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Litografías y grabados de Chagall en Las Francesas

Tres foramontanos en Valladolid 08 Oct 2022 - 07:26 CET
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Por José María Arévalo

(Chagall. El acordeonista. 1957. Litografía)

Hasta el 16 de octubre la sala municipal de exposiciones de Las Francesas ofrece la muestra ‘Los estados del alma’ que recoge una selección de 76 litografías y grabados que realizara el pintor ruso a lo largo de 50 años de su trayectoria artística. A mí siempre me ha impactado la fuerza expresiva de Chagall, y que no renuncia a lo figurativo en una época en que la abstracción arrasa, pero como esta muestra solo incluye reproducciones -por cierto, no se dice de qué colección vienen, y no lo he encontrado en la red- me parecía que tenía menos interés. Mi sorpresa ha sido mayúscula al encontrarme en Las Francesas una estupenda síntesis de aquellos valores que de Chagall destacó Picasso, al que elogiaba diciendo que «después de la muerte de Matisse, Chagall es el único artista que ha entendido realmente la esencia del color […]. Desde Renoir, no ha habido ningún pintor que supiera tratar la luz con tanto sentimiento como Chagall».

‘Chagall. Los estados del alma’ fue expuesta el año pasado en la Catedral de Barcelona y en el Museo Diocesano de la ciudad. «Allí estaban rabinos y sacerdotes sin problema», recuerda la comisaria Helena Alonso. Chagall recibió encargos para decorar vidrieras de lugares de culto católicos, protestantes y judíos. La Catedral de Reims y Metz, en Francia, o iglesias como la de San Esteban en Mainz (Alemania) que terminó poco antes de morir tienen obras suyas. Malraux le encargó la decoración del techo de la Ópera de París, para la que empleó algunos de los libretos allí representados. La música le acompañó siempre, desde la popular judía hasta la sinfónica, por eso la muestra tiene su propia ‘playlist’ (la muestra invita a los visitantes a descargarse una playlist con la banda sonora de la vida y la obra de Chagall).

(Chagall. Eva maldecida por Dios. 1960. Litografía)

El pintor poeta 

Marc Chagall (1887-1985) murió casi centenario. Le definieron como el «maestro del color» y el «pintor poeta».  «A pesar de todo lo que padeció, su pintura celebra la vida. Estaba convencido de que la obra de arte es un estado de ánimo con el que crear un vínculo íntimo con el espectador mediante la representación subjetiva y surrealista el mundo», decía Helena Alonso en la inauguración.

El universo femenino, las narraciones bíblicas y los pecados son los tres temas en esta selección que comienza con obras de los años veinte y acaba en los setenta. «Se ve cómo trabaja desde el blanco y negro de los grabados primeros hasta la explosión del color», apunta Alonso. El Chagall más naif es el de esa primera serie moralista de los siete pecados capitales. Animales como el gallo o el león le sirven para ejemplificar la soberbia mientras que utiliza al mono para la avaricia. Traza la lujuria desde el universo circense y también parece propio de un contorsionista el gesto del hombre dominado por la ira. La envidia es un cuerpo de espaldas frente a un tentador escaparate, frente al deseo, tróquese hoy por cualquier pantalla. A la pereza la retrata en dos versiones, la urbana, un holgazán tendido sobre su cama con ventana quizá a Montmartre, donde vivió, y un hombre sobre el calor de la marmita en la que se hace su comida, en una habitación rústica.

El altar de la sala de Las Francesas está dedicado al mundo bíblico. «Para él es la fuente poética más grande de todos los tiempos, un compendio de relatos que le aporta constante fuentes de inspiración y a ella acude en los momentos de duda como a una segunda madre», señalaba Helena Alonso.

«Elige mujeres valientes, fuertes, destaca su lealtad, su amistad, su audacia». Allí está Sara y su imposibilidad para concebir, y justo cuando Abraham va a ser padre con una criada ella queda encinta. «Chagall cree que hay que traer al presente esas historias bíblicas que nos interpelan también hoy. O Noemí y sus nueras, a las que anima a irse al enviudar porque corren peligro al ser extranjeras. Sin embargo Ruth decide quedarse y recibe el premio de un nuevo amor, Booz». El Génesis se convierte en narración visual en las litografías de Chagall, desde su personal interpretación como Eva guiñando un ojo al espectador.

