Por Carlos de Bustamante
(Ovejas en Etsy)
El que de raza sea montañés, casi nada tiene que ver con esta nueva égloga. El `casi´, os diré por qué. Los valles del Pas, de Toranzo o de Iguña en la Montaña (hoy Cantabria), tampoco tienen `casi´ nada que ver con el valle del Duero castellano (hoy, ¡qué cosas!, castellano-leonés).
El `casi´ proviene de que, tanto en los valles entre los riscos montañeses, como en el valle entre páramos, habitaron `Bustas´ procedentes de idéntica rama familiar. Por tal motivo, y sin contacto a veces con ramas del mismo tronco, las expresiones de unos u otro valle tenían numerosas similitudes. Si en los valles de la Montaña las montañas eran realmente montañas, en el del Duero castellano, los Bustas denominábamos montañas a las macizas elevaciones de los páramos. Error del todo morrocotudo, pues en el Duero, los riscos, que no hay, realmente son laderas que, por muy empinadas que sean, y lo son, culminan en la línea recta, que ni trazada con tiralíneas. Es el llamado cerro. Allí comienza o finaliza la mole de la llanura inmensa. La que bien cae en vertiginosas laderas, o bien se desploma a tajo en imponentes `derroñadas´ sobre la suavidad de las aguas que discurren lentas en mansos meandros del Duero que se desata perezoso.
Sea como fuere, las ovejas de los `peñalveros´ careaban por las laderas de las montañas o por la terrible llanura del páramo. O mejor, después de carear por el llano, el pastor de turno en Peñalba conducía el ganado a las laderas. Las que, ni por asomo, insisto, tenían nada que ver con los riscos cántabros.
Enamorados de unos y otros valles, los Bustas hicieron suyos (con el sentido `des-figurado´) el cántico espiritual de san Juan de la Cruz:
Mi Amado, las montañas/, los valles solitarios nemorosos/, las ínsulas extrañas/, los ríos sonorosos/, el silbo de los aires amorosos.
En llegando a esta fuga literaria…. Creo preciso aclarar algunos conceptos para que, mis amigos y probables únicos lectores, no dejen de serlo. Confundidos o` in albis´con esta divagación por los `cerros de Úbeda´.
Las `montañas´ pertenecían al término de Peñalba de Duero. Villa que, despoblada en diversas ocasiones a lo largo de su historia en extremo procelosa, cuenta hoy en día con un solo vecino. Familia con varios hijos, son dueños y señores de amplias extensiones de terreno labrantío y de pastos, tanto en el páramo como en las laderas. Todas ellas labradas por ellos mismos, sin que, como necesario complemento, carecieran de abundante ganado lanar.
Adelantados a su tiempo, tanto hombres como mujeres de la familia eran muleros, segadores, mecánicos, tractoristas, pastores…. Hombres y mujeres de campo, con la nobleza de las gentes amantes del trabajo que desarrollan. Acabadamente.
Pastores: En la línea del cerro que domina laderas y valle del padre Duero, la figura inhiesta del pastor se recorta en el horizonte al trasluz de un amanecer luminoso.
Con el tintinear de las esquilas en alguna de las ovejas, solo así, se localiza, el ganado, cuasi confundida la blancura de la lana con el terreno calizo de las laderas. Terreno muy pobre, con la pobre vegetación espinosa de las aulagas. Donde el ojo humano no ve sino el escaso follaje incomestible para el ganado ovino y el juego de luces -llamaradas del sol reflejado en el yeso cristalizado- las ovejas, sin embargo, sacian su apetito con la yerba que brota tímida escondida entre espinas.
– ¡Rrrría uvejaaas…! Al grito que repite el eco desde las derroñadas, avanzan dóciles con equilibrio singular ladera adelante. Cuando llegan a la gran cárcava que la lluvia en torrentera dejó escrita en un gran surco la nobleza de tierras que saben de civilizaciones y guerras, el ganado se detiene clavado en un pastizal abundante e inesperado. Con la humedad que la hendidura preservó del implacable `sol de justicia´, el hatajo llena la panza con yerba que allí crece abundante, para la noche entera de rumio apacible mientras duerme.
Los ladridos insistentes del perro, sobresaltan ahora al pastor que, perdida la vista en las frondosidades del valle nemoroso, parecía dormitar. La arcilla desmenuzada por las pezuñas del ganado, facilitan que rápidamente se deslice ladera abajo hasta la orilla del río. En el intento de saciar la sed tras el festín del bálago en la cárcava, una oveja cayó al agua. Ante la imposibilidad de salvar el terraplén que hace la orilla, corría peligro inminente de perecer ahogada. Sujeta por el cuello con la comba de la cachaba, el animalejo, ya en tierra firme, corre junto a sus compañeras que carean ajenas al sucedido.
– ¡Rrrrría uvejaaas! , vocea nuevamente el pastor. El perro, siempre atento, hace que, en carrera veloz en torno al hatajo, se reúna, para el camino de retorno al aprisco.
Pilar, que espera con los herradones a sus pies, dará comienzo al ordeño de las que, vendido o destetado el lechazo, vienen con las ubres repletas de leche tan rica en grasa, que pronto convertirá en queso con excelencia reconocida en los pueblos y caseríos del entorno. Valle del Duero, cabe las ` montañas´ de Peñalba.
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