Por Carlos de Bustamante
(Naranjos en Sevilla)
Nacido en Medina del Campo y vecino de Valladolid -capital- durante ochenta y seis años, por avatares que pertenecen a mi intimidad, vivo actualmente en esta última etapa de mi vida en la `iihsbilia´ árabe; `Julia Rómula Híspalis´ romana; y Sevilla cristiana.
Para vosotros, mis amigos y probables únicos lectores va este comentario de algo tan hermoso y llamativo como son los naranjos que en cifra centenaria adornan la calle Asunción en el barrio de los Remedios de esta preciosa ciudad: SEVILLA tierra de María. Recién llegado los vi cuajados de productos dorados por mil soles. Naranjos con adornos como de Navidad. Espectaculares. Los vi atónito por la cantidad de frutos en cada árbol y por los medios empleados para recogerlos. Naranjas hermosas, pero ¡ay! amargas. Las que de contenedores enormes casi todas irían a parar a la basura. Sólo una pequeña parte se destina a las industrias donde se elaboran mermeladas. Riquísimas, por cierto.
Desde la plaza de Cuba hasta el real de la feria, hay cientos, miles de ellos. Un recorrido que hago con frecuencia en mi coche100% eléctrico (silla de ruedas); observo, miro, admiro, los cambios por la sucesión de las estaciones. Vi, repito, cómo, cuajados de naranjas, eran de una belleza singular. Verde intenso en las hojas y anaranjado (dando nombre al color) en espléndidos aderezos que en Castilla ornarían el árbol de Navidad.
En el devenir de las estaciones, sin apenas sucesión de continuidad, vi luego cómo de cada árbol nacían miles de florecillas. Luego, qué decir del azahar que de ellas exhalaban millones de campanillas blancas como la nieve. Tan verdad como que la esencia se suele guardar en frascos pequeños, es que de aquellas flores diminutas surgían aromas de fragancia deliciosa. En el anchuroso paseo peatonal de la calle Asunción aunados los cientos de naranjos en flor, hacían que el novel transeúnte asombrado respirase exquisitos perfumes en la cuasi infinitud del recorrido.
Y ¡oh prodigio!, revoloteando en cada árbol, enjambres de abejas que, ignorando a los transeúntes, libaban minuciosamente el néctar de las flores. Detuve el vehículo. Para observar de cerca el prodigio tomé en la mano una de aquellas preciosidades. Con perfección no hecha por mano de hombre escudriñé la flor: nacidos del interior emergían los estambres y pistilos.
En los estambres de cada flor está el polen que, maduro, contiene la parte sexual masculina. Las abejas se encargaban de la polinización: depositar en el órgano sexual femenino que está en los pistilos el polen masculino que está en los estambres. Allí se forma el fruto.
Polinización necesaria que, no tardando, transformaría el azahar de las flores en diminutos frutos arropados por el follaje haciéndolo casi invisible. Con la brisa agitando el perfume de azahar, las florecillas quedaban totalmente fecundadas.
Pensaba el asombrado forastero en estas tierras que naranjos de no mucho porte, les sería imposible dar sabia al fruto de los millones de florecillas -blanco impoluto en la arboleda-. Nuevo prodigio en naturaleza sabia creada por Quien sólo es capaz de hacerlo: con el hálito suave de los atardeceres sevillanos, se completaba la polinización que no pudieron hacer las abejas.
Sabiduría que no pudo ser otra más que la divina en otro nuevo prodigio: cada naranjo, en estremecimiento invisible, se despojaba de las florecillas fecundadas que, de lograrse, sería imposible que lo sostuvieran las ramas endebles, y, aun así, dificultoso mantener la calidad y grosor del fruto. Alfombra de flores, al pie de cada árbol, marchitas y entresacadas prodigiosamente y que, sobrantes, no podrían llegar a término.
Sólo los ojos de cazador avezado acostumbrado a escudriñar la presencia de las piezas codiciadas ocultas por la espesura del bosque, monte o ribera, pudieron distinguir entre el follaje el nuevo prodigio del fruto recién nacido: bolas diminutas que, en su humildad, recibían el alimento de un también humilde cordón umbilical. No sin cierto temor respetuoso tomé en mis manos una de aquellas menudencias. Aquello podía ser cualquier cosa. Sin parecerlo, era el embrión de una naranja. Como el embrión de una criatura en el vientre de su madre que, aún sin parecerlo en los primeros estadios, es, ¡oigan! un ser humano.
Ensimismado en estos pensamientos de altura, repito el paseo a diario. Y cada día, observo el perenne prodigio de la obra formidable del Creador.
Hoy ya contemplo frutos hermosos, obra aún no madura, de quien, al crearlo con Amor, vio que era bueno…. Naranjas que comienzan a dar “la color”.
Proceso éste asombroso que de por sí bendice al Señor… Sin queriendo pensé en la vida del nonato. Hay un total respeto por los naranjos y sus frutos de la calle Asunción.
Aun siendo amargas las naranjas, el respeto es norma ciudadana. Pensé y pienso en el derecho a la vida de tantos niños no nacidos como se destruyen criminalmente (son “frutos” humanos) antes de nacer.
Sin acostumbramiento a tanta belleza creada, hoy contemplo ensimismado cómo lo que fueron florecillas diminutas, son ahora naranjas hermosas que comienzan a lucir porciones del sol sevillano que se recrea a diario lazando saetas doradas sobre la arboleda; hierática escolta de la calle Asunción. Mi calle.
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