Por José María Arévalo
(Cuadro del martirio de San Quirce y Santa Julita, de autor desconocido)
Otra de las visitas guiadas que hemos hecho este año en la asociación de jubilados a la que pertenezco ha sido a la iglesia de San Quirce y Santa Julita, a la que se accede por la calle de San Quirce, en la plaza en que la biblioteca de Castilla y León queda a la izquierda. Mi compañero Fernando Escudero ha publicado un magnífico artículo sobre esta visita en la revista El Mirador, así que me evito dar una nueva versión y lo transcribo ahora, con algún comentario.
Esta iglesia fue en sus orígenes conventual, dado que perteneció al Real Monasterio que llevó su nombre. Posteriormente, al desaparecer el mismo, se quedó con el nombre que hoy día se la conoce, Iglesia de San Quirce y Santa Julita, y es la actual sede de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo, cofradía que tuvo su iglesia penitencial en la calle de la Pasión, cerrada por ruina en 1926 y convertida posteriormente en museo municipal. Como es sabido, Valladolid tiene otras tres iglesias penitenciales pertenecientes a cofradías, que se mantienen actualmente: Jesús Nazareno, la Vera Cruz y las Angustias. Solo la de La Pasión perdió su sede y ahora se asienta en esta iglesia de San Quirce y Santa Julita.
(Fachada de San Quirce y Santa Julita
El convento primitivo se llamaba Santa María de las Dueñas, y estaba situado al otro lado del Pisuerga, en el edificio que luego ocupó el hospital de San Lázaro. Se cree que las religiosas se establecieron en Valladolid hacia 1256. Fue el segundo convento más antiguo de la ciudad, tras el de Las Huelgas Reales. Antolinez de Burgos cree que fue en el s. XIV, durante el reinado de Pedro I, cuando se trasladaron a la ciudad a unas casas que les cedió a la familia Ulloa.
El Concejo de Valladolid contribuyó ampliamente para la construcción de la iglesia, de ahí que en las bóvedas esté el escudo de armas de la ciudad. Teresa Gil y María de Molina, en sus testamentos de 1307 y 1321, legaron generosas aportaciones al convento. El obispo de Palencia Fray Alonso de Burgos, también aportó dinero en 1499 para la edificación del monasterio. El convento adoptó la regla cisterciense de San Bernardo y dependió del monasterio de San Benito el Real, hasta 1632 en que el Papa Urbano VIII le desligó de esta dependencia. Tuvo protección real y le fueron concedidas mercedes por los reyes Enrique I, Enrique II, Carlos V, Felipe II y Felipe III y su esposa Dª. Margarita. El edificio actual se realizó según planos de Francisco de Praves, aprobados el 28 de febrero de 1621, que también contemplaban el pasadizo real que unió el Palacio Real con la iglesia. El edificio se finalizó en 1632. En el desbordamiento del Pisuerga de 1636 sufrió grandes daños el convento.
La fachada es de ladrillo y tapial, tiene la portada entre dos contrafuertes con puerta adintelada y sobre esta una hornacina, rematada con frontón y adornada con bolas, con un relieve de la Virgen y de la Anunciación. A ambos lados están los escudos del convento.
La iglesia conventual
La iglesia es de cruz latina y de arquitectura dórica. La nave está rematada con bóveda de cañón con fajones (el arco fajón es un elemento estructural que forma parte de la bóveda de cañón y sirve para reforzarla) y está adornada con yeserías de formas geométricas.
El crucero está rematado con cúpula de media naranja sobre pechinas (elemento arquitectónico utilizado para soportar una cúpula) con ocho ventanas. El interior está enyesado y blanqueado según el sistema habitual, destacan en el lado de la Epístola los balcones-tribuna y el palco que estuvo comunicado con el Palacio Real a través del pasadizo. El coro está cubierto con una bóveda de cañón con lunetos, tiene una lujosa decoración barroca y es una de las obras más lujosas del barroco vallisoletano. La iglesia dispone de una espadaña de dos cuerpos típicamente conventual.
