Por Carlos de Bustamante
(El centurión con Jesús, en una película: no soy digno)
“En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.» Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; y a mi criado: «Haz esto», y lo hace.» Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.» Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano”. Hasta aquí la palabra de Dios.
Seguramente al centurión del Evangelio le había costado serlo numerosos años de servicio o bien obtener méritos especiales por actos heroicos en un continuo guerrear en lugares diversos. Con ellos pudo ascender de simple legionario a centurión. Y es muy probable que, tras el milagro hecho por Jesús sanando con sólo la palabra a su criado, siguiera al servicio de Roma sirviendo en la Legión. Y probable también que, cumpliendo rigurosamente con su deber, se acomodase a todo aquello que, sin estar en contra de la nueva condición de cristiano recién estrenada, siguiera ascendiendo a sucesivos empleos superiores.
El centurión, en fin, se acomodó en todo a la vida legionaria menos en aceptar y practicar usos y cultos a dioses y costumbres contrarios a una fe robustecida con la nueva condición por el bautismo a las que ya tenía. Jefe legionario aparentemente igual a los demás, difería, sin embargo, en que, acomodado al cargo y posición que ocupaba en la legión, no aceptó practicar, insisto, aquello que, en su ambiente, era contrario a los compromisos cristianos adquiridos por el bautismo.
Ignoro si este centurión figura en el santoral de la Iglesia, aunque presumo que sí tras las palabras pronunciadas sobre él por el propio Cristo. Vamos a ver ahora, mis amigos y probables únicos lectores, otro episodio significativo de lo que os vengo expresando:
El endemoniado de Gerasa. La piara de puercos
“Había allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo. Y los muchos demonios que poseían al geraseno, suplicaron a Jesús diciendo: Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. Y Él se lo permitió. Saliendo los espíritus inmundos, entraron en los cerdos; y con gran ímpetu la piara, alrededor de dos mil, corrió por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando. Los porqueros echaron a correr, y contaron por la ciudad y los campos lo sucedido. Y acudieron a ver qué había ocurrido. Cuando llegaron junto a Jesús, vieron al que había estado endemoniado, sentado, vestido y en su sano juicio; y se quedaron asustados. Los que lo habían presenciado les contaron lo que había sucedido con el que había estado poseído por el demonio y con los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región. Al subir en la barca el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo: Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; y todos se admiraban»(Mc).
Primera predicación a los gentiles
Es el primer paso – realmente sobrecogedor- de su predicación a los gentiles. Emociona ver al hombre liberado de los demonios que le suplica quedarse con Él. Jesús prefiere que se quede en aquella región siendo portavoz de la buena nueva que tiene que llegar no sólo a los judíos, sino a todos los hombres de buena voluntad. La fe de los discípulos se fortalecía con hechos tan extraordinarios.
Aunque no único, pues hay numerosos casos similares a los narrados, bastan éstos para que mis amigos vean, mejor que un servidor, la diferencia entre acomodarse a los tiempos y aceptar del ambiente en que se viva lo que no es lícito al cristiano o al que ha recibido la Fe. El carcelero romano de Pablo y Silas; el maestre sala que vio el prodigio del agua convertida en vino; los propios criados que llenaron hasta arriba las tinajas…
El maestresala lo seguiría siendo; y los criados, criados. Pero unos y otros desde entonces, creerían en Jesús y su doctrina…; como Alejandro y Rufo, los hijos de Simón de Cirene, convertidos al cristianismo, se acomodarían a los tiempos: como jefe de festejos el primero, como camareros en bodas y banquetes los criados; como trabajadores de granja los hijos de Simón; como maestros de la ley José de Arimatea y Nicodemo. Sin adaptarse al ambiente permisivo de su tiempo, pero (acomodados) a él: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que, impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honor, honor”.
¿No son pintiparados estos ejemplos para aplicarlos a nuestros días?
Pues eso.
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