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Félix Torres y el volcán de Cumbre Vieja. 2

Tres foramontanos en Valladolid 27 Oct 2021 - 07:21 CET
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Por Carlos de Bustamante

(La casa del poeta)

No sin emoción e influido   por la enormidad de cuanto estamos siguiendo con la erupción del volcán en la pequeña y gran isla canaria de La Palma, introduzco lo escrito por mi   amigo íntimo y compañero de profesión y Arma más   el romance tan sentido como sencillo del sencillo palmero anónimo.

Si en el anterior  escrito y soneto  del  Félix Torres  se aúnan     conocimientos  y   amor  al terruño  y naturaleza en él,  en este segundo  y último,  el lector amigo  podrá comprobar lo que es  y significa  el amor  de un trabajador sencillo,  que   con resignación  ejemplar   nos da una soberana lección de ecología  que  poco o nada tiene que ver   con los que  pregonan  sin sentimiento  y  protestas  bullangueras la pertenencia a un partido con   fines políticos   que, fariseos, dicen pero  no hacen.  Aquí está escrito   el   amor   a su tierra y al trabajo en ella   como el de nuestros progenitores primeros en el Paraíso sin condena aún de ganarse el pan con el sudor se su frente.   Trabajo con amor y amor en su trabajo.

Comprobarlo, mis amigos, por vosotros mismos.  Mil gracias querido Félix   por   la joya del envío.  Y gracias, mi general, por permitir la divulgación en nuestro   blog.

“No he podido resistir la tentación de adjuntar este sencillo, pero inmenso romance que bien podría haber sido escrito por Gabriel y Galán pero que lo ha sido por un palmero, anónimo, que ni título le ha puesto; uno de tantos que lo han perdido todo: sea en su homenaje; me lo envía una palmera. Y también tomo prestadas las palabras que bien podrían definir a todos ellos, que viviendo en un paraíso se le ha trocado en infierno en apenas un instante; ellos lo saben y lo aceptan: “¡Qué interiorizado tienen su destino; y con qué dulzura y serenidad lo narran! me escriben desde Pozoblanco. Desde luego no es, o no lo fue, ésta su casa, pero bien podría haberlo sido.

Hay que ser muy valiente, tener una inmensa fuerza interior para, después de lo pasado tener el valor de ponerse a escribir; y hacerlo de esta manera. Su sensibilidad de escritor ha seguido lo que han sentido y vivido sus descendientes por generaciones que ante tanta adversidad ponen los ojos esperanzados en su (todo allí es pequeño y entrañable) diminuta Virgen de   las Nieves, que, desde el camerino de su Santuario entre palmeras, jacarandás, hibiscos y flamboyanes vela por todos sus hijos; ellos lo saben y éste es el resultado. Lo leo con el vello de punta.

Yo mismo abrí los cimientos

con pico, guataca y pala,

en aquel trozo de erial

que de padre un día heredara,

y fui llenando las cepas

con la roca calcinada

de otro volcán, ya extinguido,

que años ha robó la calma

a la Benahoare hermosa

adornándola de lava;

inequívoca señal

de ser por Vulcano amada.

Y levanté las paredes,

y puse techo a la casa,

que hasta esta noche de infierno

fue nuestra humilde morada.

También les hice un corral

al bardino y a las cabras

y planté, pegado a un teste,

rosales, claveles, calas,

que Nievita, mi mujer,

con tanto amor las regara.

Mis manos fuertes de joven

la albearon con cal blanca,

y jamás falté al empeño

de dejarla inmaculada

las vísperas de la fiesta

cuando el pueblo se engalana

en honor a su patrona

y en las calles y en la plaza

banderitas de papel

ondean en hilos de bala.

Ayer, antes de salir,

Nievitas hizo la cama,

y recogió los juguetes

de los nietos en la caja.

Dejamos todo en su sitio,

cerramos puertas, ventanas;

nos miramos a los ojos

para darnos esperanzas

de que habrá otros despertares

otras nuevas madrugadas

aquí en nuestra habitación,

aquí, en nuestra hermosa casa,

donde criamos seis hijos

y hemos hoy que abandonarla

porque un volcán impetuoso

nos amedrenta, amenaza

con destrozar nuestro pueblo

y sepultarlo en su lava.

El hombre está cabizbajo

en un lugar de la grada

del complejo deportivo

Nievitas con él, lo abraza,

pero nada los consuela

porque perdieron su casa.

Consumió el fuego recuerdos;

ardió el ropero, la cama,

los retratos, las cortinas,

y la cajita de lata

donde guardaba sus hilos

la mujer, junto a una estampa

de la Virgen de Las Nieves,

la patrona de La Palma.

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