“¿Hacia un cambio de régimen en una España humillada y vejada?” de ESdiario, “El bienio prodigioso”, de Luis Herrero, y “Los empresarios con el Golpe de Estado, la Nación se atrinchera en Madrid”, de Federico Jiménez Losantos
(Viñeta de Tomás Serrano en El Español el pasado día 22)
¿HACIA UN CAMBIO DE RÉGIMEN EN UNA ESPAÑA HUMILLADA Y VEJADA?
Editorial de ESdiario en su web el pasado día 22
Pedro Sánchez en persona llevará este martes al Consejo de Ministros la concesión de indultos a los nueve condenados por el Tribunal Supremo por delitos de sedición o malversación. Todos ellos, sus partidos y sus entornos sociales; han presumido de lo que hicieron; se han comprometido a volverlo a hacer e, incluso, han convertido las medidas de gracia en una confesión de culpa de España y en una prueba de su debilidad.
Que en ese contexto el presidente del Gobierno se haya dedicado a esconder las reacciones del separatismo; a justificarlas pintando un paisaje de concordia inexistente y a forzar pronunciamientos a favor de su actitud hasta en Europa para diluir sus despropósitos; es descorazonador.
Sánchez vende unos indultos que el independentismo rechaza en su cara
Porque el Gobierno no concede los indultos ni reforma el Código Penal para restituir la convivencia dentro del orden constitucional; sino para garantizarse su supervivencia, al precio que sea, homenajeando a quienes tienen la llave de Moncloa y han hecho presidente a Sánchez.
Sánchez se ha rendido ante el separatismo y le ha regalado todas las victorias sin solucionar ni uno solo de sus excesos
La secuencia es tan evidente que ni todo el maquillaje oficial puede tapar el escandaloso sometimiento del bien común al individual de Sánchez, que con estas medidas ya ha hecho la peor de las concesiones al separatismo: lo ha legitimado, transformando en un abuso a reparar la respuesta del Estado de Derecho, y le ha dado un cheque en blanco para que, cuando lo estime oportuno, redoble su desafío.
La victoria de los condenados
Por eso el temor expresado por el líder del PP sobre un cambio de régimen impulsado por Sánchez es razonable. Bajo la excusa de una «España federal» que ya existe y se organiza a través de las Comunidades, se está impulsando o tolerando un imparable cambio del sistema tan incierto como sin duda negativo que pone en solfa la unidad del país, la separación de poderes y hasta el papel de la Corona.
Lo busque o no Sánchez, lo está provocando con negligencia extrema. Y puede llegar un momento en que, simplemente no lo controle: haber comparado a los reos del «procés» con Nelson Mandela les concede una victoria anticipada que blanquea todas sus pretensiones y solo deja en el aire la mejor manera de alcanzarlas. Terrible.
EL BIENIO PRODIGIOSO
Artículo de Luis Herrero publicado en Libertad Digital el pasado día 21
Ayuso, una chulapa sin mantón, castiza y desacomplejada, ha sido la aldaba que ha hecho sonar el rechazo a Sánchez por todos los rincones del país. En los dos últimos años, una perfecta desconocida, reclutada a última hora para dar una batalla electoral que todo el mundo daba por perdida, se ha convertido en la política más importante de la derecha española. El hecho es indiscutible. El porqué, un arcano más difícil de descifrar de lo que parece a simple vista. En 2019, el PP era un partido sin costuras. Tras el hachazo de la moción de censura que lo desalojó del poder, muchos de los votantes que lo habían apoyado para evitar que la izquierda se adueñara de La Moncloa huyeron hacia otros parajes menos contaminados por la corrupción y el abandono de los principios. Su futuro era negro como el carbón. Vox por un lado y Ciudadanos por el otro le chupaban la sangre de las urnas. La marca se despeñaba en las encuestas como un peso muerto y la llegada de Pablo Casado no parecía haber servido para nada útil. El desánimo de los electores seguía campando a sus anchas.
En ese contexto, las elecciones municipales y autonómicas adquirieron una relevancia inusual. Si el partido de Albert Rivera consumaba el sorpasso que predecían los posos del té de algunos futurólogos, los populares, después de haber perdido el Gobierno de la Nación, perderían también el poder territorial que conservaban en muchos Ayuntamientos y cinco Comunidades Autónomas. El desastre sería total. Para los nuevos dirigentes de Génova era prioritario conservar Madrid. La joya de la corona. Casado buscó un candidato de éxito con un candil pero todos le dieron con la puerta en las narices. Nadie estaba dispuesto a bailar con un cadáver. Los pronósticos eran elocuentes: el PSOE iba a ser el partido más votado y aunque el triunvirato de la derecha tenía posibilidades de alcanzar la mayoría absoluta, Ciudadanos partía como favorito para ser el primus inter pares. Ocupar la cabecera de cartel parecía una misión suicida.