Cofradía penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo
Fundada en 1531, se agregó posteriormente a la Venerable Compañía de San Juan Bautista Degollado, llamada de la Misericordia de la Ciudad de Roma, con lo cual todas las bulas y privilegios concedidos por los papas a la Cofradía italiana pasan a la vallisoletana en razón de esa agregación. La obra de misericordia que llevaba a cabo la Cofradía era la de ayudar y consolar a los condenados a muerte y disponerlos para el bien morir, acompañándoles al suplicio y una vez ejecutados, darles cristiana sepultura. Una profunda decadencia les llevó con el paso del tiempo a la pérdida de gran parte de su patrimonio, incluida su iglesia penitencial de la Pasión, cerrada por ruina en 1926. Comenzó así un largo peregrinaje de iglesia en iglesia: San Felipe Neri, después en la antigua iglesia del Colegio de San Ambrosio (desde 1941, Santuario Nacional de la Gran Promesa) y finalmente en la iglesia de la Magdalena, donde la cofradía tuvo su sede durante 40 años hasta que en 1992 fueran aprobados sus nuevos estatutos por el entonces arzobispo José Delicado Baeza y establecida su sede canónica, desde 1993, en el Real Monasterio de San Quirce y Santa Julita, convento de religiosas cistercienses que ya venía custodiando parte del patrimonio procedente de la desaparecida iglesia de la Pasión e incluso las propiedades que se hallaban en depósito en el Museo Nacional de Escultura. Poco después la Cofradía de la Pasión iniciaba un proceso de recuperación y restauración de su patrimonio procesional que también afectó al Cristo del Perdón, que en el año 2012 fue objeto de una consolidación y limpieza que ha permitido recuperar todos los valores plásticos de esta imagen tan célebre y venerada en Valladolid.
(Santísimo Cristo del Perdón, de Bernardo del Rincón, 1656)
Santísimo Cristo del Perdón
Según la documentación aportada por María Antonia Fernández del Hoyo, el 15 de octubre de 1656, Bernardo del Rincón, nieto de Francisco del Rincón y cofrade de esta penitencial, se compromete a realizar este paso denominado en un primer momento “de la Humildad de Nuestro Señor”. Representa una escena no recogida explícitamente en los Evangelios: Cristo arrodillado en el Calvario ora al Eterno Padre antes de ser crucificado.
Todo está consumado
(Todo está consumado, atribuído a Francisco Díez de Tudanca, 1650-1661)
Este crucificado ha sido atribuído a la gubia de Francisco Díez de Tudanca, que lo realizaría entre 1650-1661. Luna identificó el Cristo original en la clausura de este Monasterio de San Quirce y Santa Julita. Recuperado por la cofradía en 1993, comenzó a montarse bajo el título “Todo está consumado”, cediéndose a la Cofradía de las Siete Palabras hasta 2002. Tras su restauración en 2010 se incorporó al año siguiente a la procesión de Oración y Sacrificio de Viernes Santo.
Santo Cristo de las cinco llagas
(Cristo de las cinco llagas, de Manuel Álvarez, 1548-1563)
Este crucificado presidia el humilladero o ermita del que la cofradía dispuso al otro lado del Puente Mayor. Tras su demolición hacia 1815, se situó en la iglesia de la Pasión, donde permaneció hasta su cierre al culto en 1926, recibiendo entre otros títulos el de “Cristo de los Arrepentidos”. Según el profesor José María Parrado del Olmo es obra del palentino Manuel Álvarez, seguidor de Alonso Berruguete. Se trata de una de las obras más antiguas de cuantas desfilan en Valladolid (1548-1563). Comenzó a salir en las procesiones de Semana Santa a partir de 1927, cuando Agapito y Revilla reconstruyó el paso histórico de la Virgen y San Juan, que bajo la denominación latina “Emisit Spiritum” alumbraba la Cofradía de las Siete Palabras. Se mantuvo en esa escena hasta que fue recuperado por la cofradía de La Pasión y trasladado a esta sede el 23 de octubre de 1993. En la Semana Santa del año 1994 participó por única vez en la procesión de Oración y Sacrificio del Jueves Santo y desde el año 1995 protagoniza el Ejercicio Público de las Cinco Llagas cada Sábado de Pasión.