(Chagall. Los 7 pecados capitales. La soberbia. 1927. Aguafuerte)

«Las de Job las hemos puesto entre las mujeres porque la paciencia es una virtud muy identificada con lo femenino. En este caso incluso podría tratarse de un autorretrato», dice Alonso de ‘Job desesperado’ y ‘Job en oración’, aquel en tonos morados oscuros, este, en verde esperanzador.

Moisés recibe las tablas en cuatro obras en las que el pintor identifica con apenas dos semiesferas el documento divino mientras el profeta evoluciona del esquematismo de una barba y ojos hacia la cabeza de caballo, tan repetida en la iconografía chagalliana.

Gallos rojos, torres eiffeles verdes, rostros azules, Chagall sigue la estela fauvista, suma la huella de Matisse y convierte el color en la manera de crear una atmósfera que lleve al espectador a la emoción que desea transmitir, por una vía instintiva. «La exposición enseña el dominio que tiene en el claroscuro de la primera serie hasta su maestría con el color». Las ‘Lettres d’Ivernage’, una serie de tirada corta de Chagall y el poeta Léopold Sedar Senghor utilizan el color para recrear el amor de la mujer ausente.

Precisamente la muerte de su primera esposa Bella, durante la II Guerra Mundial cuando vivían en Estados Unidos, coincide con un motivo repetido en sus dibujos, las parejas que pasean y vuelan sobre París. Animales y flores les arropan con una gran carga simbólica. «La cabra simboliza en la tradición hebrea la protección del hogar, o el gallo, el animal que marca la frontera entre el día y la noche, entre el sueño y la realidad».

Flautistas y violinistas ponen música a sus personajes. «La música fue muy importante entre los artistas de la vanguardia. En la tradición jasídica también hay un deber de transmitir el optimismo por la vida a través de la música tradicional judía, por eso se repiten».

(Chagall. Del sol sobre el caballo rojo. 1979. Litografía)

Su espiritualidad

La crítica de arte ha calificado a Marc Chagall como un artista profundamente religioso y con una espiritualidad sólida que se aprecia de manera muy obvia en sus pinturas. Sus raíces judías fueron sustanciales y significativas a lo largo de su vida. Sin embargo, en su carrera artística se advierte una fascinación muy notoria por la iconografía bíblica y, por tanto, desconcertante. Curiosamente, una de las escenas que más gustaba contemplar y representar era la del Calvario. Esta inclinación por la crucifixión parece un poco contradictoria frente a su firme fe judaica. El vanguardista encontraba en Cristo crucificado un consuelo ante el sufrimiento en época de guerra y holocausto nazi. Se identificaba a sí mismo y al pueblo judío con Jesús en la cruz. A raíz de este sentimiento, Chagall deja patente una espiritualidad en todas sus creaciones y la convierte en uno de los pilares de su carrera. Desde sus inicios como artista se independiza del judaísmo estricto para meditar sobre conceptos religiosos más amplios como Dios, el alma, el sufrimiento, etcétera. De esta manera recopila nociones de las religiones monoteístas para humanizar una idea de Dios que definirá su principal misión.

(Chagall. Parcial de «El Rey David y Betsabé». 1956. Litografía)

Chagall entiende que, a través del arte, puede y debe transmitir un mensaje de paz entre las naciones y entre las religiones, así como el amor universal entre los hombres y su acercamiento a Dios. No debemos olvidar que nació en Rusia, lo cual es un detalle importante para entender sus motivaciones. Como muchos de sus paisanos, Chagall fue vanguardista adelantado y admirado por sus colegas. Como es propio de los artistas rusos, no puede faltar en sus obras una reminiscencia de tradiciones populares y esa espiritualidad tan arraigada en la cultura noreste de Europa, como podemos ver también en la obra de Kandinsky, Malévich o Delaunay, entre otros. No obstante, como casi todos, se dejó influenciar por los franceses. En su caso tomó inspiración de los colores de Matisse y del fauvismo en general. Gracias a su maestría cromática se le ha denominado como el «pintor poeta» o «pintor del color». Pero él lo justificaba como canal de expresión de aquellos mensajes trascendentales. Decía que «en nuestra vida hay un solo color, como en la paleta de un artista, que ofrece el significado de la vida y el arte. Es el color del amor».

Espiritual, sentimental y simbolista son algunos calificativos que resumirían su obra. A menudo da la sensación de que sus escenas narran sueños o hechos ficticios… estados del alma, como bien dice el título de la muestra, que es un guiño a su frase más célebre: «El arte es, sobre todo, un estado del alma».

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