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Otra bella historia jamás contada. IV 

Tres foramontanos en Valladolid 03 May 2022 - 07:28 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Vista de Espiel, Córdoba)

Con la experiencia africana y ascendido a comandante, después de los servicios prestados que conocerán mis amigos por el artículo anterior, Manuel de Bustamante y Sánchez fue destinado al Frente de Andalucía. De la importancia de esta misión dan fe entre otros motivos el denominado `Frente de Córdoba´. Constituyó durante toda la contienda una zona de combates constante, alternándose con una guerra de posiciones que duró prácticamente hasta el final de la Guerra.

Muy similares a las asignadas al comandante en el citado frente, son las del hoy llamado MACA. El Mando de Artillería de Campaña (MACA) tiene como misión proporcionar- al igual que su homónimo en nuestra guerra de Liberación- los apoyos de fuego y los de adquisición, información y localización de objetivos de los escalones superiores (Cuerpo de Ejército y División) así como reforzar en su caso los escalones inferiores.  Comprende los órganos de mando y control de los apoyos de fuego y Artillería de Campaña de esos escalones superiores y además ostenta en su General la Jefatura de Artillería de Campaña del Ejército de Tierra.

En la situación presente, el llamado Servicio de información Avanzado de Artillería, estaba tan próximo al enemigo que el puesto de mando del comandante jefe ubicado en Peñarroya -Puerto Llano (Córdoba), puede decirse que estaba en `zona roja´. Así pues, la información y localización de objetivos necesarios para el más alto mando lo realizaban con gran eficacia, por precisión, pero no sin altísimo riesgo.

Fue allí donde el comandante Jefe, localizó los asentamientos de los impresionantes -aún hoy en día- cañones de 155mm. “el Felipe y la leona”, posteriormente, y por ello, capturados al enemigo.

Llegado a este punto, ruego que perdonen mis amigos y probables únicos lectores, si el relato que sigue adquiere tintes de solemnidad dramática. Seguid leyendo, por favor, y sabréis el porqué de esta afirmación.

El jueves 24 de septiembre de 1938, el comandante en jefe recibe en su puesto  de mando  la orden  de trasladarse  a Sevilla  en comisión de servicio  que  la hoja de  servicios -escueta- no  especifica. Acompañado por el capitán Viera, acude en coche oficial al deber que le reclama. Sabe que el trayecto hasta la capital es sumamente peligroso, pero el deber le llama. El “balilla” discurre rápido por la carretera de Espiel a Córdoba.

El camión -un viejo Chevrolet- con soldados nacionales armados a modo de escolta, sufre una avería y por un determinado tiempo queda rezagado. El capitán Viera que conduce el coche oficial, no repara en ello y prosigue la marcha.

A finales de septiembre ya son cortos los días y el día va pronto de caída. Anochece.

– ¡Los rojos mi comandante! Y el capitán Viera cayó desplomado sobre el volante. Un disparo en la cabeza le produjo la muerte instantánea.

Los faros encendidos del Balilla iluminan a una partida de milicianos que inmediatamente rodean el vehículo de mando. El comandante baja de él con rapidez. Justo en el momento de poner un pie en tierra, recibe un disparo en la pierna. Herido, cae en la cuneta. La luz de las linternas que portan los milicianos deja al descubierto al jefe de los rojos que, aun entre nebulosas, el herido reconoció ser un médico visto con anterioridad en Peñarroya.

– ¡Ya lo tenemos! La voz del que dirige la emboscada se confunde con una descarga cerrada sobre el comandante herido.

No fue casual la emboscada, no. Bien sabían los servicios de información rojos de la presencia en el frente de Andalucía del único especialista en las temidas baterías alemanas del 8/8, que tantas bajas les habían causado, y de los medios de que disponía el jefe “fascista” para detectar sus cañones de 155 mm.  que, tras su localización, fueron capturados y exhibidos públicamente en Córdoba como trofeos. Imperdonable. No fue casual la emboscada, no. ¿Que …? (el médico   de Peñarroya), recabaría información, digo, en la pequeña guarnición del puesto de mando donde tenía acceso para atender a los enfermos.

Tendido en la cuneta y gravemente herido, pero aún con conocimiento, el herido   escuchaba…

– ¡Vamos, remátale que éste no nos vuelva a j… y descubrir más cañones…!  Nuevos disparos y carcajadas entre los rojos.

El comandante haciéndose el muerto, aunque milagrosamente vivo, repetía sin pestañear siquiera: “Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío”.

Si Dios es servido, y no sin emoción contenida, en el próximo continuará la historia jamás contada.

 

 

 

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