Por Javier Pardo de Santayana
(Belén casero)
Sentado frente al ordenador en busca de tema para un nuevo artículo, doy vueltas a la cabeza intentando encontrar inspiración en las últimas noticias que me llegan de la radio, casi todas negativas como viene siendo habitual últimamente. Ya saben, la energía sigue batiendo récords y el famoso virus nos seguirá encerrando en nuestras casas. Apenas una nota positiva: la de que se puede dar por concluida la erupción del volcán de la isla de la Palma. Como se ve, más de lo mismo a lo que nos hemos últimamente acostumbrado. Poco, por tanto, que se encuentre en consonancia con lo que esperamos de estos días que siempre iluminaron el final del año. Así que, por el contrario, se diría que no ha lugar para la fiesta.
Y en eso estoy, cuando revolviéndome en mi silla para mirar hacia atrás se me entra por los ojos un paisaje para mí archiconocido: la supuesta imagen de un pueblo del oriente en el que algo extraordinario ha sucedido, de modo que la gente acude a contemplarlo tan extraordinario que marcará lo que es el signo de los tiempos. Se trata de lo que en Valladolid llamamos nacimiento y que representará el pueblo de Belén cuando el gozoso nacimiento de Jesús de Nazaret entre los hombres. Sólo unas pocas figuras pertenecen al originalmente instalado por mis padres, porque los múltiples traslados y el reparto entre sus numerosos hijos – mas el natural paso del tiempo -irían cayendo poco a poco con el tiempo. Materia sin embargo suficientes para que se perpetúe su recuerdo: aquel que espero se mantenga con mis nietos y con los nietos de mis nietos.
Nada mejor podría imaginar en estos días aciagos de pandemia y de increencia que la supervivencia contra viento y marea entre los míos de esta preciosa tradición antigua com la que hacemos revivir en nuestra propia casa aquel momento divino y misterioso y materializamos la alegría de la buena gente con una inundación de gestos familiares que se hacen expresiones de fe que invaden nuestras casas.
En nuestro caso podrían calificarse de incontables las figuras con las que niños y mayores materializamos el esplendor del acontecimiento que intentamos revivir en los días en que lo festejamos procurando que nadie nos falten nadie sobre las tierra de musgo y el serrín. Ahí estarán, por supuesto, los pastores y al ángel en lo alto del árbol, y los Reyes Magos sobre sus camellos y bien acompañados por sus pajes haciendo un alto en su camino l. Y toda una multitud de personajes sencillos que confluyen avanzado por distintos caminos. Y veremos, sí, como tres santas mujeres que vienen de la fuente se acercan con sendos cántaros al hombro, y un anciano que está ya próximo al portal acompañado de la mano por su nieto. Y un fornido pastor que ya llegó con un cordero de regalo y con su perro, y aun otro que permanece delante, arrodillado, y que ha dejado sobre el suelo unos sacos de harina amontonados junto con toda calase de alimentos.
Algunos generosos campesinos se hallan cruzando el regato por un puente y llevando su regalo uno a la espalda, otro a los hombros, y el tercero – o mejor la tercera -, sobre su cabeza. Pero, naturalmente, la vida continúa su rutina aunque alterada por el gran suceso. Y ahí podremos ver. naturalmente, junto al río, a la hacendosa lavandera con su ropa colgada para que se seque y al pescador, que acaba de capturar precisamente una excelente presa. Y aún podremos ver un campo arado y las mulas y el carro de su dueño, porque la actividad no se detiene ni con estas.
Ahí tiene usted en un rincón, la fragua funcionando, y el anciano que acarrea la leña a sus espaldas. Y aun hay bastantes fuegos encendidos, entre ellos, naturalmente, el del propio portal, que también ilumina un buen farol colgado de su entrada. Y, por supuesto, no puede faltar bajo us inquietantes luces rojas y escoltado por un par de aguerridos soldados al parece romanos — últimos supervivientes de la nutrida guarnición de antaño – el insoportable rey Herodes, que alterado sin duda por la gran noticia, permanece a la puerta del castillo incapaz de dormir tranquilo tras de haberla recibido de los propios Magos.
* Tampoco debe faltar ”Pizca”, nuestra pequeña terrier blanca, que al morir se ha colocado muy cerca del Niño, dicen que para entretenerle.
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