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Memoria histórica. Ceriñola. 5 

Tres foramontanos en Valladolid 03 Sep 2022 - 07:28 CET
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Por Carlos de Bustamante

(El duque de Alba en la Batalla de Ceriñola)

Y vamos ya con la batalla, una carga mortal, en la narración de grandes victorias españolas que con el título “Vientos de gloria” ha escrito el gran historiador Fernando Martínez Laínez.

La batalla se inició con la carga de los hombres de armas de Luis de Ars sobre el flanco izquierdo español, pero la caballería pesada francesa tuvo que frenar ante el foso erizado de estacas y pinchos, y sufrió duras pérdidas por el fuego de los arcabuces. Los caballos franceses quedaron atrapados en los fosos o tropezaron en los obstáculos. Los caballeros cayeron y fueron presa fácil de los arcabuceros. En lo más duro del choque estallaron varios carros cargados de pólvora y la alarma cundió en las filas españolas. Fue un instante que pudo desencadenar el pánico, pero el Gran Capitán atajó cualquier conato de desorden con una arenga admirable: Soldados, no os preocupéis… ¡Buen ánimo, amigos! Ninguna cosa pudiera oír en esta sazón que más me alegrara, porque el día se acaba y os ha de alumbrar la pólvora. Sabed que son las luminarias de nuestra victoria, que tengo ahora por segura.

Al final de la tarde, los franceses volvieron a la carga, animados por las explosiones en el campo español. De nuevo fracasaron, y hombres y caballos muertos o heridos cubrieron el terreno, masacrados por los disparos de los infantes españoles. Desesperado, Nemours inició una marcha de flanco bajo el fuego de los arcabuces, buscando un punto débil por el que romper la posición española, pero los tiros le derribaron del caballo y acabaron con su vida. Según cuenta René Quatrefages, La carga fue cortada en seco, con graves pérdidas. Como símbolo de toda la situación, el duque de Nemours, virrey francés, murió de tres balazos. La masa de suizos se puso entonces en movimiento. Su lento avance permitió a los espingarderos otras cuatro mortíferas descargas que, sin embargo, no los detuvieron. Para no exponer demasiado a sus tiradores, el Gran Capitán los retiró entonces a retaguardia y mandó avanzar cuesta abajo a los lansquenetes, que aún no habían entrado en combate y que frenaron la acometida de los piqueros helvéticos. La muerte del jefe del ejército francés no redujo el ánimo de la infantería franco-suiza que, dirigida por Chadieu, se lanzó contra el centro del dispositivo español. Allí volvieron a chocar con los lansquenetes alemanes, que rechazaron por tres veces el ataque. Entonces entraron en acción los arcabuceros españoles, que desde los flancos destrozaron las diezmadas filas de la infantería enemiga.  TOQUE DE ORACIÓN  Entendiendo que la batalla alcanzaba su punto decisorio, el Gran Capitán ordenó un ataque general que provocó la desbandada francesa, y él mismo se lanzó a la pelea. En el fragor de combate distinguió a un oficial que llevaba la bandera francesa. Lo acometió y se la arrebató, entregando la enseña al capitán Alonso Pérez de Celada, que iba protegiendo el avance de su comandante en jefe.  Los restos del ejército francés fueron perseguidos y aniquilados por la caballería ligera, y en la persecución Luis de Ars logró refugiarse en Venosa, seguido de cerca por Pedro de Paz. En cuanto a Ivo d’Alegre, que mandaba la retaguardia, logró encerrarse en Gaeta, una ciudad poderosamente fortificada que podía abastecerse desde el mar y constituía una excelente base de operaciones. Los españoles tendrían que ocuparla a costa de otra gran batalla: Garellano. El campo aparecía cubierto de cadáveres franceses, por lo que el Gran Capitán se sintió conmovido y ordenó dar tres toques de atención prolongados de corneta para que los vencedores rezaran por los muertos. Este es el origen del toque de oración que con el tiempo se transmitió del ejército español al resto de los ejércitos.  ARTE TÁCTICO  La batalla de Ceriñola tuvo corta duración: poco más de una hora. Ese tiempo fue suficiente para obtener una gran victoria que consolidó la hegemonía hispana en Italia y quedó como un ejemplo del arte táctico y de la importancia de la fortificación y la elección del terreno en el resultado de cualquier contienda terrestre. Ceriñola, además, marcó el inicio del predominio de la infantería como fuerza principal de los ejércitos europeos durante siglos.