Isabel Díaz Ayuso asumió el encargo de comerse el marrón a sabiendas de que su jefe y amigo la veía como un parche para salir del compromiso. Pero la suerte se puso de su lado. Aunque el PSOE ganó las elecciones, como estaba previsto, la suma de las tres derechas logró la mayoría absoluta de los asientos de la Asamblea. Necesitaban 67 escaños y obtuvieron 68. El PP, además, consiguió 4 más que Ciudadanos (30-26) y Díaz Ayuso se convirtió en presidenta por sorpresa. Desde entonces no ha parado de crecer. No habríamos sabido cuánto si la conjunción astral de la cagada de Arrimadas en Murcia no le hubiera permitido convocar las elecciones del 4-M. Ahora su crecimiento no es una simple conjetura. En dos años ha ganado casi un millón de votos, se ha convertido en la primera fuerza y ha multiplicado por más de dos el número de escaños. ¿Estamos seguros de saber por qué?
A mi me parece que los motivos —al menos cuatro— deben colocarse por su orden. El primero de todos, el hundimiento de Ciudadanos. Tras el descalabro de noviembre de 2019, donde el partido de Rivera perdió 47 escaños, más del 60% de sus votantes decidieron apostar por el PP. Podía parecer al principio que el movimiento de arrastre era producto de la atracción que ejercía el liderazgo de la presidente madrileña, menos atormentado que el de su jeje de filas, pero las encuestas enseguida comenzaron a replicar el mismo fenómeno en el resto de España. El trasvase no se debe a la gestión particular de un gobernante en concreto. No ha sido un premio a su buena gestión, sino un castigo a la catastrófica política de sus socios de gobierno. Más de la mitad de los votos que ha ganado en este tiempo proceden de esa cantera. Ayuso se equivocaría si pretendiera colgarse la medalla.
El segundo motivo de su crecimiento ha sido la pandemia. O por decirlo mejor, su manera de gestionarla. Sin crisis sanitaria, su proyección pública como antagonista del modelo impuesto por Sánchez, y en consecuencia su rol de adalid de las libertades individuales, no hubiera adquirido tanta notoriedad. Su habilidad ha consistido en encontrar un punto de equilibrio entre la protección de la salud y el establecimiento de unas condiciones de vida, comercial y consuetudinaria, razonablemente pasaderas. Frente a la apuesta mayoritaria por el cerrojazo indiscriminado, ella supo mantener entreabiertas las puertas de una cierta normalidad, esencial para el mínimo sostenimiento de la actividad económica y el buen ánimo de los ciudadanos. Gracias a ese contraste pudo forjar un perfil propio que, en otras circunstancias, hubiera pasado más inadvertido. Lo que está por ver es si logra mantenerlo tras el fin de las restricciones.
La tercera razón de su impulso no es mérito propio. El viento que hasta ahora soplaba a favor de Sánchez ha cambiado de dirección. Su arrogancia personal, el apego al poder que desprende su conducta, la naturaleza cambiadiza de sus promesas y la identidad de sus socios de legislatura ha puesto en marcha un movimiento reactivo, también en una parte del electorado de la izquierda, que crece, según las encuestas, a velocidad constante. Madrid ha sido el primer aviso. Y Díaz Ayuso, una chulapa sin mantón, castiza y desacomplejada, la aldaba que lo ha hecho sonar por todos los rincones del país. Su desfachatez a la hora de desafiar al sanchismo, sin necesidad de autoafirmarse riñendo con Vox, es el cuarto motivo —el más intransferible de todos— que le ha permitido crecer sumando apoyos a izquierda y derecha. Y también el que la ha convertido en una pieza de caza mayor. Después del bienio prodigioso viene el peligroso. A partir de ahora, yo, en su lugar, miraría en todas direcciones antes de cruzar la acera.
Artículo en: https://www.libertaddigital.com/opinion/luis-herrero/el-bienio-prodigioso-6792040/
LOS EMPRESARIOS CON EL GOLPE DE ESTADO, LA NACIÓN SE ATRINCHERA EN MADRID
Artículo de Federico Jiménez Losantos publicado en Libertad Digital el pasado día 20
España se ha partido definitivamente en dos ante el indulto al golpismo. Y no hay ni puede haber término medio. Desde 1808, pocas veces se ha visto tan claramente dividida España como en esta última semana. Mientras estallaba en Barcelona un sórdido motín de millonarios contra España para cercar al Rey, en Madrid se alzaba la voz de la nación y de la libertad, harta del golpismo y de la izquierda cómplice. La investidura de Isabel Díaz Ayuso, con sus votos y los de Vox, fue una inolvidable exhibición de la superioridad intelectual y moral de la Derecha frente a la idiocia miserabilista de la Izquierda, cuyo símbolo es ahora un inmigrante ilegal, jefe del hampa mantera, que tras quince años aquí aún no sabe hablar español y no pudo jurar la Constitución sabiendo lo que juraba.
