenida-, de que el Supremo revoque, en apenas tres o cuatro meses, los indultos que ahora concederá el Gobierno. Sánchez y Redondo no quieren ni pensar en ello. La instantánea de Junqueras y compañía ingresando de nuevo en prisión puede ser más cruel incluso que la segunda edición de la foto de Colón que se publicará el domingo.
Artículo en: https://www.elmundo.es/espana/2021/06/10/60c1131121efa059218b4642.html
COLONIZAR EL IBEX
Editorial de ABC publicado el pasado día 6
El manoseo de las grandes empresas por el Gobierno es una pésima tarjeta de presentación, sobre todo en una etapa en la que hay que recuperar la confianza perdida durante la pandemia del Covid-19
Después del asalto medio fallido a Indra, el propósito de Pedro Sánchez es avanzar en la toma de control de las empresas públicas colocando al frente de ellas a personas de su estricta confianza. Ya lo ha hecho, por ejemplo, con Correos. Esta estrategia colonizadora responde al concepto de poder que tiene Pedro Sánchez, un poder que exige obediencia, sumisión y lealtad. El Poder Judicial, con la mutilación de competencias de su Consejo General, y el sistema educativo, con la enésima rebaja de su calidad por una ley socialista, son ejemplos de que la idea de control es absoluta, sin espacios de libertad de criterio o de independencia. Tampoco es una novedad, porque la izquierda siempre ha tenido un concepto absorbente del poder, aunque parecía que esta vertiente autoritaria había quedado relegada a los extremos de la izquierda. Se ve que no es así, al menos en España, donde el PSOE ha cambiado la socialdemocracia pragmática por el autoritarismo populista. Además, La Moncloa amplía sus horizontes a las empresas del Ibex 35. Más de una docena de ellas tendrán que renovar a veintidós consejeros independientes antes de julio de 2022. Es toda una oportunidad para Sánchez y su táctica de infiltración, siempre con la presunción de que seguirá en el Gobierno hasta el teórico final de la legislatura. Mecanismos de presión no le faltan a un Gobierno poco escrupuloso con las formas y menos aún con los contenidos. Las críticas públicas a la banca por los ERE -previamente conocidos y consentidos por el propio Gobierno- o por los sueldos de sus altos directivos exhiben recursos coactivos, sin contar con el Boletín Oficial del Estado, suficientes para doblegar a las empresas más resistentes. El voto del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), es decir, del Estado, contrario a la subida de sueldo del presidente de Bankia, fue toda una declaración de intenciones. Cúpulas de órganos tan relevantes como la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia tienen ya nombramientos de notoria afinidad con el Gobierno, y la Comisión Nacional del Mercado de Valores tendrá que cubrir dos puestos en su consejo en 2022, otra tentación para un PSOE expansionista y controlador.
La cuestión es que nada de esto es inocente para los mercados, los reguladores europeos y los gobiernos extranjeros. El manoseo de las grandes empresas por el Gobierno es una pésima tarjeta de presentación, sobre todo en una etapa en la que hay que recuperar la confianza perdida durante los confinamientos y las restricciones mundiales impuestos por la pandemia del Covid-19. Nuestras grandes empresas tienen buena parte de su negocio fuera de España, con inversores y socios también extranjeros. No es bueno olvidar esta internacionalización de las compañías, porque resulta incompatible con el intervencionismo nepotista que practica sin ocultación el Gobierno de Pedro Sánchez. Tampoco es inocente este modo de operar para la transparencia de los sistemas de gestión de la riqueza, la actividad y el empleo. No solo la política debe ser transparente, también las relaciones del poder político con el sector empresarial. Resulta de una hiprocresía insuperable el discurso sensible de la izquierda con las ‘puertas giratorias’ cuando se cubre con piel de rinoceronte para la colocación de amigos. Es un discurso paralelo al que practica el presidente del Gobierno con la defensa de la democracia mientras negocia con golpistas y proetarras. En España no hay un problema de calidad de la democracia, hay un problema de calidad del Gobierno, cada día más parecido a esos ejecutivos autócratas de Europa del Este.
Artículo en: https://www.abc.es/opinion/abci-editorial-abc-colonizar-ibex-202106052342_noticia.html
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