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Memoria histórica. Ceriñola. 4

Tres foramontanos en Valladolid 31 Ago 2022 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(El duque de Alba en la Batalla de Ceriñola)

Tomad buena nota mis amigos y compañeros, probables únicos lectores, porque si en la guerra hay un arte-que lo hay- en Ceriñola podéis ver el “ABC” de él. Tolle lege.

LA BATALLA

Al amanecer el día 28 de abril el ejército español reemprendió el avance. Eran unos treinta kilómetros de terreno despejado, con una marisma en el lado derecho y la caballería de Fabricio Colonna cubriendo el flanco izquierdo. En vanguardia, la caballería ligera, al mando de Próspero Colonna y Pedro de Paz; y en el grueso, la infantería española, al mando de Pedro Navarro, García de Paredes y Pizarro, más los lansquenetes de Von Rovenstein, protegiendo la artillería y los bagajes. La marcha —cuentan las crónicas— fue muy penosa por el calor y la dificultad del terreno, hasta el extremo de que el Gran Capitán dispuso que los jinetes transportaran en la grupa de sus caballos a los soldados de a pie más fatigados para aliviarles la caminata. En la tarde de aquel 28 de abril de 1503, el ejército español llegó a la vista de Ceriñola, el punto elegido para combatir.

Como se ha dicho, la villa está instalada en lo alto de una loma, y a sus pies había una hondonada donde los españoles clavaron estacas afiladas contra la caballería y cavaron trincheras que circunvalaban toda la colina, con excepción del flanco izquierdo, donde Gonzalo de Córdoba levantó un parapeto e instaló la artillería y el puesto de mando.  Durante seis horas trabajaron los soldados del Gran Capitán fortificando la posición. Avanzada la tarde, se presentaron los franceses y el ejército español se aprestó a la lucha distribuido en tres agrupaciones. En primera línea, tras el foso excavado, los arcabuceros y espingarderos dispuestos en dos grupos de unos 500 hombres cada uno. Detrás de ellos, una línea de infantería integrada  por los lansquenetes (en el centro) y, a ambos lados, la infantería española al mando de los capitanes Pizarro, Villalba y Zamudio, a la derecha, y de Pedro Navarro, a la izquierda. Más retrasada, la caballería pesada, y dominando el campo desde una elevación próxima al pueblo, se situó el Gran Capitán, con la artillería y la caballería ligera de Fabricio Colonna y Pedro de Paz, que actuaba de reserva móvil para intervenir con rapidez en apoyo de la infantería, en caso de que los franceses consiguieran sobrepasar el talud.

El comandante en jefe español, situado en el centro de todo este dispositivo, iba armado y a cara descubierta, para que sus hombres pudieran verlo bien y supieran que estaba con ellos. Antes de iniciar la pelea, recorrió las líneas españolas, alentó a los soldados y revisó con detalle el despliegue de las tropas. No llevaba yelmo que le protegiera la cabeza, y uno de sus capitanes se lo hizo notar. «Los que tienen mi cargo en tal día como hoy no deben cubrirse el rostro», respondió Gonzalo de Córdoba. Recogen las crónicas que ya en aquellos momentos la suerte parecía serle favorable, y esa impresión se transmitió a los soldados. Héctor Fieramosca, el condotiero de Capua, se le acercó y le presentó al astrólogo Agustino Binfo, quien le pronosticó que saldría vencedor de la inminente batalla. Según relata Martín Gómez, los peones capturaron algunas liebres, de las muchas que brincaban por las viñas y criaban a la sombra de los cercados, y se las ofrecieron vivas a don Gonzalo. Este las agarraba con mano diestra, como si hubiera sido podenquero toda su vida, y de un solo golpe las desnucaba.

En la pericia del Gran Capitán vieron sus hombres otro signo de buena suerte. Frente a la trinchera que le separaba de la fuerza española, el ejército francés adoptó un dispositivo escalonado en profundidad. Con una vanguardia de 500 lanzas a caballo en dos escuadrones, dirigidos por el propio Nemours y Luis de Ars; en el centro, un bloque de 7.000 peones suizos y franceses, un poco retrasado del  flanco derecho, con el frente cubierto por la artillería. Los suizos en primera fila, en cuadro de cien picas delante y setenta de profundidad, componían una impresionante formación. En retaguardia, otros 400 hombres de armas y de caballería ligera al mando de Ivo d’Alegre, que habían sido alejados de los puestos de vanguardia por algunas ofensas lanzadas al virrey. Dado lo avanzado de la hora, los franceses dudaron en entablar batalla ese día. Al mismo duque de Nemours le parecía prudente esperar, pero se alzaron voces —como la de Chadieu, el jefe de las tropas suizas— en contra de postergar el choque, poniendo en entredicho el valor de quienes deseaban esperar al día siguiente para luchar. Una vez más, la impaciencia se reveló fatal. Picado en su orgullo, Nemours dio orden de combatir inmediatamente de acuerdo con el dispositivo indicado.

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