La imagen de la alternativa
Como un analfabeto hace ciento, y el maricomplejinismo es un virus más resistente que el Covid 19, la nueva presidenta de la Asamblea quiso arrodillarse ante esta versión cutre del Black Lives Matter y borrar, a lo Meritxell, lo que ese ciudadano español que no sabe español dijo haber oído, algo así como «rasimmo», cuando Monasterio había dicho «ilegal».
Naturalmente, Carballedo, que acabó expulsando a unas sororas del mantero -que alzaba ridículamente el puño, supongo que contra el pueblo de Madrid allí representado- no supo decir qué palabras quería borrar, al exigírselo Monasterio. Había oído «rasimmo» y corrió a arrodillarse ante los comunistas y buscavidas que viven de explotar los eternos complejos del PP, que así acaba en el matadero. Menos mal que llegó Ayuso y lo resucitó. La mano de bofetadas a Medimadre fue apoteósica. Y la imagen de Monasterio felicitando a Ayuso, después de que ésta defendiera a Vox frente a los socios de Bildu fue, sencillamente, la de la alternativa al socialismo al comunismo y al separatismo. La única posible y deseable.
Esa foto no es sólo la de una relación cordial sino la de una alianza estratégica y la de la única posibilidad de derrotar al golpismo sanchista. Casado, no escarmentado en Barcelona, se portó decentemente ante la violencia verbal del empresariado golpista y aventó cualquier atisbo de complacencia con el consenso forjado esta semana por el Gobierno, los obispos satánicos y los empresarios del Prusés, a los que se ha unido el presidente de la CEOE, previamente condecorado por Margarita Robles.
Ambos, el renegado de la unidad de mercado y la desertora de la Defensa Nacional, han demostrado que en el sanchismo no cabe decoro institucional. Ante el Golpe de Estado, asumido por el Gobierno para blindar a Sánchez, se han quitado la careta los que le servían de coartada y han dejado en ridículo a la derecha que piensa «porque no puede pensar otra cosa», que el PSOE sea algo distinto de la banda de Sánchez. Y la magistrada del Supremo que dice que aceptar el indulto es pedirlo o asumir la condena es sólo una pieza de la prevaricación general. Garamendi, tras ponerle un sueldo a Fátima Báñez, puede ser ministro del Indulto, asesorar a alguna Abengoa o a Nadia Calviño. España se ha partido definitivamente en dos ante el indulto al golpismo. Y no hay ni puede haber término medio.
Un capitalismo de trampa y cartoné
Que no vuelva más a quejarse ninguna asociación empresarial, si no echan a Garamendi de la CEOE y rompen con el Círculo de Economía del golpismo de la mala imagen que de los empresarios dan los libros de texto. Su avaricia, su doblez, su cortoplacismo, su abyecta sumisión ideológica, ese pancismo del Ibex35 que cree que por estar cotizado tiene excusa para servir al Golpe y colaborar mirando a otro lado en la destrucción de España puede olvidarse de cualquier comprensión. Cuando una Nación lucha por sobrevivir, o se ayuda a la Nación o se ayuda a sus enemigos. Y los empresarios están ayudando, por activa o por pasiva, a los enemigos del régimen constitucional, de la propiedad privada y de la libertad individual. Ayer se preguntaba Javier Somalo:
«¿Por qué con Ada Colau en Barcelona y no con Rosa Díez en Colón? ¿Por qué con Garamendi en el Círculo y no con Fernández Lasquetty en la Puerta del Sol? ¿Por qué sufrir plantones, escarceos, pitadas y chantajes si hay ovaciones esperando? Entre todos, dejamos que se oigan más unas cosas que otras huyendo de la auténtica normalidad, la de una España que es decente, quiere trabajar y cree en la Justicia, no en la venganza. Esto último es tan indiscutible como el medio siglo de terrorismo que pasamos sin revanchas personales de las víctimas.»
