Por Carlos de Bustamante
(La Academia del Arma de Caballería de Valladolid)
Cuando ya se han escrito cientos, miles, de páginas sobre nuestra guerra civil (léase Alzamiento Nacional) no voy a escribir nada de lo profusamente tratado por historiadores o periodistas.
Con mayor o menor fortuna -entiéndase partidismo- narro, como continuación a la miniserie africana referida a Manuel de Bustamante y Sánchez en otra guerra en la que dejó impresa para los íntimos la heroicidad anónima. No sin cierto pudor dejo constancia del nuevo servicio a España realizado por mi señor padre en nuestra Guerra de Liberación: La del yugo social comunista.
Ascendido a capitán, y con la autorización reglamentaria, viajó a Alemania para realizar un curso de radar y baterías del 8/8. El más moderno material de guerra desconocido por la gran mayoría de países; adquirido en cantidad mínima por el gobierno de España. Material asignado a la Brigada de Artillería de la 7ª Región Militar orgánica.
Finalizado el curso, quedó en situación de disponible. Solicitó el permiso reglamentario para casarse.
Aprovechando esta situación de vacaciones concedidas, el 30 de junio de 1927 contrajo matrimonio con la que fue mi madre: Mª de las Nieves Eugenia Alonso Gómez. La boda se celebró en la capilla de la finca denominada Dueñas (de Arriba y de Abajo). Importante propiedad de mis abuelos maternos.
En abril de 1933, el capitán fue destinado a la Plana Mayor de la Brigada de Artillería en Valladolid. (7ª Región).
En 1935, y ya con ambiente enrarecido -prebélico- en España, pasó al Grupo de Información Avanzado nº 3.
Producido en 1936 el Alzamiento Nacional, se unió a él de inmediato. Único especialista en España en radar y de las baterías 8/8, el gobierno Nacional le nombró jefe de la defensa antia aérea de Valladolid, instaladas las piezas dichas en el páramo de san Isidro inmediato a la capital, y ametralladoras antiaéreas en la cúpula de las torres de la Academia de Caballería, cumplió a la perfección su cometido, batiendo con eficacia al enemigo.
A partir de entonces, su peregrinaje fue incesante por los principales “frentes” de España: en Talavera de la Reina, en el Servicio de Información Avanzado de Artillería, para localización por la vista de objetivos. Frente de Madrid, Toledo, Ávila…
El 16 de diciembre de 1936, ascendió a comandante. Tenía 35 años.
Como jefe del Servicio de Información Avanzado del Arma, ejerció su cometido a plena satisfacción del mando superior en los sucesivos frentes del Alto del León, (de los Leones luego). Frente de Guadalajara; de Teruel, de nuevo Madrid y Toledo….
Jefe del Servicio de Información de Artillería Avanzada del Ejército del Norte, luego, tomó parte activa en la rotura del “Cinturón de Hierro” en Bilbao.
En el continuo ir y venir de un frente a otro con las penalidades propias de la guerra, supimos luego que – relativamente mayores los seis hermanos del a pesar de los pesares feliz matrimonio en los breves permisos para estar con la ya numerosa familia- era preciso hervir todo el vestuario infestado de los piojos que proliferaban en la más completa penuria de las sucesivas posiciones frente al enemigo comunista. Fueron tiempos en los que el enemigo común denominado el “piojo verde”, causaba estragos en los combatientes hermanos de ambos bandos.
Con cuatro años el relator, en algo tomó parte de esta bella (¿) historia: tenía una enfermedad muy común en los niños de entonces: `paperas´. Pasado el peligro y convaleciente pero paliducho, tomaba el sol sentado en una silla en el enorme patio de las casas militares de la calle Mª de Molina de Valladolid.
Hacía garabatos con el pizarrín en el pequeño `encerado´, cuando de pronto, un zumbido extraño hizo que el niño levantase con curiosidad los ojos al cielo limpísimo de nubes.
Atento al pajarraco nunca visto, el convaleciente observó cómo al `bicho´ escandaloso se le caía de la barriga un objeto extraño. Como le pareció la cosa se le venía encima, corrió buscando protección bajo una ventana de la vivienda más próxima que daba al patio. Se abrió, y al grito de dolor por verse elevado por unas manos poderosas asidas a su abundante cabellera, se unió una explosión horrísona en el patio que hizo vibrar los edificios con rotura de cristales en los pisos bajos. El `niño´, transportado en volandas escaleras arriba, iba conmocionado tanto o más por los gritos de la vecindad que por el mayor trueno que nunca oyera.
No entendía nada. Ahora su madre le propinó tal achuchón que por poco no se le desprendieron las paperas ya maltratadas por el bárbaro trueno. Sin miedo al contagio, la `criatura´ recibió tal cantidad de besos que le pusieron `lamigosa´ la cara ¡y las paperas!
De la silla en el lugar exacto donde cayó el objeto no se encontraron ni astillas dentro del enorme socavón en forma de embudo.
Por lo visto, aquel día había nacido.
Referida mi batallita, continuaré D.m. con el III de la otra bella historia.
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