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¿Adaptarse al ambiente?

Tres foramontanos en Valladolid 06 Jul 2021 - 07:28 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Edificio del Casino de Valladolid)

Aún vivía en Valladolid. Más de una vez hice alusión en este nuestro querido y veterano blog a la `tertulia de la una´. Éramos – ¡ay! –  seis   los componentes fijos. O más, según los agregados atraídos por lo animado de nuestras charlas.

Tratamos, incluso con debate, infinidad de temas: políticos, culturales deportivos…. El común denominador, casi siempre fue la moderación.  Y siempre, el respeto por la opinión de cada uno, sin que fuera impedimento la posible disparidad de criterios.  Posible o frecuente la moderación.  Aunque no lo pareciera, digo que frecuente. La duda en el respetable que escuchaba `sin queriendo´, era porque en la tercera o cuarta edad de los contertulios, nuestro fuerte no era la perfecta audición. Pasaba, que, en proporción directa a la sordera o dureza de oído, elevábamos el tono de voz hasta niveles de cuasi prohibidos decibelios.

Para   quien no fuera asiduo al Círculo de Recreo (el Casino), podía opinar con motivo que nuestra tertulia, de moderación, nada de nada. Error.  La   aparente pelea de gallos, no era, como he dicho, sino una evidente secuela de la sordera.

Luis sacó el tema de cómo el matrimonio de nuestros hijos o de hijos de   nuestros amigos, formados en sólidos principios cristianos, duraba menos que un caramelo a la puerta de un colegio. No entendía -dijo- cómo aun viendo en casa a sus propios padres cumplir las bodas de oro, no seguían su ejemplo.  Tras unos minutos de silencio, `se alborotó el gallinero´.

-Es que, hay que adaptarse al ambiente y los nuevos tiempos -dijo Antonio, con el aplomo que da el convencimiento.

– Pues no estoy de acuerdo, Antonio, y perdona que te lo diga, replicó Luis, incluso molesto por no valorar la fidelidad en el matrimonio, según se desprendía de la afirmación de su amigo  tertuliano.

José apoyó la tesis del primero:

– ¡hombre, ¡qué bonito!, dijo con la sonrisa que no lograba ocultar la total   contrariedad por las palabras de Antonio, el defensor de adaptarse a tiempos y ambiente. Pues todavía podías ir tú de botellón o   de `picuquis´ cuando te viniera en gana y sin reparo alguno, porque eso es lo que hoy se lleva, le replicó José con seriedad, pese a la forzada sonrisa.

Javier, `muy de cursillos´, se disponía a intervenir con la cara encendida por el matiz que tomaba la tertulia con desacostumbrado apasionamiento.

-Si me lo permitís, intervino el más que centenario Juan, os daré, no mi opinión, sino lo que en materia de moral cristiana aprendí desde niño y que para nada ha cambiado. Se hizo de inmediato el silencio. ¡Que era Juan mucho Juan! Con parsimonia y voz grave, parsimoniosa, tomó la palabra.  Expectación.  ¡Que era Juan mucho Juan!:

– ¿O acordáis de cómo degeneraron las costumbres durante el esplendor de la dominación romana en Palestina cuando la llamada pax romana?

-En Palestina y en el mundo entero bajo las águilas de las legiones, interrumpió Luis, que veía inclinarse a su favor el tema de la tertulia. Cuando observó que Juan se disponía a proseguir, pidió perdón y nuevamente se hizo el silencio. Todos ahora de nuevo pendientes de Juan.

– Han cambiado muchas de aquellas circunstancias con las que se enfrentaron los primeros cristianos, pero otras siguen siendo las mismas, y aún peores: el materialismo, el afán desmedido de comodidad y de bienestar, de sensualidad, la ignorancia, vuelven a ser viento furioso y fuerte marejada en muchos ambientes. A esto se ha de unir el ceder –por parte de muchos– a la tentación de adaptar la doctrina de Cristo a los tiempos, con graves deformaciones de la esencia del Evangelio.

Sonrieron Luis y José, sin dudar de que prevalecerían las palabras de Juan. ¡Que era Juan mucho Juan!

Mientras tanto, Félix permanecía en silencio.  A la gravedad propia de sus ya no pocos años, había que unir su profunda formación académica y un sano criterio adquirido en el seno de una familia muy numerosa y de sólidos principios humanos y cristianos:

Con voz tenue, por defecto en las cuerdas bucales y afección crónica de garganta, emitió muy quedo su parecer:

-Vamos, cuasi  musitó.  que según parece, el ambiente es igual o peor   que el conocido durante la decadencia del imperio romano con las de sobra sabidas depravación de costumbres, enfatizó. Y luego con la voz aún más queda, con lo que la atención era mayor recitó textualmente y de memoria lo que, referido al ambiente diz que dijo san Josemaría, el `santo de lo ordinario`.

¡Influye tanto el ambiente!, me has dicho. —Y hube de contestar: sin duda. Por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar vuestro tono a la sociedad con la que conviváis.

Antonio, un tanto confundido por argumento tan contundente, aún se defendió ´como gato panza arriba´.

-Bueno, eso es en teoría o sólo para los que son de su cuerda, dijo.  Yo me refiero al hombre de la calle; a personas corrientes, como tú o como yo, sin necesidad, de vivir como frailes de la Trapa o monjas de clausura en los conventos.

Fue entonces cuando Juan, con los ojos como lumbres en la cara venerable que da la extrema ancianidad, volvió a intervenir mu recio:

– ¡Ahí, Antonio, sí que debo discrepar rotundamente! Luego, muy serio, añadió suavemente:

Mi hijo Juan, que es hombre de la calle, y como él cantidad de amigos normales -si lo sabré   yo-, viven en el mundo, añadió contundente, sin ser mundanos, y con alegría   envidiable; y de botellones e infidelidades en sus matrimonios, nada de nada. Pasa Antonio, que él, y los muchos que son como él, sin ocultarse, ni lanzarlo a los cuatro vientos, pasan más inadvertidos que tanto chiquilicuatre confundido y triste tras la `juerga´; que no parece, sino que salieran de un velatorio.  Y para mí, finalizó, que a ese ambiente no creo que te refieras cuando dices lo de adaptarse, ¿no?

El carillón del Casino cantó las dos del mediodía. Finalizó la tertulia.

Tres foramontanos en Valladolid

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