La batalla fue también una buena muestra del éxito de la reforma militar llevada a cabo por España durante el reinado de los Reyes Católicos, labor que se había venido gestando desde la guerra de Granada y que tenía precedentes en los escritos de Alonso Fernández de Palencia, autor de la Perfección del arte militar, publicado en 1459, donde analizaba la evolución del fenómeno táctico en las nuevas guerras que se avecinaban. La nueva organización militar de comienzos del siglo XVI, que el Gran Capitán elaboró, partía de dos supuestos principales: la revalorización de la infantería como elemento predominante en el combate, y el uso combinado de las picas y los arcabuceros para derrotar a la caballería pesada, el arma fundamental del poder militar francés, enemigo tenaz y siempre presente de España a lo largo de toda esa centuria. Otros elementos importantes de la transformación fueron la adopción de la pica por los combatientes de a pie (peones), la formación en compañías —elemento básico del organigrama militar — al mando de un capitán, y el manejo de las armas de fuego individuales utilizadas por la infantería: escopeteros, espingarderos y arcabuceros. El proceso de esta reforma militar culminó en Italia, y el general Alonso Baquer considera que en los mandos del ejército del Gran Capitán se forjó «un nuevo militar que sabe de técnicas de dirección de los efectivos […] que domina las operaciones de cálculo de medios […], y un nuevo soldado que sabe entrenarse, instruirse, ponerse a punto para los combates y las marchas». Tal como ocurre en nuestros días. El Gran Capitán creó un tipo de formación, la coronelía, de unos 6.000 infantes, capaz de maniobrar en cualquier terreno, y dobló la proporción de arcabuceros a uno de cada cinco infantes. Otro de sus hallazgos tácticos fue el de armar con espadas cortas, rodelas8 y jabalinas a una buena parte de los soldados de infantería para que pudieran introducirse con agilidad en las formaciones compactas de los piqueros suizos, donde causaban enorme estrago.

Casi siempre utilizó el escalonamiento en profundidad de tres líneas, con una reserva adicional de maniobra. Sus tropas observaban una disciplina rigurosa y pasaban con facilidad del orden de marcha al de combate por el rápido fraccionamiento en compañías, cada una de las cuales se colocaba a la altura y a la derecha de la precedente en cuanto se daba la orden. Dedicó también mucha atención al entrenamiento de los soldados y a los trabajos de fortificación, una herencia de las antiguas legiones romanas, y siempre inculcó a sus tropas el orgullo de cuerpo y del honor nacional, lo que sentó las bases de los famosos tercios que dominaron los campos de batalla europeos durante siglo y medio. Los franceses perdieron en Ceriñola unos 4.000 hombres, toda su artillería y bagaje y la mayor parte de sus banderas. El cronista Bernáldez, que llevó a cabo un recuento ordenado por el Gran Capitán, ajustó exactamente el número a 3.664, aunque esta cifra no incluía a los cadáveres que fueron enterrados antes. Los españoles tuvieron menos de 100 muertos, lo que da idea de la amplitud del triunfo conseguido. Entre los cadáveres recogidos en el campo de batalla estaba el del duque de Nemours, virrey de Nápoles.

Fernández de Córdoba, conmovido ante la vista del cadáver de su enemigo, que se hallaba desnudo y tirado en el suelo, dispuso que lo trasladasen al campamento con todo respeto. Los restos embalsamados y envueltos en lienzo blanco fueron llevados en un rico ataúd a Barletta, con escolta de 100 hombres de armas que mandaba el capitán Tristán de Acuña. Allí se celebró un oficio de difuntos por el alma del jefe francés. «No tengo por afrenta ser vencido por el Gran Capitán de España —diría Luis XII al conocer la derrota— […] porque nunca se ha visto ni oído nadie a quien la victoria haga más humilde y piadoso». Al día siguiente por la mañana entraron los españoles en el pequeño castillo de Ceriñola, ocupado por una guarnición gascona que no intervino en la batalla. Fueron los propios campesinos del lugar, a quienes el Gran Capitán pagó generosamente por el trabajo, los encargados de cavar grandes fosas y enterrar los cadáveres. Para evitar la pestilencia, también los caballos muertos en la pelea fueron quemados en enormes piras, y los soldados franceses prisioneros quedaron a la espera del dinero que solía exigirse a cambio de su liberación. Como consecuencia inmediata de la batalla, muchas ciudades del sur del Reame se entregaron sin combatir, y al Gran Capitán le fueron ofrecidas las llaves de la capital del reino de Nápoles, cuya mayor parte quedó en poder de España.

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