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Anécdota y lecciones en torno a Colin Powell

Tres foramontanos en Valladolid 24 Oct 2021 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana                                     

(Colin Powell, 65º Secretario de Estado UU.SS)

La noticia es que ha fallecido Colin Powell. Y usted quizá se pregunte quien era este señor y por qué su muerte se considera una noticia interesante. Así que por si no lo recuerda se lo cuento.

Colin Powell era un General de cuatro estrellas cuya trayectoria y carisma personal le harían convertirse en el más que probable candidato a la presidencia de Estados Unidos, y, por consiguiente a anteceder a Obama como primer “afroamericano” en ese puesto, hasta entonces negado a cualquier nativo de USA con un rasgo racial que lo atestigüe. Hablo de él porque tuve el honor de conocerle en su momento más brillante: cuando ocupaba el cargo de Secretario de Estado. y se hablaba de su futuro en tales términos. Su antecedente como militar era Eisenhower.

En tal circunstancia se encontraba nuestro hombre cuando tuve la ocasión de saludarle e incluso de hablar con él en Washington en mi condición de líder del grupo de representantes nacionales de los países componentes de la OTAN ante el Mandd de Europa. Grupo que en cada momento era coordinado por el más antiguo en el destino, papel que me correspondería por ausencia de su titular canadiense. Así que tuve el gusto de dirigir a nuestro anfitrión la palabra en nombre de mis compañeros y colegas.

En relación con lo cual no puedo resistirme a recordar una curiosa anécdota que resumiré en pocas palabras: la sorpresa que experimentamos al entrar en el despacho y constatar la extraña presencia de una joven pareja que no formaba parte ni de nuestro grupo ni del entorno de nuestro anfitrión. Así que hubo un momento de estupor en el ambiente.

Naturalmente Colin Powell se apresuró a explicarnos el sentido de aquella presencia inesperada: la pareja era precisamente su anterior visita, y el General quería aprovechar la ocasión de conocerla que casualmente se nos ofrecía. Se trataba nada menos que de la reciente ganadora de la famosa carrera de trineos tirados por perros entre Anchorage y Nome, en Alaska, a la que acompañaba su marido.

Pero por fin el vaticinio no cuajó, y nuestro anfitrión nunca tendría el honor de ser el primer afroamericano en gobernar lo que era entonces la principal potencia del planeta. Quizás hubiera que tener paciencia y esperarse a que cuajaran ya definitivamente los actuales aires de rechazo a cualquier tratamiento discriminatorio entre los norteamericanos, tan fuertes y asentados en la sociedad ahora pero que entonces brillaban por su ausencia como tuve ocasión de conocer continuamente con ocasión de mis largas e intensas estancias en aquel país y singularmente en Alabama y otros lugares del llamado “Sur Profundo”. Lo que me permitiría, por ejemplo, constatar cómo los hombres y mujeres “de color” estaban obligados a sentarse en los asientos del fondo de los autobuses y no podían mitigar su sed utilizando aquellas fuentes públicas que yo mismo, “de raza blanca” y extranjero, podía utilizara cuando quisiera. Algo inaudito pero cierto.

Y aún cabría añadir el hecho de haber coincidido con determinados acontecimientos que hoy pueden aceptar el título de “históricos”. Hechos que pondrían de relieve otras situaciones discriminatorias muy extendidas y hasta moralmente insostenible contra los derechos de los afroamericanos, como la que desencadenó las tres famosas marchas desde Montgomery – capital de Alabama – a la ciudad de Selma.

Realidades que parece conveniente recordar en momentos como los actuales, cuando desde aquel país americano, al que por otra parte admiro y cuya hospitalidad valoro y agradezco, se viene promoviendo en nuestros días una falsa y a todas luces injusta nueva Leyenda Negra contra la presencia española en el llamado Nuevo Mundo. Situación ridícula por cuanto, desde el momento mismo del descubrimiento y por lo que parece a diferencia de los norteamericanos de hoy en día, España se apresuró a reconocer oficialmente a los nativos desde el primer momento la condición de hijos de Dios y en consecuencia con su consideración de iguales a nosotros mismos en cuanto a los derechos esenciales.

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