Por Javier Pardo de Santayana
(Incierto avance de la lava)
Hoy quisiera detenerme. a considerar, siquiera por un momento, el hecho indudable de que su carácter de gran espectáculo añade intensidad a la tragedia. Me refiero, naturalmente, en este caso, al nacimiento de un volcán en la fascinante isla canaria de La Palma. Hecho que no se puede soslayar, ya que combina el dolor con la belleza en un encuentro impresionante que hiere los sentidos y nos conecta con el universo abriéndonos los ojos a nuestra condición de habitantes de un planeta y recodándonos de paso como es realmente el mundo en que vivimos.
Reconozcamos pues, más allá de nuestra identificación total y conmovida con quienes sufren la tragedia en estos días y ven sus vidas destrozadas, que el convertirnos en testigos de estos hechos y poder contemplar con todo lujo de detalles y en directo como se abren al exterior los cráteres, se multiplican sus bocas o se producen los desplomes de los conos, corren los ríos de lava que luego se desbordan en busca de las aguas del océano – o como en su camino van dejando sepultadas las mejores obras de los hombres manteniendo ignoradas cuáles serán la próximas – que todo ello compone en su conjunto un formidable espectáculo de luz y de sonido.
Por otra parte, el momento en que esto ocurre es especialmente propicio para ello al ser coincidente con el estreno de nuevas tecnologías, entre las cuales destaca la de los drones que nos permiten acercarnos sin apenas peligro hasta los más osados escenarios de las actividades del volcán. O hasta aquellos lugares recorridos por la lava, o en los que ya se asentaban los destrozos producidos por las coladas que discurren por zonas hasta ahora habitadas u ocupadas por las plataneras.
Poco nos podrá impedir, por tanto, dejarnos cautivar por la brutal belleza de un hecho que, como éste, no puede dejar de interesar a nadie por su carácter y por sus efectos sobre el ser humano, su vida y su trabajo, pero también por el impacto visual de sus imágenes, entre las cuales nunca faltará la expresión de destructora potencia de las repetidas explosiones del volcán o de las grandes llamaradas que a veces ascienden hasta el cielo., o de las brillantes coladas deslizantes o las negras acumulaciones pétreas que vienen a caer sobre las zonas que fueron habitadas o sobre los terrenos cultivados. Un panorama, en suma, que reúne todas las expresiones propias del gran espectáculo: esto es, con su conexión directa con los secretos de la cosmología y sus leyendas ancestrales, o con la agresiva exhibición de aquella potencia que se mantuvo oculta durante siglos incontables. O con la continua amenaza de peligro y sus inquietantes explosiones. Esto es, dentro de un escenario sumamente complejo que también incluye miedos y tristezas. O sea, con todos los ingredientes necesarios para atraer la atención de cualquier público.
Y aún nos queda por considerar la convicción de ser testigos de algo tan trascendente que llega a superarnos. Porque detrás de los efectos especiales está el dolor de mucha gente y la desaparición de mucha vida detenida en un momento inesperado y casi definido en sus minutos – en el que todo cambió sin previo aviso. Un momento que incluso obligará a cambiar los atlas y los mapas.
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