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Memoria histórica. Batalla de Bicoca. 2

Tres foramontanos en Valladolid 06 Oct 2022 - 07:22 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Carlos I de España y V de Alemania)

Es  cierto que  reinando  en España  el emperador   Carlos V, no se ponía   el sol  en sus  dominios; pero no lo  es menos  que  lo fue  a un alto precio. Los   labrantíos quedaron desiertos de personal que los trabajase   y la juventud, sobre todo, se alistaba en   los ejércitos   dispersos por ese mundo donde no se ponía el sol.

Ciertamente hubo en los emperadores o reyes de entonces afán de conquista y gloria; pero no es menos cierto, que, recelosos de la supremacía española en el mundo, franceses e ingleses   sobre todo trataron ininterrumpidamente de acaparar ellos el puesto privilegiado alcanzado por España.

Fueron éstas las épocas de las grandes alianzas y de innovación en los modos y medios para la guerra.

Vano empeño el mío de pormenorizar unas y otros cuando Fernando Martínez Laínez   lo hace como sigue de modo difícilmente superable.

ALIANZA CON EL PAPA

En el Milanesado, el gobernador francés Odet de Foix, vizconde de Lautrec, había perseguido con saña a los partidarios del emperador, poniendo el ducado al borde de la revuelta. Para sofocarla, pidió ayuda a Francisco I y mientras esta llegaba atacó la plaza de Reggio, que era posesión del papa León X. Este, al sentirse amenazado, pidió al emperador que le defendiera, y ambos firmaron el 28 de mayo de 1521 una alianza con el compromiso de restaurar en Milán al duque Francisco II Sforza, y en Génova, a Antoniotto Adorno, aliados ambos de España. El Papado, a su vez, obtendría Parma, Piacenza y Ferrara. De inicio, la situación parecía favorable al rey de Francia, cuya alianza con Venecia le proporcionaba el dominio casi total de Lombardía y dificultaba la unión de las tropas imperiales procedentes de Austria con las españolas, que estaban repartidas por el centro y el sur de Italia. Pese a esta dificultad, la alianza con los Estados Pontificios permitió el traslado sin problemas hasta tierras lombardas de los tercios viejos de Nápoles, mandados por el marqués de Pescara y Antonio de Leyva. Carlos V designó al general Próspero Colonna comandante en jefe de las tropas imperiales y españolas, a pesar de su avanzada edad. Colonna rondaba los setenta años de edad y había servido a las órdenes del Gran Capitán y participado en las batallas de Ceriñola y Garellano.

El historiador militar Carlos Martínez de Campos lo califica de «soldado prudente, muy conocedor de los sistemas militares del Gran Capitán»; y el historiador británico Charles Oman dice de él que «luchaba más con su cerebro que con la espada, jamás se expuso a un gran desastre y solo aceptaba una batalla cuando esta resultaba indispensable o ineludible». Durante los meses siguientes, Colonna llevó a cabo con éxito una guerra de maniobras dilatorias que desconcertó a Lautrec. Rehusó arriesgar en una batalla el resultado de la campaña, lo que le valió el apodo de Cunctator («el Dilatorio»). Pero esa táctica terminó por darle buenos resultados, aunque no le evitó problemas con otros jefes del bando imperial.

Colonna y el marqués de Pescara, que mandaba la tropa española, tuvieron graves desacuerdos sobre el plan de operaciones, lo que dio a los franceses tiempo para reforzarse en toda la línea del río Po. Tanto los imperiales como el ejército francés empleaban mercenarios suizos, pero la República Helvética, reacia al hecho de que sus soldados combatieran entre sí fuera de los Estados Pontificios, dio orden de retirada, aunque la medida no surtió mucho efecto práctico.

A fines de octubre de 1521, la mayor parte de los 20.000 soldados suizos con los que Lautrec había iniciado la campaña, desmoralizados y descontentos por el retraso de sus pagas, había desertado. El jefe francés decidió entonces retirarse a Milán, pero el 19 de noviembre Colonna lanzó un ataque sobre esa ciudad, apoyado por los partidarios de Sforza. Lautrec emprendió la retirada; abandonó Milán con su ejército y se dirigió a territorio veneciano, aunque dejó en el castillo-fortaleza de la capital una guarnición francesa. Los hispano-imperiales aprovecharon el repliegue enemigo y ocuparon el Milanesado, con excepción del castillo de Milán y Cremona.

