Por Carlos de Bustamante
(Barones del PP con Casado)
Los hombres se habían empeñado en un colosal proyecto que debería ser, a la vez, un símbolo y el centro de unidad de la derecha española mediante la formación de un gran partido político, faro en una gran torre de la deriva política de los hombres de bien en su doble aspecto de la ley natural y de amor con ella a España. Pero aquella obra, cuando se creía consolidada, no se llevó a término, y los hombres se encontraron más dispersos que antes, divididos entre sí, confundido su ideario político incluso en las expresiones lingüísticas e incapaces de ponerse de acuerdo…
¿Por qué falló aquel ambicioso proyecto? ¿Por qué se cansaron en vano los fundadores? Porque la mayoría de los dirigentes actuales han puesto como señal y garantía de la deseada unidad solamente sus intereses personales, olvidando la finalidad última del partido político. La que debe ser y fue desde su fundación, repito, el bien de España.
Con el paso del tiempo el error cometido es querer ser fuertes y poderosos sin amor a la Patria, como lo fue el que tuvieron en el inicio quienes lo fundaron: amor a la tierra que los vio nacer. Con el tiempo han trocado el amor en soberbia; la soberbia del poder, que está en la raíz de toda desunión y que tiene manifestaciones tan diversas. En la narración de Babel -donde como habréis visto, mis amigos, se inspira este artículo- la exclusión del amor no aparece como enfrentamiento a España, claro, sino como olvido e indiferencia hacia IDEALES MÁS ALTOS; como si no mereciesen ningún interés en el ámbito del proyecto político, operativo y asociativo. Pero en ambos casos la relación con el amor a este ideal está rota, incluso con violencia, verbal ¡entre los propios dirigentes que no se entienden!
Nosotros debemos recordar con frecuencia que España ha de ser en todo momento la referencia constante de nuestros deseos y proyectos, y que la tendencia a dejarse llevar por la soberbia perdura en el corazón de todo hombre, de toda mujer, hasta el momento mismo de su muerte. Esa soberbia nos incita a ser `cabeza de león´, aunque sea en el pequeño ámbito de intereses personales. Lo mismo que en la narración de los hechos de Babel, una de las primeras consecuencias de la soberbia es la desunión: en la misma familia, entre hermanos, amigos, colegas, vecinos…
El soberbio tiende a apoyarse exclusivamente –como los constructores de Babel– en sus propias fuerzas, y es incapaz de levantar su mirada por encima de sus cualidades y éxitos; por eso se queda siempre a ras de tierra. De hecho, y en política, el soberbio excluye a la Patria de su vida, como si no mereciese ningún interés: no pide ayuda, no da las gracias a quien desinteresadamente se la presta; tampoco experimenta la necesidad de pedir apoyo y consejo a quien por experiencia, honradez y patriotismo a través del cual podría llegarle el consejo oportuno. Se encuentra solo y débil, aunque él se crea fuerte y capaz de grandes obras. También por eso es imprudente y no evita las ocasiones en las que pone en peligro la salud del ansiado proyecto de despegar del sillón al peor y más dañino presidente que ha tenido España en su recién estrenada democracia. Muchas veces se ha dicho que la soberbia es el mayor enemigo de todo proyecto para construir una nación grande y fuerte. La soberbia, la ambición de poder, el orgullo, la ambición son, a la vez, el gran enemigo de la amistad, de la alegría, de la verdadera fortaleza…
No queramos prescindir del servicio a España en nuestros proyectos. En la política nacional, ella es el fundamento; y nosotros el edificio; ella es el tallo de la cepa y nosotros las ramas (…). Ella es la vida y nosotros vivimos por ella. Nuestra vida política-si es que nos dedicamos a ella-, no tiene sentido sin el único fin de servir; no debe tener otro fundamento. Todo quedaría desunido y roto si nos dedicásemos al interés personal y no al de los ciudadanos a quien nos debemos.
La humildad, por alto que sea el cargo ostentado, está en el fundamento de todas las virtudes y constituye el soporte de la honradez y veracidad. A estas virtudes se opone la soberbia y su secuela inevitable de egoísmo. La persona egoísta hace de sí la medida de todas las cosas, hasta llegar a la difamación o al desprecio de los otrora amigos. ¡Qué pena si cuanto queda dicho pudiera aplicarse con rigor y verdad al partido más votado de España! Tendría que aplicar con propiedad el para mí axioma: `a veces es preciso tolerar un mal (¿el PP. acaso?) sabiendo que es mal, para evitar un mal mayor´.
Y si de echar del gobierno al social comunismo se trata, ¿qué mal hay en unirse para librarnos de él? Míreme bien lo que hace sr. aspirante a presidente que, de seguir así, podría durar usted menos en el cargo, que un caramelo a la puerta de un colegio. ¿Es que no oye usted lo que a voz en grito piden sus votantes -no la oposición- a las puertas de su sede? ¿Será verdad que la gaviota se ha suicidado y se hace preciso buscar un nuevo logotipo para el partido mayoritario que usted preside?
Home