Por Carlos de Bustamante
(El lienzo muestra a Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), conocido como «el Gran Capitan», contemplando el cadáver del Duque de Nemours, comandante del ejército francés en la batalla de Ceriñola)
«Pero, fundamentalmente, se debe ponderar si es más conveniente postergar el enfrentamiento o trabar combate de inmediato». (Flavio Vegecio. Compendio de Técnica Militar).
La batalla de Ceriñola (28 de abril de 1503) fue un enfrentamiento bélico ocurrido entre las tropas francesas y españolas, con victoria de estas últimas, durante la segunda guerra de Nápoles, en lo que hoy es la ciudad de Cerignola (provincia de Foggia, en la Apulia), en aquel entonces una pequeña villa sobre un cerro y protegida por un foso y un talud levantado por las tropas españolas allí acantonadas. Ceriñola marca el inicio de la hegemonía que España impuso en los campos de batalla europeos hasta las derrotas de Rocroi en 1643 y la derrota en la batalla de las Dunas (o batalla de Dunkerque), que sucedió el 14 de junio de 1658.
El mariscal británico Montgomery, vencedor de Rommel en El Alamein, afirma en su obra Historia del arte de la guerra, que Ceriñola fue una batalla de escasa repercusión política, librada con ejércitos relativamente pequeños, pero que representó un punto crucial en la historia de las guerras. El sistema táctico de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán —dice Montgomery— fue sometido a prueba en esta batalla, librada en abril de 1503, y estableció una fórmula que se repetiría casi veinte años después en Bicoca. La victoria de Ceriñola supone la consagración del talento bélico del Gran Capitán, primum inter pares de un selecto grupo de capitanes españoles forjados en la guerra de Granada y en las conquistas en el norte de África, al servicio del Estado moderno creado por los Reyes Católicos que dominaría en Europa durante décadas.
En Ceriñola, la infantería española se atrincheró en las laderas de una colina cubierta de viñedos, con las filas de arcabuceros delante y los piqueros detrás. A los pies de esta elevación discurría un foso en el que los soldados levantaron un talud defensivo con la tierra que encontraron a mano. El Gran Capitán, actuando con astucia, provocó la alocada acometida de los franceses, hasta que estos se lanzaron a la trampa mortal que les estaba esperando. Cuando quisieron salir de ella era demasiado tarde. Los hombres de armas (gendarmes o caballería pesada) y los piqueros franceses pensaron que el «tenue aspecto» de la línea española, resguardada tras una trinchera de tierra, se rompería fácilmente ante la embestida de los caballos acorazados. Un inmenso error que pagarían caro. En cuanto estuvieron a tiro, los arcabuceros españoles abrieron un fuego graneado mortal y certero que destrozó las oleadas del ataque francés. Como observa el coronel Batista González, durante los años 1503-1504 se desarrollaron cambios sustanciales en las tácticas de combate, y el Gran Capitán supo aplicarlos mediante un sistema de contención-contraataque fundado en la maniobra, bien de los fuegos o bien de las armas de movimiento (infantería y caballería), combinada con la elección de la ocasión y el terreno.
Fernández de Córdoba, un genio de la guerra, hizo del soldado de infantería armado con espingarda o arcabuz el combatiente más importante del campo de batalla, por encima de los caballeros montados. Un papel que se mantuvo durante más de cuatrocientos años, hasta la aparición de las bombas atómicas, los misiles y la avanzada tecnología aérea, con su elevado poder destructivo a larga distancia. Como señala el historiador Juan Carlos Losada, la combinación de piqueros y arcabuceros, actuando disciplinadamente, se reveló como una fórmula magistral de táctica defensiva capaz de detener las cargas de la caballería. Los combatientes de esta nueva doctrina bélica se ordenaban en cuadros, con varias filas de fondo. Los más frecuentes eran el llamado «cuadro de gente» y el «cuadro imperial». El primero tenía 31 hombres en línea por 31 de fondo, con unos dos metros de separación entre cada soldado. El segundo colocaba grupos (mangas5 ) de arcabuceros en las cuatro esquinas. Cada soldado adelantaba su puesto cuando caía el compañero que iba delante para que la formación ante el enemigo permaneciera siempre compacta.
Italia deseada
Ceriñola es la culminación de un proceso de hostilidad entre Francia y España en suelo italiano que arranca de finales del siglo XV. El rey francés Carlos VIII tenía sueños imperiales en Italia que mantuvo durante todo su reinado. Había ocupado Nápoles y, cuando se retiró a Francia, dejó en esa capital un ejército de 15.000 hombres, provisto de artillería, con 6.000 mercenarios suizos al mando del duque de Montpensier y del conde D’Aubigny, Robert Stuart. En su reclamación del reino de Nápoles (el Reame), donde gobernaba la dinastía de la Casa de Aragón, Carlos VIII alegaba derechos sucesorios de la Casa de Anjou. Pero esta pretensión era disputada por Fernando el Católico, que también reclamaba ese derecho como heredero de su padre, Alfonso V de Aragón.
Las pretensiones de Carlos VIII fueron apoyadas por el duque de Milán (Ludovico Sforza, el Moro), los estados de Ferrara y Génova, y algunas influyentes familias romanas, como los Orsini.
En el bando de Fernando el Católico estaban el papa Alejandro VI y Florencia, donde gobernaban los Medici. Impaciente por apoderarse de Nápoles, el rey francés invadió el Reame con más de 30.000 soldados y, apoyado por sus partidarios —los llamados «angevinos»6 —, ocupó sin apenas resistencia la mayor parte del territorio.
Fernando el Católico respondió a la invasión formando una alianza en la que entraron, además del papa, el emperador Maximiliano de Austria, y Milán y Génova, que cambiaron de bando, algo muy frecuente en los tortuosos entresijos de la política renacentista italiana. En estas circunstancias, Carlos VIII abandonó Nápoles en 1496 para regresar a Francia, dejando en el Reame un importante ejército. Fue entonces cuando entró en acción el Gran Capitán, al frente de un ejército enviado por los Reyes Católicos, que repuso en el trono al rey Ferrante II, en quien había abdicado su padre Alfonso II al producirse la invasión francesa. En Mesina, Sicilia, se reunió este ejército: 5.000 soldados y 600 caballos que fueron desembarcados por una escuadra procedente de Mallorca.
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