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Otra bella historia jamás contada. VII

Tres foramontanos en Valladolid 20 May 2022 - 07:28 CET
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Por Carlos de Bustamante

 

 

(El protagonista, con sus hijos pequeños aún)

Durante el tiempo que don Manuel de Bustamante y Sánchez estuvo destinado en el Regimiento de Artillería nº 26 en Valladolid hizo vida normal excepto maniobras, ejercicios de tiro…  Aunque por su condición de su destino de comandante mayor, realizó actividades menos intensas que de no haber ocupado ese cargo.  Al parecer, el mando tuvo en cuenta las múltiples heridas sufridas y la conveniencia de moderar sus actividades.

No obstante, hombre de campo, se removía inquieto en el despacho cuando el Regimiento ejecutaba lo que le era propio. Y   salió   de maniobras…  y mi padre, ¡ay!, con el Regimiento.

Era pleno verano en los `tres meses de infierno de la terrible estepa castellana´.  Buen jinete y a caballo por ser su Unidad   regimiento ligero de Artillería, cabalgó como lo hiciera pleno de facultades.  Sin contratiempo en apariencia, descansó, y   no sin la preocupación   de su muy joven esposa, marchó   muy de mañana al despacho de trabajo   del   regimiento.  A media mañana y con unas décimas de fiebre, hubo   de regresar a su casa, ligeramente indispuesto. ¡Bah, un   catarro sin importancia!, pensó y dijo por la sorpresa e inquietud   de su esposa. Por precaución, avisó al   doctor don Víctor Jolín, médico de la familia y amigo íntimo.  Sin   concederlo excesiva importancia, pero con aspecto de preocupación, recetó `friegas´   con alcohol de romero en el pecho, sudar el catarro en la cama   y un par de días de descanso en casa.  Charlaron amigablemente sobre la conveniencia de un destino más cómodo que el actual.  Se despidieron hasta la próxima visita pasados unos días   y, al salir, hizo señas a su esposa con los ojos para hablar en privado.

En   el recibidor y ya junto a la puerta Mª Eugenia, mi madre, le pregunto, preocupada:

-Sucede algo malo Víctor ?, preguntó no sin verdadera angustia.

-Bueno, no, “por el momento”, recalcó; pero ese destino no le conviene en absoluto. Ten en cuenta, M.ª Eugenia, que, desde el 15   de mayo   del 38, en que sufrió las heridas gravísimas en los pulmones, al día de hoy, aún no han transcurrido ni dos años y con dos heridas gravísimas más los 10 restantes algo más leves, pero importantes por la enorme pérdida de sangre, es muy poco tiempo para la recuperación total. Necesita, `por prescripción facultativa´-recalcó-, destinos menos exigentes de facultades físicas, que ahora  tiene forzosamente disminuidas.   No obstante, Mª Eugenia, y para hacer un diagnóstico lo más preciso posible, necesitaría saber las actividades de tu marido antes de ser herido, para hacerme idea   de su mayor o menor fortaleza -dato importante para conocer la capacidad de recuperación por  sus actividades- y, sobre todo, las desarrolladas en los destinos después  del alta hospitalaria.

No sin extrañeza por la solicitud de tanta información, le respondió impaciente:

-Como no recuerdo todo muy   bien, te sugiero, Víctor, que leas su hoja de Servicios, donde con todo detalle tienes cuantos datos necesites.

De   vuelta con el documento -un cartapacio considerable-, inquirió claramente con el miedo reflejado en el rostro:

-Pero dime, doctor, ¿es que tiene algo `de cuidado´?

– No, mi amiga, dijo el médico sonriente, pero esas heridas-añadió- pudieran abrirse con un esfuerzo o catarro fuerte y…  (con lo dicho sobraban más palabras).

Solicitada la vacante, el   1º de enero   de 1939 fue destinado con carácter provisional al Parque de Artillería   de la 7ª Región militar en Valladolid, haciéndose cargo de la jefatura   de armamento.

Allí le fue   comunicada la   concesión por el Generalísimo de los Ejércitos   Nacionales, la medalla de campaña, dos cruces rojas   del Mérito Militar y dos cruces de guerra.

Continuará si Dios es servido.

Tres foramontanos en Valladolid

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