Por Carlos de Bustamante
(La Batalla de Pavía, por Augusto Ferrer-Dalmau)
Notaréis, mis amigos y probables únicos lectores, cómo en el presente escrito hay un párrafo en negrita en el que mi muy querido amigo y compañero de promoción Jesús (Chus Martín Sappia), analista militar, nos deja una breve anotación de los prolegómenos de esta importante batalla. Héroe Chus en la guerra de Ifni, escribe sobre “la gente hispana” lo que él refrendó con hechos. Descanse en paz mi querido Chus.
EL CONTROL DEL MILANESADO
Las tropas del emperador Carlos V y del rey Francisco I de Francia pugnaban por el dominio del ducado de Milán (Milanesado) desde 1522 en el norte de Italia. Fue una disputa que solo se resolvió en una serie de guerras que tuvieron por escenario el rico territorio de Lombardía y en la que los franceses se llevaron la peor parte. Para el dominio español en Europa, el norte de Italia tenía un alto valor estratégico. No es de extrañar que Milán fuera considerado el «cerrojo» de Italia. Era el enlace obligado entre las posesiones españolas de Nápoles, Sicilia y Cerdeña con las tierras del imperio Habsburgo en Centroeuropa, además de la encrucijada en la que confluían las rutas que comunicaban Alemania y los Países Bajos con el Mediterráneo. Durante los dos años siguientes a la derrota francesa en Bicoca (1522), el rey Francisco I intentó recuperar los territorios perdidos. A principios del verano de 1524, con los franceses expulsados de Milán, las tropas de Carlos V invadieron la Provenza, dirigidas por el marqués de Pescara y el condestable Carlos de Borbón, general francés que se había pasado al bando imperial. La invasión de Provenza formaba parte, en realidad, de un plan mucho más ambicioso que habría podido suponer la desmembración de Francia. Incluía el ataque por tres frentes. En el sur, Carlos V cruzaría los Pirineos con los españoles. Enrique VIII de Inglaterra invadiría por Flandes y Picardía en dirección a París. Y el condestable de Borbón, con sus partidarios franceses y mercenarios alemanes, ocuparía Borgoña, la herencia que le había dejado al emperador su abuela María, hija de Carlos el Temerario.
El plan incluía también la creación de un nuevo reino en Provenza para el condestable. La campaña, contra todos los auspicios, resultó un fracaso. Los imperiales tomaron Niza, Antibes y Tolón, y sitiaron Marsella, pero Francisco I aprovechó que el norte de Italia había quedado desguarnecido para invadir de nuevo el Milanesado y dejar aislado al ejército imperial en el sur de Francia. El rey francés avanzó con rapidez. Partiendo de Lyon, cruzó los Alpes en octubre de 1524 por Mont-Cenis y tomó Turín y Milán con un ejército de más de 30.000 hombres —de los cuales, una quinta parte integraban la caballería— y un excelente tren de artillería. Al tener noticia de la invasión, Pescara levantó el cerco a Marsella y se dirigió a marchas forzadas hacia el Milanesado, aunque por el camino perdió casi toda su artillería y muchos soldados. Las tropas españolas se retiraron de Milán, dejando solo en el castillo una pequeña guarnición al mando del duque Francisco Sforza. También quedó atrás una fuerte guarnición en Pavía, para entorpecer el avance francés, mientras el ejército de Carlos V se reorganizaba. Para resguardar al mermado ejército imperial de 16.000 combatientes agotados, sin pagas y sin víveres. Carlos Lannoy, virrey de Nápoles, el marqués de Pescara y el condestable de Borbón se retiraron a la línea del río Adda y distribuyeron las tropas entre Pavía, Alejandría, Lodi y Cremona. Pero en lugar de atacar y destruir a un ejército quebrantado y en retirada, Francisco I se empeñó en tomar a toda costa la amurallada ciudad de Pavía, que defendía el capitán navarro Antonio de Leyva con una guarnición de 8.000 hombres, de los que casi la mitad eran españoles, y el resto, en su mayor parte, alemanes. El cronista Ginés de Sepúlveda, biógrafo de Carlos V, escribe: Así, dado que los imperiales habían acumulado allí la mayor parte de la artillería y una gran cantidad de aparato bélico, el rey estaba convencido de que, si tomaba Pavía, la guerra había terminado. El analista militar- Jesús Martín Sappia comenta: Este fue el gran error del Rey y de sus orgullosos y nobles consejeros al menospreciar a aquel ejército disperso, vencido sin combatir, pero en el cual figuraban los mejores capitanes de Europa, poseedores de una estrategia ágil e inteligente, muy superior a la francesa, y cuyos soldados entusiastas estaban penetrados de la extraña fuerza que adquiere la gente hispana en los casos desesperados.
EL SITIO
Pavía está situada a 34 kilómetros de Milán, en la orilla derecha del río Tesino, casi en su confluencia con el Po. La ciudad disponía de un foso bien diseñado y profundo y formaba un hexágono fortificado y reforzado con bastiones, que protegía el río por el este, y tenía al norte el gran parque amurallado de Mirabello, de doce kilómetros de perímetro, que los duques de Milán utilizaban como coto de caza y en el que había un monasterio de monjes cartujos. Consistía este terreno en una llanura ligeramente ondulada y de gran arboleda, con acequias y áreas de cultivo, y cercada por un muro, donde el rey de Francia instaló su campamento. Los franceses sitiaron la ciudad confiando en una fácil victoria y, frente a ellos, los imperiales se atrincheraron para ponerse a resguardo de los cañones franceses. Francisco I se abalanzó sobre la ciudad y trató de tomarla al asalto el 7 de noviembre de 1524, pero fue rechazado, pese a disponer de una excelente artillería. El fracaso de los repetidos intentos se agravó por el mal tiempo y el barro, pero los sitiadores, aunque tenían muchas bajas, no desistieron. Estrecharon el cerco, talaron los alrededores, trataron de desviar el curso del Tesino y cavaron minas —que Leyva contrarrestó con contraminas— para derribar las murallas de la ciudad. Impacientes los franceses por ocupar Pavía, recibieron noticias de que se acercaba un ejército imperial desde Alemania para hacerles frente y levantar el sitio. Eran más de 15.000 lansquenetes al mando de Georg von Frundsberg que el condestable de Borbón había reclutado en Alemania empeñando, dicen, sus propias joyas. El cerco de Pavía se estrechaba, pero los sitiados realizaban continuas salidas que causaban muchas bajas en el ejército francés. Presionado por el papa, el rey de Francia cometió un error al dividir sus tropas, enviando una parte de su ejército —8.000 de infantería y 600 de caballería— a Nápoles, al mando de Juan Scoto, duque de Albany. Al enterarse, Lannoy, virrey de Nápoles, envió cartas a esa ciudad y a las guarniciones del Reame con la noticia de la marcha hacia el sur de los franceses, exhortándoles a reclutar tropas y a resistir hasta que pudieran recibir refuerzos. Según Carlos Martínez de Campos, en el campo francés «hubo discusiones sobre esta “diversión” absurda; y prevaleció el criterio de utilizar todas las fuerzas disponibles en el Milanesado».
Home