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Despiste total

Tres foramontanos en Valladolid 11 Feb 2022 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Mapa visual)

Suena el despertador que tengo conectado con la radio, y en ésta nos anuncian la inmediata realización de una entrevista que me parece interesante y que por consiguiente seguramente pasará a engrosar una serie de intervenciones de un mismo entrevistador ya coronada por el éxito. Se trata de un periodista bregado en mil batallas que no sólo ha salido ileso de una vida profesional en la que nunca rehusó jugarse su prestigio, sino que ha seguido acrecentándolo. En esta línea se permitiría entrevistar incluso al mismo Papa, con lo cual hemos tenido la ocasión, seguramente nunca vista hasta el presente, de contemplar al Santo Padre departir tranquilamente con su entrevistador y sentado con él mismo, frente a frente, en torno de una mesa de muy pequeñas dimensiones y con tan solo un par de vasos de agua, que tal es el prestigio de muestro hombre, al que solo pocos días más tarde podríamos ver visitando al Rey que ahora llamamos “el Emérito”  en la ocasión de una visita en la que veríamos a ambos sin corbata y con un aire decididamente veraniego, es decir, alejados de cualquier protocolo.

Dije antes que la cosa prometía porque la anunciada entrevista de este día tendría lugar con el embajador de Rusia, que por lo que se ve se aventuraba a intervenir en un momento especialmente delicado: cuando la acumulación de medios de combate rusos en las proximidades de Ucrania parecía una repetición de aquellas amenazas con las que se nos mantuvo en vilo durante la famosa Guerra Fría.

Así que seguí a la escucha y a la espera de la que sería sin duda una versión interesante del momento en que vivimos . Y el embajador no defraudó: Para empezar, dominaba el castellano y era su temperamento generoso en su expresión casi entusiasta. En este sentido no parecía un diplomático de libro, de aquellos que miden mucho sus palabras; un hombre sonriente interesado en parecer simpático y en caer bien a sus interlocutores. Y en este sentido eficaz posiblemente en su contacto con los españoles y posiblemente también para los suyos. Mas cuando terminó su exposición quedaba todavía el turno de preguntas a cargo de otros dos periodistas españoles. Y ahí viene lo que es objeto de este artículo. Porque rompió el fuego una señora que suele meterse a fondo en los aspectos más enjundiosos de los temas políticos, y sin embargo enfocaría su tema centrándose tan sólo en las enormes dimensiones de la mesa utilizada por el presidente ruso en su primer encuentro con su homónimo francés y al hecho de hacerlo aprovechando la ocasión para el distanciamiento; cuestión curiosa a la que, desde luego, puede sacarse punta en lo que pudiera revelar, mas que era un tema menor y una ocasión perdida de abordar cosas bastante más trascendentes y jugosas.

Luego participarían otra señora especializada en la elegancia pero de cuya sutileza e inteligencia cabría espera que hubiese abordado asuntos más enjundiosos que estos, y aún un tercero que en este momento no recuerdo. En cuanto a la no intervención del director, comprendo que para él siempre es prioritario no entrar personalmente demasiado en discusiones si quiere seguir organizando intervenciones tan interesantes como la del embajador citado. Pero el caso es que, a falta de contraste con otras opiniones de interés, lo que quedó en el aire fue una simpática y cercana intervención de una persona que era la voz de su amo en relación con una situación tan interesante como preocupante para todos. Nada se dijo, por ejemplo, de que Rusia ya se apoderó hace tiempo de una parte de Ucrania y apoya activamente ciertos movimientos independentistas, razón suficiente para buscar apoyo, y más cuando ve como una amenazadora fuerza militar se acumula en la proximidad de sus fronteras.

Así que, sin este contrapunto informativo y algunas de estas consideraciones, mucho me temo que la simpatía y la fuerza expresiva del embajador citado hayan podido convencer a un número considerable de españoles, baqueteados y confusos ante una situación de mal gobierno y una costumbre adquirida de soportar falsedades, amén de otra serie de factores ambientales que nos mantienen actualmente en el despiste.

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