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Églogas  18.- Rebaños trashumantes (2)

Tres foramontanos en Valladolid 27 Jul 2021 - 07:20 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Oveja, acuarela en Etsy)

Situados mis amigos y probables únicos lectores en el nuevo tiempo y lugar, una   aclaración o información primero: para dar continuidad a los relatos y que sigan el hilo de ellos mis amigos, digo, que aún sin ser églogas propiamente, incluiré en ellas aconteceres que, al menos, cuadran en el mismo marco de las que de verdad lo son; o trato de que lo sean.

El Zapardiel ni a veces  lleva el agua   ni la fama. Durante largas temporadas, en verano, sobre todo, este aprendiz de río baja prácticamente seco. Alguna charca de aguas pútridas, producto de desagües, contrastan con enormes crecidas en los años lluviosos que producen auténticos estragos.

He de hacer mención de él, porque con un poco de suerte, Divina Providencia, regaba las orillas convirtiéndolas en extensos prados.  Si no la había (suerte…) obligaba a que, el ganado ovino al menos -millares en Dueñas-,   se viera obligado a emprender grandes   caminatas, por las cañadas reales – trashumancia- en busca de pastos frescos en la sierra.  Imposible precisar a tan corta edad, el o los lugares de destino.

Recuerdo:   sentado en el brocal del gran abrevadero con aguas cristalinas y artesianas, hube de hacer sitio a las ovejas que bebían ansiosas. El calor asfixiante. Los pastos agostados y   los pastores y zagales con atuendos   como para emprender un largo   viaje.  Gravedad en rostros curtidos por mil soles.   Abrevado el ganado y como por instinto de imitación puse la boca al chorro que caía incesante con murmullos monótonos de qué sé yo las profundidades.  Ni idea cómo sería el frescor del hielo, pero sí aseguro que   aquella agua estaba helada.  De pie para no perder ripio   del espectáculo, miraba boquiabierto un desfile como jamás vi otro:  pastores al frente de un gran rebaño con la mirada en un punto lejano a donde parecían dirigirse. Dóciles las merinas detrás, con parsimonia exasperante. Y a su lado, el portaequipaje:  asnillos de edad indefinida, pero curtidos en mil batallas allá por las serranías de Ávila.  Contagiado del mortal aburrimiento de las ovejas, el Corbos babeaba   a un costado del pastor y del borriquillo. con ojos glaucos semicerrados,  ora miraba a la casona ora al pastor.  Otros perrillos de raza `canina´ esperaban atentos las órdenes de sus amos.  Sin entender   aún mucho de belleza, la estampa de cuanto desfilaba ante mis ojos atónitos, me pareció espectacular.

Ovejas, perros, burros y pastores, envueltos en el `polvazo´ del camino reseco, se perdió, al fin a lo lejos. Ya entre dos luces, penetré pronto en casa, para coger sitio junto a la abuela con mil preguntas en la mente para   entender por qué se ausentaban del caserío ganados, pastores, perros -el Corbos, sobre todo-, y los   burros cargados de impedimenta.

Tan larga fue la espera, que dormitaba en sueños pastoriles cuando fui requerido para cenar.  Con las exquisitas sopas de ajo con tostas, la escena   vivida pasó a segundo término hasta la noche junto a la abuela.

Poco pude preguntar, porque con el calorcillo de la digestión, me quedé dormido como el niño que era.  La imaginación suplió con creces, lo que la abuela dijo.   Bastaron  una palabras intrigantes para  que en duermevela  montase mi particular  aventura  de  pastores, rebaños, Corbos, sierra,   lobos! Vi cómo el perrazo mastín, luchaba en lucha desigual   con una manada de lobos.  Comprendí en sueños la eficacia del collar de púas para defensa suya y por él de las ovejas. Soñé cómo mientras parte de la manada de fieras luchaba con el Corbos, otros alcanzaban al rebaño que huía despavorido. Niño de imaginación precoz para la edad, vi en sueños el error de la manada de fieras `currupias´:  devorar a la enferma y rezagada. Con fiereza inimaginable en el somnoliento Corbos, vi cómo logró que varios de los hambrientos dueños de la sierra, no volvieran a amenazar a éste ni a ningún otro rebaño. Eliminados dos o más de ellos, acudió con agilidad pasmosa, al lugar donde varios lobos -el resto de la manada, error, – se banqueteaba. Fue visto y no visto. Mientras uno de ellos quedaba sangrante y no de la oveja, sino de su misma boca herida por las púas del collar, a dentellada limpia de sus fauces poderosas, el mastín dejaba malheridos a   varios lobos, que, emitiendo quejidos lastimeros, huían rabo entre piernas.  Cuando acudieron los pastores asustados por la presencia de las fieras, allí no había más que una oveja enferma ya muerta   y el Corbos tumbado plácidamente junto al rebaño en apretado círculo como defensa innecesaria.

Finalizado felizmente el sueño, desperté cuando la abuelita Teotiste, decía:  Niños a la cama que es muy tarde. ¡Y no os olvidéis de rezar las tres Avemarías!

Recuerdo:  me hice el remolón por si proseguía la historia; pero colorín colorado…: ¡Carlitos, a dormir!, que   tus papás estarán para llegar de Medina y no deben ver que aún no estáis en la cama. Como torcí el gesto por no saber de aquello más que lo soñado, me dijo cariñosa:  Mañana más Carlitos, que os contaré historias de ganados trashumantes y pastores en la sierra.  Salí somnoliento de la habitación enorme. Acudí a la puerta   de la calle y después de acariciar al Corbos que dormitaba   a la entrada arrullado por el continuo murmullo del agua al caer al abrevadero, volé escaleras arriba para continuar viviendo aventuras serranas.

 

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

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