Por Javier Pardo de Santayana
(La dinastía Dominguín, foto en El Independiente. Los padres, Domingo y Gracia, los hijos, Domingo, Pepe, Luis Miguel y las hijas Carmina y Gracia)
Ahora que se vuelve a hablar de los Dominguín con motivo de la publicación de un libro en el que se menciona a la familia, parece que es un buen momento para que les relate como, sin yo quererlo, entraron en mi vida.
El caso es que al terminar la guerra mi familia se trasladó de Valladolid a Madrid para vivir en una casa en la que entramos mis padres con sus seis hijos y mi abuela materna, todos los cuales vinimos de Pucela, más mi abuela paterna y dos tías mías a las que había que añadir la cocinera y la doncella, todas las cuales eran madrileñas. Doce personas, en suma, que cabían en ella incluso con holgura; tal era su tamaño.
Traigo esta circunstancia a colación porque dio pie a que la familia tuviera durante cuatro o cinco años por vecina a la familia de los Dominguín. Estaba nuestra casa en en la llamada calle de las Huertas, situada en el barrio hoy llamado de Las Letras, a dos pasos de la Plaza del Ángel y a la altura del Palacio de los Duques de Santoña. Es decir, frente por frente de la embocadura de la calle del Príncipe, que desde nuestros balcones se veía en su longitud casi completa. Quizás usted sepa situarla todavía mejor si les doy como dato la proximidad del Teatro Español y de la plaza de Santa Ana.
Pues bien, el caso es que la casa que teníamos frente a la nuestra de Príncipe hacia chaflán en el arranque y así nos ofrecía, a nuestra misma altura, la casi inmediata perspectiva del gran salón de la familia de los famosos Dominguines. Así que no resultaba difícil verles ejercitarse en sus verónicas y naturales, manoletinas y pasas de pecho, y así pudimos conocer de cerca al fundador de aquella saga, que como sabemos estaba compuesta por el matrimonio, los hijos Domingo, Pepe, y Luis Miguel. Y de sus padres Carmen, que luego casaría nada menos que con Antonio Ordoñez.
Pero los momentos más emocionantes se concentraban los días de corrida, pues se podían vivir de cerca tanto los momentos de preocupación, cuando la madre y la hija andaban la tarde entera pendientes de un teléfono que entonces era necesariamente fijo, como en aquella primera tarde de gran triunfo del inolvidable Luis Miguel, cuando los aficionados le trajeron en hombros hasta la misma casa de sus padres.
Pero la cercanía de su domicilio y el nuestro me permitiría estar también cerca del astro en otras muchas ocasiones, y sobre todo en una que también recuerdo especialmente: aquella en la que le sitúo nada menos que en la iglesia de San Ignacio haciendo cola para confesarse.
A todo esto he de decir que del arte de Cúchares siempre me cautivó, junto con el valor que se supone a los toreros y que responde un planteamiento de la vida que exige mucho más valor y decisión que cualquier otro, la estética del gesto. Estética que un servidor de ustedes intentaría imitar arrastrando de paso a sus hermanos más pequeños, uno de los cuales – el varón – haría de toro, mientras la hembra representaría a Conchita Cintrón como parece ser lo lógico. Pero la emoción de los gestos me llevaría sobre todo a dibujarlos a plumilla, que para mí era un ejercicio permanente de expresión artística que, tan bien se me daba, que en Lisboa bastantes diplomáticos llegaron a pedirme que les adornase con escenas de toros las petacas.
Pero más allá de ese gusto por el arte y el ambiente taurino he de reconocer que nunca he frecuentado las plazas en directo. En realidad, las veces que he presenciado en directo una corrida pueden contarse con los dedos de una mano: quizás una fuera la de Campo Pequeno, en la misma capital portuguesa – sin matar los toros – dos en Jerez de la Frontera y otra en el Puerto de Santa María, ese lugar en que, según dice la gente, nadie debe morir sin ver los toros.
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