Por Javier Pardo de Santayana
(Un Belén)
Bueno, pues ya hemos quitado el nacimiento. Y todo lo demás, porque en su día no nos limitamos a desplegar el paisaje, encajar el gran tablero y colocar con mayor o menor sentido las cincuenta y tantas figuras disponibles, porque en primer lugar hubo que asegurarse de que no quedara tapado nada de lo que quizás necesitáramos más tarde.
Y es que, en efecto, los cuatro metros y pico del panorama de Belén y sus alrededores cubren en nuestro caso toda la parte inferior del mueble de la librería, así que durante un mes nos privaríamos de poder consultar en nuestros libros cualquier información que precisáramos. Y hubo que proporcionar un fuerte apoyo a ese conjunto ya que el tablero sobre el que desplegamos las figuras debió quedar completamente firme. Por otra parte, no se me olvide el recordarlo, ahora tendría que desmontar todo el complejo tinglado de la iluminación: aquel que tanto nos costó disimular para que no se notara el cableado. Todo lo cual no es al final sino una parte del trabajo a que nos obliga el desmontaje, ya que las múltiples figuras – algunas incluso procedentes del antiguo nacimiento de mis padres – deberán quedar bien protegidas, así que a muchas de ellas habrá que conservarlas bien envueltas una a una y debidamente etiquetadas.
¿Que por qué se lo cuento a mi improbable lector con tal detalle? Pues porque estoy convencido de que al informarle a usted sobre este tema lo más probable es que se vea retratado o que recuerde con nostalgia determinadas situaciones ya vividas.
Mas la recogida del nacimiento una vez transcurridas las fechas navideñas no constituye mi único objetivo del momento sino que forma parte de un trabajo que es más amplio y que en mi caso está multiplicado por mi decidida intención de que la Navidad se vea reflejada en el aspecto de mi casa de la manera más vistosa. Y el resultado de este empeño se traduce en la necesidad de desmontar y guardar debidamente otros “signos externos”. Por ejemplo, la estrella de los Reyes que ha venido luciendo en todo lo alto de la casa. Y los alusivos adornos de la puerta. Y luego, dentro, las cincuenta y tantas representaciones de la Sagrada Familia que durante la Navidad fueron expuestas en distintas partes y que ahora habrá que guardar de nuevo cuidadosamente.
Entre ellas encontramos muchos nacimientos procedentes de países hispanoamericanos, como muestra de la huella de fe que los españoles dejamos por el mundo, y de otros muchos de origen africano que quedarán como recuerdo sobre todo de nuestras estancias en aquel continente de misiones durante el tiempo en que en él vivimos nosotros y sobre todo nuestros hijos. Y, naturalmente de países europeos. Como curiosidad, un pequeño recuerdo de ambiente polar traído por uno de nuestros vecinos, que es piloto.
Algunos otros son una sencilla muestra de la impresionante colección de nacimientos procedentes de todos los países existentes que uno de mis hermanos reunió en su día con denodado empeño y que sólo quedó por completar a falta de los de un par de islas del Pacífico; algo difícilmente repetible. Y otros recordarán sencillamente nuestra participación anual en el programa organizado por el párroco actual desde hace muchos años y que constituye una excelente forma de promover esta bella costumbre española que él practica desde siempre con gran sentido artístico y que contribuye poderosamente a vivir intensamente el tiempo navideño al tiempo que fomenta la relación social entre nuestras familias.
Y, naturalmente, habrá que desmontar una a una y recoger también nuestra vistosa colección de felicitaciones navideñas, otrora tan abundante y expresiva, que aún conservamos de recuerdo y con la que desde hace ya unos veinte años adorno la escalera abierta que conecta la zona de recibir con el piso de arriba. Como haremos también, naturalmente, con el gran árbol, sus adornos y sus luces.
En fin, todo un trabajo.
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