Por Carlos de Bustamante
(Aychqualco en el Lienzo de Tlaxcala. Se observa un grupo de españoles y tlaxcaltecas descansando y otro montando guardia.)
Créanme amigos y probables únicos lectores que, narrar hechos tan portentosos, ni aún con tan sólo copiar y pegar, resulta harto difícil: los dedos se detienen en el teclado una y mil veces, paralizados por el asombro de su dueño.
El crítico de “mala uva”, con perdón por la vulgaridad, -que por supuesto no cuento entre mis amigos- me podrá decir que con batallas como la presente poco puedo desmontar de la leyenda negra en torno a los descubridores y la nación de procedencia. No me corresponde rebatirlo en este breve relato de heroicidades para la memoria histórica; pero no me resisto a presentar datos numéricos y realidades, que las raíces cristianas tradicionales nunca agradecerán bastante.
En el año de gracia de 1531 Nª Sª de Guadalupe se le apareció al indio Juan Diego ya cristiano como innumerables indígenas de su inmenso pueblo. La batalla de Otumba que sigue, tuvo lugar en 1520, ergo transcurrieron solamente once años desde los sucesos realmente sangrientos a la conversión y abandono de sacrificios humanos y canibalismo, incompatibles con el cristianismo y de los más elementales derechos humanos civilizados.
ROMPIENDO EL CIELO
A la vista de aquella incontable masa humana, que algunos cronistas llegaron a evaluar en 200.000 indios, Cortés arengó a sus hombres, invocó la ayuda divina y dispuso a la gente para el combate. Dio el mando de la infantería a Diego de Ordás, y él mismo, con el resto de los capitanes, se aprestó a combatir montado. Juan Miralles, biógrafo mexicano de Cortés, escribe:
Las órdenes de los de a pie fueron cerrar filas y por ningún motivo romper la formación, mientras que los de a caballo, a rienda suelta, deberían correr el campo apuntando siempre a la cara, pero sin detenerse a alancear. Un cronista dice que los indios acometieron «con tan gran alarido e grito que parecía que rompían el cielo». En la tesitura no cabía sino vencer o morir, y sacando fuerzas de flaqueza, los españoles se aprestaron a la batalla. Pronto quedaron rodeados, pero estaban dispuestos a caer matando. El cronista Andrés de Tapia señala que la batalla dio comienzo entre las ocho y las nueve de la mañana y que «allí pareció tanto número de gente a todas partes, que mirando este testigo se admiraba de ver tanta (…) junta, porque la vista no la podía alcanzar». Para sorpresa de los aztecas, aquellos soldados que parecían al borde del agotamiento tomaron la iniciativa de la batalla, pese a su enorme inferioridad numérica. Una veintena de jinetes cargó contra la masa de indios —armados de mazas (macanas), flechas, hondas y lanzas de obsidiana—, y, sin parar de lancear («las lanzas por los rostros») y acuchillar, se abrió paso causando mucho estrago en las filas enemigas. Tras una carga, los jinetes españoles retrocedían para reagruparse y volver a atacar en otra dirección a la multitud que les rodeaba. Mientras, la infantería, en formación cerrada, resistía a duras penas el empuje de las compactas oleadas enemigas, que se estrellaban ante la superioridad de las espadas, las picas, las alabardas, las ballestas y los escasos arcabuces. Los españoles estaban agotados y heridos, empapados de sangre y sudor bajo las armaduras, sin que la multitud de indios que les rodeaba pareciese disminuir, por muchos que mataran. Sin romper las líneas, los hombres de Cortés, con la ayuda de los tlaxcaltecas, causaron enormes bajas a los combatientes aztecas, que se desesperaban al no poder rematar un triunfo que daban por seguro. Pero se trataba de una pelea tan desigual que la derrota de los españoles parecía una cuestión de tiempo, hasta que el cansancio les impidiera seguir dando tajos y estocadas. Un soldado vasco, Gaspar de Garnica, que había llegado a Nueva España con el ejército de Narváez, dejó testimonio de que, hacia el mediodía, tras varias horas de lucha cuerpo a cuerpo, Cortés se dio cuenta de que el ánimo entre su gente estaba «muy desmayado». Alonso de Navarrete escribe: [parecía] ser la gente tanta que a este testigo parecía que era imposible contalla, y acometer en todas partes y con tanta ferocidad que el dicho don Hernando [Cortés] andaba herido. Cortés, en efecto, confiesa en una de