Por Javier Pardo de Santayana
(Cartel de Halloween)
Escribo este artículo del blog en víspera de la fiesta de Todos los Santos y en plena celebración de Halloween, ese invento norteamericano asimilado ya, según parece, por nuestros compatriotas, que lo incluyeron también en sus costumbres pese a que hasta hace poco permaneció desconocida.
Quien hoy les escribe supo ya de su existencia siendo un buen mozo y con ocasión de sus primeras estancias en Estados Unidos. Y lo tomó como una curiosidad de procedencia ajena. De entrada se trataba de una celebración curiosa, que parecía tomarse en broma nada menos que a los propios difuntos invocados, algo que en nuestra sensibilidad sonaba casi a sacrilegio. Pero entonces todavía se veía el mundo como un territorio por descubrir para la gente de a pie, así que cualquier excentricidad proveniente de un lugar extranjero era admitida como un hecho que no nos afectaba sino para desarrollar un juicio encuadrado en la curiosidad.
Por tanto saber de la celebración en términos folclóricos de un acontecimiento que en nuestra cultura siempre fue tratado con el mayor respeto – al menos en su fondo – y comprobar que en esta caso tendía a ser tomado como ocasión de meter miedo a los más jóvenes y con ello montar una gran fiesta, hacía tal contraste con lo propio que sólo parecía aceptable como peculiaridad de una cultura ajena. Así que lo tomé como algo divertido; como un hecho curioso e interesante; como simple experiencia respetable entre las muchas que iba acumulando en mi quehacer viajero. Algo para contar a la familia y los amigos.
Además, en mis estancias en el país americano siempre conté con un “padrino”, o más exactamente, con una familia que me apadrinaba, así que no solo tuve ocasión de conocer muchos de los aspectos entrañables de sus vidas, sino también de vivirlos en persona, ya que, efectivamente, nuestros amigos norteamericanos son en general muy generosos, abiertos y entrañables. Tanto es así que entonces, cuando aquí no teníamos todavía la menor idea de la existencia de la fiesta en cuestión, yo ya había visto cómo los niños de las casas próximas aporreaban nuestra puerta disfrazados de trasgos y de brujas – cuando no de cadáveres andantes – exigiendo amenazadoramente dulces y golosinas a granel so pena de cometer una barrabasada. Aunque, la verdad sea dicha, sin producir un daño a nadie.
Y Halloween pasaría simplemente a ser para mí como otra cualquier costumbre novedosa de las muchas acumuladas en mi vida viajera. Como las observadas y vividas, por ejemplo, en los diversos países africanos en los que he permanecido un tiempo suficiente.
Mas con la globalización las cosas han cambiado de tal forma que, como antes apunté, mucho de lo que antes tendía a verse como un rasgo curioso del folclore propio de una cultura ajena ahora ha pasado a ser relacionado con algo tan serio y exigible en cualquier parte del mundo como es, por ejemplo, cualquier cosa que afecte, por ejemplo, a la justicia social y sea considerado intolerable en tal sentido. O como bien podría ser en nuestro caso, una costumbre impropia del respeto que merecen nuestros muertos, puesto que Halloween relega a todos los ancianos a la siniestra condición de futuros seres repelentes que meten un miedo horroroso a todo el mundo y singularmente a los pequeños. Y me permito suponer que entre ellos no se excluirán los propios abuelos de los yanquis.
O sea que usted, mi improbable lector, como yo mismo, acabaremos siendo vistos por nuestros propios nietos como unos seres repelentes que además de ocultarse entre las sombras para darles cualquier día un susto muy desagradable, hasta pretenderán bebérseles la sangre. Es decir, describiendo así nuestro futuro de forma totalmente opuesta a la que nos corresponde como pertenecientes a un ámbito cristiano y europeo que es el de un enfoque basado en el mayor respeto posible a nuestros muertos y en la esperanza de que, como merecedores de la gloria eterna, éstos – y nosotros en su día – mostremos nuestro cariño a ellos protegiéndolos.
Home