LA IMPACIENCIA HELVÉTICA

Furioso por la pérdida del territorio milanés, Francisco I reclutó un nuevo ejército integrado por 16.000 mercenarios helvéticos, más 4.000 «aventureros» sin soldada, ansiosos de botín, y un contingente de infantería francesa mandado por Pedro Navarro, que se había pasado al bando galo tras considerarse agraviado por Fernando el Católico. Eso le movió a ofrecer su espada y sabiduría militar —que era mucha— al rey de Francia en 1515. Para hacer frente a la movilización francesa, Colonna reforzó las defensas de Milán con un doble parapeto de tierra, fosos y empalizadas, que dejó aislado el castillo-fortaleza milanés del resto de la ciudad, y recibió un contingente de 4.500 lansquenetes alemanes mandados por Georg von Frundsberg. Los lansquenetes encontraron menos resistencia de la esperada, y consiguieron atravesar el territorio veneciano en una rápida marcha realizada en pleno invierno, que concluyó el 21 de febrero de 1522, cuando se reunieron con las fuerzas españolas en el río Adda, a la altura de Cassano. Cuatro días después de este encuentro, Lautrec salió de sus cuarteles de invierno en Cremona y se situó en las cercanías de Monza con un ejército de 28.500 soldados de infantería, 100 gendarmes y 700 jinetes. Una fuerza mayor que la de Colonna, que disponía de 9.000 arcabuceros españoles y alemanes, 6.000 soldados regulares milaneses y otros 1.500 voluntarios italianos, más 700 caballos. Cifras que incluían a las guarniciones de Novara, Pavía y Alejandría. A pesar de disponer de superioridad numérica, Lautrec decidió no asaltar Milán y repartió su ejército por los alrededores de la ciudad. Pero los suizos estaban impacientes por atacar. Querían cobrar cuanto antes y volver a casa, y terminaron imponiendo su criterio y contagiando a todos de su impaciencia. El ataque de Lautrec a Milán, que contaba con el apoyo de la guarnición francesa del castillo, fue rechazado. Dos días después del fallido asalto, dos jefes franceses, Marco Antonio Colonna (sobrino del comandante supremo del bando imperial) y Paolo Camillo Tribulcio, fueron alcanzados por un proyectil de artillería y murieron a consecuencia de las heridas. Los franceses se inquietaban ante la inminente llegada al bando imperial de los refuerzos que salían de Trento al mando de Francisco II Sforza, heredero legítimo del ducado milanés desposeído por Francia. Pero a Lautrec también le llegaron más fuerzas desembarcadas en Génova, y con esas tropas sitió Novara, guarnecida por 2.000 soldados regulares milaneses y cuya ciudadela —como en el caso de Milán— estaba en poder de los franceses. Mandaba la fuerza sitiadora el condestable Anne de Montmorency, que tomó la ciudad con un baño de sangre. La guarnición fue masacrada y el saqueo fue total, con asesinatos masivos de población civil. Cuando se recibió en Milán la noticia de la caída de Novara, Francisco Sforza seguía en Pavía. Colonna le pidió que se trasladase a Milán, y el duque hizo su entrada en la ciudad el 3 de abril, tras conseguir abrirse paso entre las líneas francesas. Para compensar este fiasco, Lautrec avanzó con su ejército hasta Pavía, con intención de apoderarse de la plaza y forzar a Colonna a entablar batalla. Iniciado el asedio, Lautrec se dispuso a bombardear Pavía, pero los franceses se vieron de nuevo burlados cuando, en la noche del 7 de abril, una fuerza de 800 españoles y 500 italianos procedentes de Milán consiguió penetrar en la ciudad y reforzar a la guarnición.   (Continuará  si Dios  es servido).

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