sus cartas que, como consecuencia del combate, quedó manco de dos dedos de la mano izquierda, aunque posteriormente dio a entender que solo se trataba de una herida que le impedía asir con firmeza las riendas del caballo. El jefe español participó en la batalla como un soldado más y, amén de resultar herido de un golpe en la cabeza, tuvo que dejar su cabalgadura, que estaba en muy mal estado, y montar otra de las destinadas a llevar los bagajes. Dice López de Gómara: Cuantos españoles vieron pelear ese día a Hernán Cortés afirman que nunca hombre alguno peleó como él, ni acaudilló así a los suyos, y que él solo por su persona los libró a todos. Hugh Thomas piensa que, con sus espadas de filo de obsidiana, una piedra abundante en la zona de la batalla, los mexicas pretendían sobre todo hacer prisioneros para ofrecérselos a sus dioses, lo que explica que hubiera pocos muertos entre los soldados castellanos. Escribe Díaz del Castillo: Qué cosa era ver esta temerosa y rompida batalla; cómo andábamos tan revueltos con ellos, pie con pie, y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacían en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de a caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban a su placer entrando y saliendo, y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados.
LA CARGA DE HERNÁN CORTÉS
En aquel momento Cortés tuvo un rasgo de inspiración que evidenció su talento militar. En lo más recio de la pelea, identificó al jefe supremo del ejército azteca, por ser el que más pomposo y adornado de plumas iba. El cronista Francisco Cervantes Salazar lo describe de este modo: El capitán general, vestido ricamente con una divisa de plumas sobre la cabeza, estaba en mitad del ejército, sentado en unas andas, sobre los hombros de caballeros principales. […] Tenían tanta cuenta con la bandera y estandarte que, mientras la veían levantada, peleaban, y si estaba caída, como hombres vencidos, cada uno iba por su parte.
El que los españoles llamaban «capitán general» de los indios estaba situado sobre una pequeña elevación del terreno, tras varias filas de guerreros y autoridades aztecas, de pie sobre un lujoso palanquín, revestido de una armadura de algodón que representaba a la diosa que llamaban Mujer Serpiente. Hugh Thomas afirma: Los atuendos de guerrero de los mexicanos, además de ser incómodos y pesados, estaban diseñados para abrumar y espantar. A menudo eran de cinco colores (como símbolo de los cuatro puntos cardinales y del centro). Pero no daban ya resultado con los castellanos. Acompañado de otros cinco jinetes, y al grito de «¡Santiago!», el jefe español se lanzó al galope y cargó contra el ciaucoatl y el grupo que le protegía. Uno de los jinetes que acompañaba a Cortés, Juan de Salamanca, abulense natural de Fontiveros, abatió al líder azteca y se apoderó de su insignia, que enarboló en señal de victoria. Salamanca sería premiado por esta acción con un título de nobleza que le otorgó Carlos V. Y quiso Dios que llegó Cortés con sus capitanes […] que andaban en su compañía, en parte donde andaba con su grande escuadrón el capitán general de los mexicanos, con su bandera tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería. Y desde que le vio Cortés, con otros muchos mexicanos que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olid y a Gonzalo Domínguez y a todos los capitanes: «¡Ea, señores!, rompamos por ellos y no quede ninguno de ellos sin herida». Y encomendándose a Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olid y Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros; y Cortés dio un encuentro con el caballo al capitán mexicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el escuadrón, que eran muchos indios, y quien siguió al capitán que traía la bandera, que aún no había caído del encuentro que Cortés le dio, fue Juan de Salamanca […] que le dio una lanzada y le quitó el rico penacho que traía y se lo dio luego a Cortés.
El cronista y soldado en la batalla Francisco de Aguilar, que luego se haría fraile dominico, dice con laconismo: Diego de Ordaz con la gente de a pie estábamos todos cercados de indios que ya nos echaban mano, y como el capitán Hernando Cortés mató al capitán general de los indios, se comenzaron a retirar. (si Dios es servido, continuará)
Home