San Juan Bautista degollado
En 1579 la cofradía contaba ya con un paso procesional de la “Degollación de San Juan” para las celebraciones de su patrono. Tal vez formara una escena completa con, al menos, las imágenes de Salomé y un verdugo. En cualquier caso, se conservan el cuerpo del Precursor ya decapitado, y su cabeza colocada en una bandeja, obras de Andrés de Rada, escultor, y Juan Díez, policromador, de 1579. Cabe destacar, además del valor histórico de la pieza y de su papel en la vida religiosa y social de la ciudad en siglos pasados, su originalidad iconográfica. La devoción de los cofrades a su patrono, estaba ligada a uno de los cometidos asistenciales más característicos de la hermandad: la atención en sus últimos instantes a quienes iban a ser ajusticiados. El interés, de la cofradía por practicar esta obra de misericordia, que asumió durante siglos, la llevó a agregarse en junio de 1576 a la Archicofradía de San Juan Bautista Degollado, llamada de la Misericordia, y compuesta por florentinos residentes en Roma. Esta cofradía conmemora la festividad de su patrón, San Juan Bautista en su degollación, cada 29 de agosto. Aunque actualmente la celebración se circunscribe a dicho día, antaño la fiesta se prolongaba varias jornadas y era motivo de regocijo para toda la ciudad, incluyendo festejos taurinos, desfiles de gigantes y otros espectáculos.
Cuadro del martirio de San Quirce y Santa Julita
En el lado del evangelio de la iglesia se conserva este cuadro que da nombre a la misma (en el que aparece San Quirce ajusticiado y Santa Julita en espera de serlo también). De autor desconocido, representa el atroz martirio al que fueron sometidos Julita y Quirico, que eran madre viuda e hijo, de buena posición económica. Eran cristianos de la región de Licaonia (al sur de la Capadocia, en la actual Turquía). En el año 303, con el emperador Diocleciano, se desató la persecución más sangrienta de la historia del Imperio Romano. Julita decidió renunciar a sus posesiones y buscar un lugar más seguro para los dos. Para ello emigraron al sur, concretamente a Tarso, ciudad situada junto al Mediterráneo. En Tarso, madre e hijo, que tenía tres años, fueron descubiertos y detenidos por el gobernador Domiciano. Martirizaron en primer lugar a Julita atándola a una estaca y dándole azotes. Quirico o Quirce, mientras, era sujetado por el gobernador, pero comenzó a darle patadas y arañazos. Al ver lo que hacían a su madre, manifestó su fe sabiendo que también iba a morir por ello. El gobernador lo tiró al suelo con tal fuerza que le rompió el cráneo y el pequeño falleció en el acto. Julita, en ese momento, dijo que se sentía feliz de ver que su hijo había llegado al cielo antes que ella. Siguió su martirio hasta que la mataron.
Los cadáveres de Santa Julita y San Quirico fueron arrojados a una fosa común, pero unos cristianos los recogieron y les dieron sepultura. Sus reliquias se conservaron en Antioquía y su devoción se extendió por Oriente. A finales del siglo IV o comienzos del V, el obispo Amador de Auxerre trasladó sus reliquias de Antioquía a Marsella (Francia) y los depositó en la iglesia de San Víctor. Pronto creció la devoción a estos santos también en Europa occidental. La Iglesia católica celebra su fiesta el 16 de junio.
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