Por Carlos de Bustamante
(Batalla de Garellano, por Philippoteaux)
Nuestro capitán por antonomasia Gonzalo Fernández de Córdoba -el Gran Capitán-, tanto en la batalla de Ceriñola, ya narrada, como en esta de Garellano, que hoy comienzo, de la mano del historiador Fernando Martínez Laínez en su obra Vientos de Gloria, sienta las bases, como en la precedente, de lo que durante siglos fue motivo de estudio en las diferentes Academias militares como nueva táctica a emplear en la guerra moderna. La que, sin detrimento del que fue un genio en el arte de la guerra, por supuesto hoy ha quedado obsoleta.
“Es preciso escoger el campo de batalla según se tenga más confianza en la Caballería que en la Infantería o viceversa” (MAQUIAVELO, El arte de la guerra).
La victoria de Garellano fue el colofón de una impresionante serie de campañas militares que el ejército del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, llevó a cabo en Italia, con importantes repercusiones en toda Europa. Representó también la expulsión definitiva de los franceses del sur de Italia, lo que, unido a la derrota que las tropas de Luis XII sufrieron en el Rosellón, permitió poner fin a lo que se conoce como Segunda Guerra de Italia, que aseguró a España la posesión de Nápoles durante más de dos siglos. Con Fernández de Córdoba culminó el proceso de organización militar iniciado por los Reyes Católicos a finales del siglo XV, en el que se tuvo muy en cuenta la experiencia de la guerra de Granada y la potenciación de la infantería, partiendo de dos principios fundamentales: la alta valoración del combatiente de a pie como elemento decisivo del combate y la consideración de que Francia, cuya arma medular era la caballería pesada, sería el gran adversario a batir en futuros conflictos, como en efecto sucedió. En la «Ordenanza» emitida por los Reyes Católicos en 1496 se recogen multitud de aspectos relacionados con la organización militar, desde la logística al armamento y la composición de las agrupaciones.
El resultado fue un ejército formado por un conjunto armonizado de unidades llamadas capitanías (mandadas por un capitán, con plana mayor y alférez) que más adelante pasarían a ser designadas compañías, integradas por unos 250 o 300 hombres. Las compañías, a su vez, se dividían en varias escuadras de unos 30 hombres. Como innovación añadida, el Gran Capitán creó la coronelía o escuadrón, modelado sobre la antigua legión romana, que contaba con unos 6.000 hombres repartidos en 12 capitanías o compañías. El grueso de la infantería se repartía en tres ramas principales: piqueros, ballesteros y espingarderos o arcabuceros. La fuerza terrestre incluía, además, caballería ligera y artillería, todo lo cual configuraba una tropa combatiente compacta y al mismo tiempo flexible y muy maniobrera, que se impondría durante mucho tiempo como la maquinaria armada más eficiente de Europa. Las tácticas del Gran Capitán, que servirían de pauta bélica a los famosos tercios, utilizaban una serie de procedimientos que se repitieron con frecuencia en otras campañas, tanto en Italia como en el resto de los campos de batalla europeos, y que podrían sintetizarse en los siguientes elementos: — Hostigamiento. — Empleo de formaciones de picas y arcabuces, y destacamentos mixtos de infantería y caballería ligera. — Uso del factor sorpresa y combate nocturno. — Combinación de fuego y movimiento. — Inquebrantable voluntad de vencer. — Apoyo mutuo de las distintas armas, que actuaban cohesionadas en todo momento.
Entre los espacios que dejaban las unidades de fuego —como ocurrió en Garellano—, acometían los soldados armados de espadas o picas, lo que causaba gran desconcierto y temor a un enemigo acostumbrado al choque de formaciones cerradas. Un aspecto fundamental que distinguía a los ejércitos españoles de aquel tiempo era el alto grado de la instrucción. Al igual que ocurría en las legiones romanas, los soldados no solo combatían, sino que hacían uso constante del pico y la pala para atrincherarse y proteger los campamentos. Era, además, muy activo el papel de los zapadores, que abrían brechas o construían minas, una especialidad en la que destacó sobremanera el malogrado Pedro Navarro, un excelente y bravo jefe militar que, tras combatir muchos años a las órdenes del Gran Capitán y los Reyes Católicos, se pasó al rey de Francia por una cuestión de orgullo herido, y terminó prisionero de los españoles y ejecutado. Otro factor clave que distinguía el mando del Gran Capitán era el aprovechamiento del terreno. Como han señalado muchos tratadistas militares, Fernández de Córdoba «inventó» el terreno, en el sentido de elegirlo, valorarlo y estudiarlo exhaustivamente antes de combatir, y completó esta virtud con la importancia que otorgaba a la información sobre la fuerza, los movimientos y las intenciones del enemigo mediante reconocimientos frecuentes o el empleo de espías, a los que solía pagar con gran generosidad. Como el mismo Gran Capitán escribió, hay que encontrar muchas veces en los accidentes del terreno las ventajas que no ofrece la constitución del Ejército, y en este caso debe buscarse en lugares fragosos, pantanos o grandes brazos de agua una barrera insuperable para el enemigo. Es de destacar, como hecho insólito, la relación de camaradería que frecuentemente se daba entre los soldados de infantería españoles y sus mandos, lo que terminaba por crear una nueva conciencia social en el ambiente militar, muy alejada de los restringidos moldes de la época. Como destaca el general Fernández-Aceytuno: A pesar de su lealtad a la Corona […] no duda el Gran Capitán, ante la tiránica burocracia de la Corte, en ponerse al lado de los más pobres —sus soldados— y así presentar las famosas «cuentas» al Rey. Cuando este, para aplacar su ánimo, le ofrece una renta, Gonzalo de Córdoba contesta con orgullo que tiene la intención de gastarla al servicio de sus soldados, «cuyas lenguas, señor, son sus espadas, y no las de estos bellacones gallinosos», dice, refiriéndose a los funcionarios reales que le critican a sus espaldas. (continuará D.m.)
Home