Por Javier Pardo de Santayana
(Líderes de la OTAN, en el Prado)
Como mi improbable lector sabe ya seguramente, la mayor parte de mi inspiración procede del ejercicio del asombro. Y seguro que ya se ha dado cuenta de que en nuestros lares no escasean los motivos para experimentarlo. Éste es el caso de lo que está ocurriendo ahora en España, donde aquél se nos acumula de tal forma que ya estamos perdiendo incluso la sensibilidad para captarlo.
Éste es el caso ahora, cuando quienes tienen la sartén por el mango nos muestran cada día su capacidad para contradecirse sin mostrarse molestos por su pérdida de credibilidad ante la gente. Así hoy aseguran que jamás gobernarán con determinado tipo considerado impresentable, para, al día siguiente, es decir, acto seguido, incorporarle a su gobierno como segundo en el rango de los gobernantes. Algo que en buena lid resultaría suficiente para que nadie le hiciera caso en nada. Y para descartarle para cualquier puesto de responsabilidad.
Debo añadir, por si acaso usted está pensando que éstas son cosas poco menos que normales en el ejercicio de la función política, que el mencionado caballero es tan consciente de lo que hace que hasta confeccionó un libro abierto a la venta del respetable público sobre la manera de resistir a ultranza, lo cual refleja que no sólo se ha preocupado por los problemas de la supervivencia en el ámbito político, sino que incluso desarrolló una teoría a tal respecto y la hizo pública sin miedo a que se divulgaran los supuestos trucos.
Y en esas estábamos ya, cuando observamos con el mayor asombro su decidida inmersión en la normalidad europea con la celebración de una cumbre de la OTAN en la que nuestro principal representante ha tenido que asumir el papel de líder en funciones en un momento en que se sentía cada vez más débil y la citada circunstancia le obligaba a contradecirse. Mas, como lo primero es lo primero y lo primero para él es su supervivencia, ha tenido que fingir ser partidario de la OTAN de toda la vida y anestesiar al resto de los españoles para que nadie le recuerde que su posición inveterada en cuanto a esa Defensa que ahora parece abrazar con entusiasmo consistía nada menos que en suprimir el Ministerio.
Y no ha pasado nada, cuando lo natural y propio habría sido que su contradicción innata, y el hecho mismo de haber despreciado desde siempre la importancia del asunto que Europa le ponía ahora en las manos, le hubieran definido como inútil para el papel que el azar le adjudicaba, con lo cual lo más prudente y natural sería declararle inútil para el cargo. Así que lo normal habría sido que ante la perspectiva de que se ocupara de las cuestiones de la OTAN un político de unas características totalmente contrarías a las convenientes y esperadas, se produjera un clamor de voces indignadas por la tomadura de pelo que supone dejar nuestro futuro en manos de alguien que desprecia la defensa hasta ese punto. Por todo lo cual la situación actual, en lo que atañe a España, resulta difícilmente asimilable por dejar la sensación de que nuestros despistados gobernantes se apoyan radicalmente en algo de lo que no se encuentran convencidos, ya que si ese señor nos pide que mantengamos una actitud de alerta será porque es lo que a sí mismo le conviene o porque acaba de caer en la cuenta, lo cual sería impropio de un gobernante inteligente.
Y no puede uno dejar de extrañarse – hasta el punto de considerarlo incomprensible – de no oírse, no ya un clamor como debiera, sino una sola voz autorizada o simplemente ingenua, que, cuando oye hablar a muestro actual representante intentando convencer con entusiasmo de la necesidad de adjudicar más fondos a las necesidades de Defensa, se alce indignada para recordar a todos algo increíble pero cierto: que ese no es en realidad su pensamiento, por cuanto conocemos su deseo ya expresado de eliminar sin más el Ministerio.
Y si es que acaba de caer del guindo, peor aún para fiarse de él.
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