Por Javier Pardo de Santayana
(Pegasus, el software espía israelí, ha tenido 50.000 víctimas en los últimos años. Foto y pié: ABC)
Acabo de oír en la radio las disquisiciones de un superexperto en cuestiones de espionaje que nos ha introducido en las mil y una maneras de espiar al prójimo. O más exactamente, de las que hay para que nos espíen.
Y el resultado es para echarnos a temblar, pues para evitar tal cosa necesitaríamos aislarnos del resto del mundo o dominar una tecnología muy intrincada que entrara a competir con la de quienes intentan engañarnos. Es decir, que para salir incólumes del trance nunca más podremos ya vivir tranquilos. Y es que, en efecto, no basta con evitar ser conocidos, puesto que la amenaza no solo alcanza a la gente que pueda estar en el machito. Quiero decir con esto que si la amenaza es importante para los políticos – y en general, para las autoridades – no lo es menos para cualquier ciudadano, por cuanto las “técnicas de engaño” en que se basa pueden ser igualmente utilizadas para hacerse con el dinero del vecino, que esto es precisamente lo que siempre quisieron conseguir los muchos indeseables que, desde siempre tratan de sacan partido de las vulnerabilidades ofrecidas por los avances del progreso. Cosa que se hace ahora especialmente relevante al tiempo que extensible a todo el mundo, por cuanto la rapidez con que se están produciendo los avances hace que la mayoría de la gente no tenga tiempo para consolidar lo que ha aprendido.
Por otra parte está la transcendente circunstancia de que estos hechos, además de novedosos, se producen cuando se están imponiendo ya definitivamente los efectos inherentes a la globalización; es decir, a un hecho de trascendencia universal que, como es evidente, multiplica las posibilidades de acceso a situaciones que favorecen el engaño. De ahí que a la complejidad de vivir en las actuales circunstancias se sume un desconcierto generalizado que desarma y deja sin capacidad de reacción al ciudadano.
Por lo que se ve, conforme a la información facilitada por el superexperto al que nos referimos, resulta casi imposible pretender que las facilidades que al parecer permiten espiar a la gente por muy protegida que parezca, se encuentren igualmente a la hora de intentar localizar al autor de cualquier desaguisado: problema de imposible solución por consiguiente en el estado actual del arte.
Y en eso estamos ahora mismo: en una situación de solución casi imposible en que la amenaza encuentra en la tecnología, no sólo toda clase de facilidades para atacar a las presas elegidas por muy poderosas que parezcan, sino que nos impiden pasar al contraataque. Todo ello en un contexto de exceso informativo en el que cada paso que demos puede acabar siendo aprovechado en contra nuestra.
Ahora estamos viviendo una ruda expresión de esta importante realidad que nos circunda. Se diría que de pronto se nos ha revelado la confusión reinante en sus múltiples formas: por ejemplo, en la transformación del equilibrio de fuerzas de las grandes potencias heredadas del pasado siglo y en la fragilidad de la salud en términos mundiales, hoy alterada por una sucesión de virus a modo de castigos bíblicos, O, como ocurre en el caso que nos ocupa, por un ambiente informativo saturado, confuso y amañado, en el que la verdad se ve sustituida con frecuencia por una falsedad utilizada en beneficio de los enredadores que se atreven a sacar partido de la facilidad con que se manipulan o son sustituidas las expresiones de una verdad que es hoy enmascarada en beneficio propio de cada uno hasta el punto de hacerla difícilmente identificable.
Quizás el tiempo acabe por poner todas las cosas en su sitio, mas mientras tal cosa no suceda tendremos que desenvolvernos – tal. como es el caso ahora – en el seno de una situación que dice poco de la sabiduría de las generaciones que hoy se desenvuelven en la confusión más absoluta.
Home