Por Javier Pardo de Santayana
(Estados miembros de la OTAN)
El año 2011 publiqué a petición de la revista “Atenea” un artículo sobre la necesidad de prepararnos a afrontar un futuro que incluiría de seguro el desarrollo de una potencia mundial – la China, que acabaría por alcanzar a Estados Unidos en un plazo más o menos previsible. Pasados ya diez años de su publicación parece interesante que mi improbable lector compare la situación en la que nos encontramos actualmente con lo que se propuso en este estudio.
NUBES EN EL HORIZONTE. 2011
Este artículo trata sobre el futuro previsible. Por eso lo primero que hay que recordar es que, pese a los avances tecnológicos en apoyo de los estudios prospectivos, en los últimos tiempos éstos vienen cosechando fracaso tras fracaso. La imagen de las potentes oficinas de la Rand Corporation, repletas de ordenadores, modelos – y, sobre todo materia gris – resulta grotesca si la contrastamos con el rostro de sorpresa de los ciudadanos del mundo contemplando el derrumbe de las Torres Gemelas.
Y éste no es más que uno de los muchos ejemplos que podríamos considerar. En un documento elaborado bajo la dirección del portugués Vasconcelos por el Instituto de Estudios de Seguridad y Defensa de la Unión Europea con el año 2020 como horizonte, se recomienda incluir en los análisis prospectivos la posibilidad de que en el futuro se produzcan lo que el mismo documento define como “shocks sistémicos”, esto es, acontecimientos prácticamente imprevisibles pero de una importancia tal que pueden dar lugar a un “antes” y un “después”. Según el estudio citado, los ataques terroristas del Once de Septiembre serían, en efecto, un buen ejemplo de este fenómeno, como también lo fue la caída del muro de Berlín. Y yo añadiría aún el inesperado desplome de los mercados financieros. Verdaderamente, el hecho de que la prospectiva haya de tener en cuenta la posibilidad de algo que es, por su propia naturaleza, impredecible, es algo que aconseja realizar una seria reflexión sobre el mundo en que vivimos. Pero está claro que no podemos renunciar a escrutar el futuro aun a sabiendas de las dificultades y decepciones que podemos cosechar.
Acabo de citar el trabajo de un Instituto de Estudios perteneciente a la Unión Europea, pero no es éste el único que desearía considerar. En realidad me detendré especialmente en el que, con el título de “Multiple Futures” ha desarrollado el Mando de Transformación de la OTAN, haciendo la salvedad de que los horizontes contemplados por uno y otro trabajo corresponden a fechas diferentes. “Multiple Futures” se refiere, efectivamente, al año 2030, es decir, cuando el mundo ya no sea monopolar porque la República China habrá alcanzado a los Estados Unidos como gran potencia global, y otros países ahora emergentes estén en el camino de serlo si no lo han conseguido ya. Ésta es, al menos, la razón aducida por un tercer estudio – realizado por nuestro Ejército de Tierra – para fijar su horizonte intermedio en 2025, fecha en la que se supone que podría producirse tal situación. .
Cuatro son los posibles escenarios que se vislumbran en “Multiple Futures”. El primero describe un panorama de estados fallidos o simplemente débiles, que en un mundo globalizado generan tal inestabilidad en áreas de especial interés, que las potencias se ven obligadas a enfrentarse a importantes opciones estratégicas. El segundo nos presenta una situación en la que los estados desarrollados, en vez de preocuparse y ocuparse de los riesgos geopolíticos, han de centrarse en reaccionar a determinados cambios experimentados por la sociedad y a graves problemas de carácter demográfico. En cuanto al tercer escenario, contempla un conjunto de sociedades avanzadas, organizadas racionalmente y enlazadas en red que, adoleciendo de una inherente fragilidad, se ven desafiadas por regímenes externos de carácter autoritario. Finalmente, el cuarto escenario nos describe un panorama en el cual la proliferación y el surgimiento de un número creciente de grandes potencias socavan el valor y la utilidad de las organizaciones internacionales.
¿Qué conclusiones generales podríamos sacar de este conjunto de escenarios posibles tan diverso en cuanto a su naturaleza y su nivel de conflictividad? Para mí, la primera sería que hemos de tomar conciencia de que el futuro actual no se parece en nada al que no hace mucho nos planteábamos, es decir, aquel panorama feliz de paz protegida que preveíamos tras la implosión del Imperio soviético, cuando ya no contemplábamos amenazas sino riesgos y bastaba con que nos dotásemos de las capacidades necesarias para prevenir y gestionar las crisis. Ahora, casi sin darnos cuenta, hemos pasado a vislumbrar un futuro confuso de nubes oscuras que albergan toda clase de amenazas y riesgos. Y esto sucede en plena crisis económica y en un entorno de escasa cohesión y firmeza en el que surgen dudas sobre la validez de algunos sistemas cuya solidez nunca fue puesta en duda, al menos por parte de Occidente. En realidad ni tan siquiera podemos estar seguros de que en 2030 – es decir, cuando alguno o algunos de los países actualmente emergentes pasen a adquirir la categoría de potencias globales – vayan a seguir vigentes los principios y valores en los que ahora basamos la estabilidad y la paz, como son, entre otros, la democracia y los derechos humanos. Se plantean, por tanto, graves y muy diversos problemas, entre los cuales no son menores aquéllos que tienen que ver con el desarrollo de las capacidades exigibles para afrontar eficazmente nuestro futuro de seguridad y defensa. Como tampoco los que se refieren a determinados aspectos psicológicos relacionados con la actitud necesaria para superar la confusión que nos aflige, rayana a veces en la perplejidad. Por tanto, el punto de partida no puede ser menos favorable de lo que ya es a la hora de enfrentarnos a los retos que tan incierto futuro nos presenta.
La Alianza Atlántica acaba de definir su nuevo concepto estratégico, y es de suponer que haya tenido en cuenta todo esto, puesto que se lo dice un documento elaborado por su propio Mando de Transformación. Y, efectivamente, así debe haber sido, porque del carácter reductor del anterior concepto, que contemplaba sobre todo la posibilidad de conflictos más o menos locales y, en este sentido, menos graves que el existente antes de la implosión del Imperio soviético, pasan a ponernos en guardia acerca de la posibilidad del retorno de la guerra convencional y a puntualizarnos que la Alianza seguirá manteniendo su potencial nuclear. En resumen, que debemos estar preparados para enfrentarnos a una amplia panoplia de riesgos y amenazas. Naturalmente, el nuevo concepto estratégico pone también de relieve el peligro que representa el proceso de nuclearización de Irán y de Corea del Norte, en consonancia con la más que probable eclosión de determinados conflictos actualmente larvados y que pueden ocasionar cambios profundos en el panorama internacional bastante antes del año 2030.
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