Y Jorge Bustos, en El Mundo, decía sobre «La otra desafección»:
«Están tan preocupados por la desafección de una élite catalana que no oyen crecer la desafección española, mucho más vigorosa», me escribe un amigo que clavó el 4-M. Ese cabreo sordo está larvándose bajo la alfombra de mentiras que Sánchez ha tendido a los pies del supremacismo indultado. Las élites pisan satisfechas la mullida retórica de la concordia, pero el pueblo empieza a echar miradas torvas a La Bastilla. Los privilegios dejan de tolerarse cuando el agraciado muerde la mano que firma la gracia y reincide en su plan para cegar el reparto, que eso es la autodeterminación. Lo que pasó el 4-M debería haber abierto algunos ojos. Pero si los hubiera abierto, no estaríamos denunciando aquí la ceguera suicida de las élites.»
Traición institucional y complicidad mediática
Esta es la cuestión: esas élites o poderes fácticos, asustados ante Barcelona, han vuelto la espalda a Madrid. Acostumbrados a agacharse ante el poder político, no ven que, al frente de un pueblo harto de ver cómo atropellan sus derechos, marcha a toda velocidad otro poder y otra política. Y esta ceguera voluntaria del mundo empresarial, que financia la ruina de PRISA y de muchos medios golpistas, además de desfilar como marjorettes cuando Sánchez toca el pito, se convierte en alta traición cuando hablamos de instituciones como el Gobierno, la Fiscalía General del Estado, no pocos jueces con ganas de ascender y varios partidos políticos que deberían estar ilegalizados, como hijos felices del terror y padres del golpismo irredento.
Esa ceguera y esa traición son, sin embargo, ocultados por unos medios de comunicación masivamente alineados con el Golpe de Estado asumido por Sánchez. Si la reacción popular de Madrid, hija del hartazgo y del agravio no es percibida como una ola de indignación nacional, aunque lo sea, se debe a la férrea censura que sobre la realidad impone el dominio de esos medios sobre todo audiovisuales, por parte de la Izquierda y del separatismo de toda laya, entregados al diario y feroz linchamiento de Vox. Que buena parte de la culpa de esa entrega a la Izquierda la tenga el PP no alivia el problema ni, menos aún, lo resuelve. Pero es la clave del desastre. Si los medios denunciaran habitualmente las trolas de Sánchez, no mentiría tanto. Si los escándalos del PSOE actual fueran tan aireados y criticados como los del PP de ayer, los sociatas habrían tenido ya que huir de España.
Un discurso para destruir a la Izquierda
Los medios no sólo facilitan o impiden la crítica al Poder. Son los mecanismos que implantan o condenan los términos del discurso político. La dictadura mediática de la izquierda es, sin embargo, tan agobiante, que la derecha política se define contra esos lugares comunes convertidos en sagrados por los medios progres. De ahí la importancia, de nuevo, de lo sucedido en Madrid, que es el triunfo del sentimiento y del razonamiento del pueblo contra un discurso insoportable. Un sentir y un pensar nunca excluyentes, pese a lo que digan los fatuos que se van de listos de la Razón frente a los tontos de la Emoción. ¡Como si una cosa excluyera a la otra!
Ayuso y Monasterio construyeron sus discursos en la investidura de la presidenta de Madrid como una enmienda a la totalidad de los lugares comunes de la izquierda. De hecho, no hubo una sola de sus afirmaciones que no incluyera la burla, la sátira, la condena y la negación del socialismo en todas sus variantes, desde el pijismo verde al supuesto antirracismo rojo. Nada de ecumenismo, nada de «diálogo con el adversario, nunca enemigo». La izquierda es enemiga de España y de la Libertad, y debe ser combatida sin descanso, como es combatida la Derecha, singularmente Ayuso y Vox.
Los grandes momentos de Ayuso en su discurso de réplica a todas las Izquierdas rompen una tradición de bienquedismo y abdicación moral, la fea costumbre de la Derecha de no combatir a la Izquierda si llega al Poder. Hay una necesidad egoísta de seguir luchando: en dos años hay elecciones en Madrid, que Sánchez intentará que no coincidan con las Generales, pero que sin duda estarán relacionadas. Y hay una necesidad ética aún mayor: la Izquierda quiere deslegitimar, con la Derecha, a la Nación y a la Libertad. Esa va a ser la guerra de ideas en estos años. Y como la Izquierda ha unido su futuro al de los peores enemigos de España, que son el separatismo y el comunismo, para derrotarlos, la derecha tiene que destruir a esta Izquierda.
El PP de Ayuso y Vox no sólo lo hacen: es evidente que lo disfrutan. Ese afán de lucha, ese humor de victoria es lo que necesita la Nación, atrincherada en Madrid, ante el Golpe de Estado asumido por Sánchez y apoyado por un hato de empresarios sin escrúpulos y una recua de políticos sin vergüenza.
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