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Felicitaciones y gramática

Tres foramontanos en Valladolid 10 Jul 2022 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Tarta de celebración)

En el contexto del descuido que los españoles mostramos hacia nuestras propias cosas y singularmente hacia la lengua que nos legaron nuestros padres – que es como decir nuestra cultura – encaja un hecho tan sorprendente y tan concreto como significativo, cual es el cambio experimentado en el uso de aquellos términos tradicionalmente utilizados para transmitir nuestro reconocimiento personal de los éxitos ajenos o unirnos a determinadas felicitaciones propias de fechas significativas. Me refiero como quizás usted ya ha imaginado, a los clásicos términos de “enhorabuena” y de “felicidades”, utilizados hace un ya desde tiempo inmemorial, el primero para celebrar un éxito de cualquier índole que sea, y el segundo como expresión con la que pretendemos unirnos amablemente al acontecimiento familiar de un cumpleaños o de un santo.

Mas a lo que ahora voy a referirme  es al hecho sorprendente de que, de un tiempo a esta parte y sin saber por qué, las dos expresiones parecen merecer idéntico trato y reacción por nuestra parte, siendo así que se supone que en el primero de los casos se tratará de reflejar satisfacción por algo que en general requiere directa o indirectamente esfuerzo personal – o a veces suerte -mientras que la felicitación no pasa de una fórmula social o familiar que pertenece a un tratamiento acostumbrado conforme al calendario.

Resaltemos por consiguiente el hecho de que en los últimos tiempos se registra la casi desaparición de la palabra “enhorabuena”, sustituida a mi parecer impropiamente por la expresión “felicidades”. Y esto lo he visto incluso entre personas que dominan nuestro idioma, pero que sin embargo caen en la nueva moda, sin duda a fuerza de oírla repetidamente. Se ve que con la buena intención de hacer ver a otra persona que nuestros buenos deseos son auténticos, y puesto que consideramos que la expresión acostumbrada ha perdido ya definitivamente su eficacia y suena a pura fórmula, tendemos a buscar otra que suene diferente. Y el caso es que no se trata de otra nueva con mayor impacto sino otra que es igualmente antigua pero que tradicionalmente no se aplicaba en ese caso, por lo cual de seguro con el tiempo nos hará también dudar de la autenticidad de la expresión utilizada tanto o más que la anterior.

Con lo cual se nos plantea la cuestión de dónde está la clave de que nuestras palabras transmitan la autenticidad de los deseos que expresamos, y que de poco sirve confiarlas simplemente en unas fórmulas al uso. Se trata, por consiguiente, de algo más que encontrar otra fórmula distinta que siempre acabará sonando a “no sentida”. O improcedente, como sucede en este intercambio de palabras que, como otros muchos experimentamos sólo funcionan hasta que también se muestran escasamente útiles o acaban siendo suplantadas por una palabra inglesa que se traga un buen puñado de expresiones matizadas propias de la lengua de Cervantes y cuya eficacia reside principalmente en el tono con que se utilizan, en la expresión del rostro o en el contexto en que se comunican.

A mí lo que me sorprende es que la Real Academia de la Lengua permanezca insensible ante estas situaciones que como la expuesta conducen a la desaparición de palabras a la par bellas y útiles, que como ”enhorabuena”, debieran mantener su utilidad en orden a la precisión de nuestra lengua. Palabras cuya práctica desaparición de nuestro empleo diario acarrea una cierra confusión, como es el caso también del verbo “oír”, tan eficaz y tan sencillo, y sin embargo ya sustituido de hecho por “escuchar” pese a tratarse de cosas diferentes. Bastaría quizás con una campaña orquestada por algunas grandes firmas del mundo literario para abrir los ojos de los españoles ante peligros como éstos de generación de nuestra lengua, ahora abandonada a estos problemas tan absurdos.

 

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