Por Carlos de Bustamante
(Actual monasterio de Nuestra Señora de Gracia, lugar de nacimiento de Isabel la Católica, en la localidad de Madrigal de las Altas Torres.)
Dice la sabiduría popular que “obras son amores y no buenas razones”. En el presente caso, nada tan cierto, puesto que, por méritos propios, son realmente acreedores – más la reina que Fernando- del formidable calificativo. Para que mis amigos no formen juicio negativo sobre el rey Fernando, al reinar con idénticos criterios, “la tanta monta, monta tanto” hacen al rey Fernando merecedor de idéntico calificativo. No obstante, y por razones obvias que mis amigos conocerán, el Proceso de beatificación sólo se ha incoado de la reina.
Otro aspecto que, sin connotaciones políticas me place reseñar es, que si como veréis el calificativo de católicos aún permanece en nuestra monarquía, llama la atención que no se conserve, asimismo, el escudo de la monarquía católica con la que desde entonces es distintivo del escudo de España. Error histórico, que, sin significarle como maldad, (¿) sí como de supina ignorancia.
La mayor parte del Testamento se dedica a expresar una seria profesión de fe, con las consecuencias que de ésta se derivan. Alejandro VI había otorgado título de Católicos a los Reyes no corno un adorno honorífico, sino con la conciencia de que, desde su convicción absoluta de la divinidad de Cristo y de la integridad de la Iglesia en su fe, iban a asumir un compromiso: el de hacer realidad una Monarquía católica en todos sus dominios.
Es significativo que no haya mención alguna de los judíos, lo que revela que no consideraba la expulsión como un error ni como una injusticia. En cambio, sí aparece la Inquisición, pero envuelta en el mandato de «que siempre favorezcan mucho las cosas de la Santa Inquisición contra la herética pravedad». Esta frase en cuestión no tiene desperdicio: revela la conciencia de que la Reina no se consideraba creadora del Santo Oficio que pertenecía a la Iglesia, pero sí en cambio que la acción inquisitorial era buena y tenía que ser favorecida. Hay, también, conciencia de que para la sociedad cristiana es la «herética pravedad» el más grave y más peligroso de los crímenes.
En varias ocasiones, escribiendo a su confesor fray Hernando de Talavera, Isabel confió a la pluma una especie de reflexión profunda: siendo la vida humana tránsito temporal hacia la eternidad los reyes deben <acordarse de que han de morir» y de que el juicio que Dios va a pronunciar sobre ellos es más severo que sobre el común de los mortales. Desde este punto de vista el oficio real es apenas un revestimiento de la persona y debe vivirse, bajo la forma de deber impuesto, con obediencia y sometimiento a la fe. En ciertas ocasiones dijo que, si hubiera tenido la más leve duda acerca de su derecho al trono, ni un instante habría persistido en defenderlo.
La mención del Símbolo de Nicea, los dogmas y sacramentos de la Iglesia, implica una sumisión y reconocimiento de aquélla. No quiere decir esto que ella y su marido se dejasen gobernar por el clero, ni siquiera por el Papa.
Pontífice, obispos, clérigos y religiosos tenían un deber paralelo, concurrente a veces con el de ellos, de promover y defender la fe católica. Así, por ejemplo, el Testamento ordena que todos los beneficios eclesiásticos estén ocupados por naturales del reino porque «son mejor regidos y gobernados» y porque de este modo se eliminaba el absentismo, lacra de la Iglesia en aquellos tiempos. Añadía otra razón: sin la esperanza de beneficios pocos alumnos tendrían las Universidades. En cuanto a ella misma quiso ser enterrada con hábito franciscano y señaló por sus patronos especiales —una especie de albaceas testamentarios en el Cielo— a San Francisco, San Jerónimo y Santo Domingo. A partir de estos datos podemos descubrir un aspecto muy esencial de su dimensión religiosa: no se conformaba con ser persona laica sirviendo a Dios en un oficio temporal; quería compartir los beneficios de una profesión religiosa.
Siendo todavía muy joven, recibió de fray Martín de Córdoba un libro escrito por ella, `El jardín de las nobles doncellas´, que contenía todo un programa de vida religiosa. Un poco después, Isabel pidió a fray Fernando de Talavera que repitiese para ella la instrucción moral que había dado a sus monjes y a otros de la misma Orden. al parecer con gran eficacia. El fraile trató de resistirse alegando que lo que es bueno para religiosos no lo es para seglares, pero acabó cediendo y redactando para ella un opúsculo, de nueve capítulos, acerca de la vida de perfección. Andando el tiempo, Isabel fue recibida como una especie de hermana laica en Guadalupe, donde llegó a disponer de una pequeña celda, sobre la iglesia, para sus retiros.
Guadalupe es nombre que reaparece en México; hay en nuestros días cierto empeño en demostrar que nada de común hay entre las dos devociones homónimas, pero hemos de convenir que resulta un tanto extraño.
El Testamento se inserta en esa línea de conducta que consiste en «aparejarse a bien morir»: quería, de alguna manera, hacer la autodefensa de un alma, presentando como méritos la preocupación por la justicia, el repudio de la esclavitud y la persecución de herejes que había provocado la expulsión de judíos y musulmanes.
El simbolismo del águila también aparece aquí explicado: el águila es el evangelista San Juan, y en 1475 la Reina había reclamado de Talavera ser iniciada en los «muy altos misterios y secretos» que Jesús había comunicado al discípulo amado; la obra `Loores´ del bienaventurado San Juan Evangelista es hoy perfectamente conocida. Así se explica la frase: «señaladamente el muy bienaventurado San Juan Evangelista, amado discípulo de Nuestro Señor Jesucristo y águila caudal y esmerada, a quien sus muy altos misterios y secretos muy altamente reveló, y por su hijo especial a su muy gloriosa Madre dio al tiempo de su Santa Pasión, encomendando muy conveniblemente la Virgen al virgen; al cual santo apóstol evangelista yo tengo por mi abogado especial en esta presente vida y así lo espera tener en la hora de mi muerte y en aquel muy terrible día del Juicio y estrecha examinación, más terrible contra los poderosos, cuando mi alma será presentada ante la silla y trono real del Juez Soberano, muy justo y muy igual, que según nuestros merecimientos a todos nos ha de juzgar».
Home