Por Javier Pardo de Santayana
(Interfaz cerebro-máquina en acción)
En uno de mis últimos artículos me referí al peligro que encierran los imparables avances de la tecnología en el terreno de la digitalización de todo lo posible, puesto que acabarán relacionando los infinitos datos entre sí, y consecuentemente, a sugerir la multiplicación de actuaciones en busca de un mayor dominio y perfección humanos. Lo cual entraña el gran peligro de la indeseable intromisión en las vidas ajenas, problema inevitable que amenaza tanto una libertad no vigilada como el derecho que tenemos a que no se ocupen de nosotros. Así que puede darse por seguro que ese aparente camino de perfección será también seguramente el origen de una abundante fuente de conflictos.
La obligada pregunta será por tanto si nos será posible intervenir en el progreso poniendo freno o cancelando determinados productos de tal hecho. Y supongo que la respuesta será que el afectado – es decir, que el ser humano – sabrá encontrar una respuesta en su momento. Permaneceremos alertados.
Pero entretanto tendremos que considerar otros avances que van incluso más allá de estos excesos, mas que ya asoman también en nuestra perspectiva. Se trata también de ensayos que están relacionados con la mejora de nuestras propias posibilidades de perfeccionamiento aprovechando el conocimiento cada vez más completo del complejo entorno en que vivimos y en el que hoy se incluyen ya bastantes cosas que el hombre puede hacer ya sobre sí mismo de forma física y directa en su propio beneficio, lo cual requiere un grado superior tanto de conocimiento de la naturaleza como de osadía. Lo cual por el momento nos produce una mezcla de asombro y de sorpresa, ya que se trata de atreverse a combinar con nuestro propio cuerpo elementos artificiales que subsanen nuestras imperfecciones naturales e incluso aumenten nuestras capacidades naturales como si corrigieran a la naturaleza mediante sustancias y mecanismos añadidos, procurando, supongo, que molesten lo mínimo posible. Y la cosa parece que va en serio, por cuanto ya se está evaluando lo que puede dar de si como negocio.
Así tenemos, por ejemplo, el caso de un ingeniero que considera que el cuerpo es un estorbo para el cerebro y pretende mejorarnos “extendiéndonos”. Él mismo convirtió su propio cuerpo en un laboratorio vivo y ya ha conseguido entre otras cosas que remitieran los síntomas del parkinson. Y hay quien ha conseguido que tres parapléjicos caminen sin la ayuda de una silla de ruedas mediante la inserción de un interfaz cerebro-máquina. Y quienes han pretendido alterar nuestro ánimo mediante la aplicación de descargas o la aplicación de unos campos magnéticos que mejorarán incluso nuestro rendimiento intelectual. Y ya se sabe de un ciudadano que lleva incorporada a su cabeza una antena que le permite dejar de ver en blanco y negro y percibir adecuadamente los colores. Y a quien se le ha ocurrido la instalación de un artefacto vibrador en el lugar que ustedes imaginan. Y quien ha incorporado una falsa oreja en uno de los brazos de su esposa…
Muchos han sido muchos los experimentos realizados que tienen como idea común eliminar unas limitaciones que ya se ven como los rasgos de una especie de “creación interrumpida” que es conveniente prolongar sobre lo ya creado aunque sobre la base de utilizar elementos de otra naturaleza bien distinta. Y la dificultad consiste sobre todo en conseguir un ensamblaje eficaz y más o menos armonioso del ser humano y de la máquina.
Todo lo cual tiene lugar en nuestros días respondiendo a un interés científico que reúne en un esfuerzo más o menos solidario a un buen puñado de hombres de ciencia soñadores y activos que, considerando “inacabado” al ser humano, se esfuerzan en – según los términos al uso – “resetearlo” “tunearlo”, o en resumidas cuentas, simplemente “optimizarlo” mediante su ensamblaje con cosas fabricadas por los hombres.
Home