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El botellón

Tres foramontanos en Valladolid 14 Jul 2021 - 07:20 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Un botellón)

Desde luego da vergüenza el admitirlo, pero la realidad es que uno de los signos que hoy nos identifican a los españoles es el del invento del infame botellón.

¿Que en qué consiste? nos preguntaremos. Pues no es ni nada más ni nada menos que una parida consistente en ensoparse a base de bebidas alcohólicas, y hacerlo en un ambiente multitudinario en el que lo único que reúne a los presentes es la dicha bebida y sus efectos, entre los cuales están también los producidos por la droga, por supuesto. Y a mí me parece bochornoso que un pueblo como el nuestro, cuya cultura viene de tan lejos y dio en su día  ejemplo con el liderazgo de sus pensadores y de sus santos y con el valor a toda prueba de quienes rompieron las barreras de lo desconocido y hasta tuvieron la osadía de circunvalar el mundo, acabe siendo etiquetado como el inventor de tal engendro.

Ciertamente, si no resulta fácil entender el atractivo que pueda tener para cualquier persona – para cualquier ser medianamente inteligente – el reunirse para soportar durante más de un par de horas a pie firme el olor a sobacos del vecino y un sinfín de berridos proferidos en un idioma desconocido por la mayoría, menos lo será ver aguantar horas y horas en parecidas circunstancias pero sin música siquiera, a una multitud sólo atraída por no se sabe bien qué: seguramente por la euforia que proporciona el alcohol en excesivas dosis y la atenuación de la conciencia de los propios actos que se deriva de esta circunstancia. Pues no hace falta ser un lince para suponer que en tales condiciones se tiende a transgredir, casi sin darse cuenta de ello, las barreras del comportamiento.

O sea, que se trata de un montaje peligroso y de “mal gusto”, puesto que con él deseamos perder el deseable control de nuestros actos, y ante tal cúmulo de despropósitos uno no puede por menos de preguntarse si tal cosa puede tener algo medianamente bueno y saludable; si ese abandono en el exceso no es un peligro del que tan sólo pueden derivarse algo malo en el presente y no digamos en nuestro futuro: un pernicioso ejemplo de “mala educación” cuya factura tiene nuestro nombre.

Ausente de cuanto sea el parecer de la familia, y sobre todo de unos padres preocupados por el futuro de sus hijos – contrario también al parecer de los expertos – no será extraño que el botellón pueda considerarse un invento destructivo amén de estúpido. Incluso ya modificó costumbres ancestrales haciendo que un buen número de jóvenes que todavía respetaban el domingo y las fiestas de guardar vivan esas jornadas como ocasiones para dormir la gran resaca. Así que adiós a las misas de antaño y a ponerse al día en los estudios, a descansar leyendo un libro interesante, o a cultivar la amistad, que todas esas posibilidades quedan de inicio superadas por el explosivo empacho de la víspera.

Claro que por el camino, la familia también se descolgó del panorama. Así puede decirse que ya no existen aquellas familias numerosas en las que se tenían hermanos, y pocas de ellas son estables, de tal forma que los hijos nacidos han de buscar otros entornos fuera de ella para desarrollarse socialmente. Y ahora los nuevos matrimonios no tienden a formarse como antes en ambientes cercanos a los propios. Y, desgraciadamente, cada vez más raramente se pone ya a Dios por testigo de una unión que se propone durar hasta la muerte. Hasta le unión de un hombre y una mujer se tambalea ante otras posibilidades inauditas. En fin, ya tan sólo se habla de parejas sin especificar por no meter la pata, con todo lo cual nuestros sufridos sucesores no encuentran soluciones sencillas a sus tendencias naturales, y el resultado es que cada vez son más frecuentes las rupturas, y nuestros jóvenes  caminan despistados por la vida y no encuentran ya trabas morales para improvisar sus soluciones. Así que, cada vez más privados de algún ejemplo familiar que no resulte destructivo, buscan la solución en los excesos por muy destructivos que parezcan.

No tiene uno que ser un lince para constatar que entre las causas de esta situación indeseable está el temor de los padres a reprender a sus hijos incluso desde que son niños, como si se tratara de vulnerar derechos respetables. Y en estos trances no jugaran el amor y la preocupación por su futuro, así hoy ser padre es exponerse a sufrir mucho esperando un regreso que no llega, y unos malos modos por llevar la contraria o decir no.

He aquí precisamente lo que hoy nos ocurre aquí en España, convertidos como estamos en un  ejemplo para los jóvenes de este comienzo del siglo XXI en el que tantas soluciones sabias se destruyen y se crean tantos nuevos problemas. Como éste de los “botellones” de cuya originalidad incluso nos vanagloriamos cuando debiera ser motivo de vergüenza.

PS: En memoria de aquella niña desgraciada que murió intoxicada con sólo 12 años.

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