Por Carlos de Bustamante
(El desembarco de Alhucemas)
Fue una familia de 15 hermanos.
Don Francisco de Bustamante Aguirre, casó en primeras nupcias con Dña. María Luisa Sánchez de las Moras. Tuvieron cinco hijos. Esta primera esposa falleció de parto del quinto de los hijos, todos varones. Al poco tiempo de su viudedad, contrajo matrimonio con Carmen hermana de su primera esposa. De esta nueva unión, tuvieron diez hijos, diez: cinco hembras y cinco varones. Familia, pues, supernumerosa. De los diez, cinco siguieron la carrera militar como su padre, abuelo, tatarabuelo etc. etc. hasta perderse en las generaciones.
Antes de centrarme en la “otra” bella historia nunca jamás contada, os anticipo mis amigos y probables únicos lectores, que trataré del mismo protagonista y héroe africano Manuel de Bustamante y Sánchez, mi padre, pero en otro escenario tanto o más terrible que el anterior narrado: la guerra civil española. Mejor, el Alzamiento Nacional contra la mayor y más dañina de las dictaduras: el social comunismo marxista leninista pro soviético.
Manuel de Bustamante, dos años después de ingresar el 6 de septiembre de 1915, con sólo 14 en la Academia de Artillería en Segovia (por entonces no existía la Academia General Militar en Zaragoza) ascendió a Caballero alférez cadete de Artillería el 18 de julio de 1918 con 17 años. A teniente el 12 de julio de 1900 con 19 años. A capitán el 18 de agosto de 1923 con 22 años. A comandante el 18 de diciembre de 1936 con 35 años. A teniente coronel el 29 de enero de 1943 con 42 años.
Como consecuencias de las heridas de guerra, falleció el 4 de marzo de 1946 con 45 años.
Si en algún escrito anterior hubo algún dato que no coincide con los presentes, rectifico con éstos, únicos válidos pues han sido tomados de su Hoja de Servicios que tal vez no tuviera entonces. La extremada juventud en cada empleo, le hicieron acreedor de ser el más joven del Arma en cada uno de ellos.
Trataré, mis amigos y probables únicos lectores, de relatar cronológicamente y según la Hoja de Servicios del capitán Manuel de Bustamante y Sánchez -mi padre- desde su incorporación a la península, tras el desembarco de Alhucemas con el que al fin se consiguió la rotunda victoria sobre Ab-del Krim y la reconquista sucesivamente de todo el protectorado español de Marruecos. Trataré, pues, sin intención de extenderme en demasía, de los nada menores hechos del oficial y jefe después de nuevos servicios nada comunes prestados a la Patria desde las heroicidades africanas hasta su fallecimiento en el entonces hospital militar en Quintana del Puente -Palencia-. Será otra bella historia jamás contada de una vida singular, íntegramente dedicada al servicio de España.
Nos situamos ya -tras las vicisitudes de la ley de Azaña- en los años próximos a nuestro Alzamiento Nacional. Si mis amigos han seguido con atención la primera parte de lo que me pete llamar una bella historia, habrán observado cómo desde que finalizó el período africano hasta el inicio del Alzamiento, hay un vacío de varios años. ¿Lapsus del narrador?,`¡quiá!´; sucedió, que tras las elecciones fraudulentas, el frente popular tomó las riendas del gobierno en el que, la inquebrantable unidad española bajo la gloriosa Enseña rojo y gualda, quiso con la tricolor convertirse en satélite de la Rusia social comunista bajo la bota de la tiranía soviética. La mayor que conocieron los siglos.
La ley de Azaña obligaba a jurar o prometer al conjunto del Ejército, -so pena de expulsión-a jurar fidelidad a una bandera extraña, que, además de no ser la española, fue abiertamente antiespañola. Y el capitán Bustamante se negó. Suspendido de empleo y sueldo, tuvo que dejar el uniforme y engrosar la numerosa lista de militares circunstancialmente paisanos.
Con el glorioso Alzamiento Nacional, al que se unió de inmediato, recobró su antigua condición y puesto en el escalafón más las condecoraciones perdidas por la nefasta ley de Azaña.
A lo dicho hay que añadir otra suspensión, similar a la anterior. La que se impuso a la totalidad del Arma de Artillería por negarse a la inveterada tradición de no ascender de empleos por méritos de guerra. Queda, pues, justificado el vacío de varios años como os he referido, mis amigos, anteriormente. Nos vemos en el próximo con el que espero quede justificado el enunciado.
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