Por Carlos de Bustamante
(La Batalla de Pavía, por Augusto Ferrer-Dalmau)
Aunque tarde, creo necesario el momento de especificar la composición y armamento de los tercios españoles: Lansquenete (en alemán: Landsknecht, «servidor del país»; de «Land», tierra o país, circunscripción administrativa, y «Knecht», servidor, empleado público) es el nombre con que se designó algunos mercenarios alemanes que operaron entre el siglo XV y XVII. Los lansquenetes pertenecían a una clase de soldados de infantería que al principio no eran más que unos siervos que hacían la guerra en calidad de peones, y servían a los caballeros de palafreneros, sin llevar más armas que una pica. Más tarde formaron cuerpos independientes de piqueros, que se distinguían por llevar vistosos uniformes y llegaron a constituir la base de la infantería alemana en la época del Renacimiento. La infantería de lansquenetes también luchó junto a la Monarquía al lado de los tercios españoles mientras reinaba la casa de Austria.
La pica seca, pica simple o pica sencilla era un soldado de los Tercios españoles, que luchaba con pica, sin otro tipo de arma defensiva que le cubriese el torso, aunque portaba capacete o morrión para cubrir su cabeza.
Servía en las hileras centrales del Tercio, lejos del enemigo, y aunque se esperaba no tuviese que combatir, era considerado como un soldado necesario en el Tercio, si bien las picas secas estuviesen formadas por soldados bisoños de menor edad y experiencia.
Aunque los piqueros secos eran consideradas soldados de menor experiencia, tenían mayor ventaja sobre el coselete debido a su ligereza, ya que podían subir una batería al asalto, dar persecución al enemigo roto, correr para tomar un paso frente al enemigo, o hacer correrías para abastecer a la tropa.
Una pica seca cobraba la paga sencilla como soldado (3 escudos) y no recibía ventaja por su oficio, a diferencia del resto de los compañeros, fueran coseletes, arcabuceros o mosqueteros.
Es difícil determinar el número de picas secas que conformaban los Tercios, pero una Ordenanza de 1560 establecía que en un tercio teórico de 3.000 hombres, 460 serían picas secas, mientras que en 1567, en un tercio previsto de 2.500 hombres, daba un número de 650, al tiempo que en una planificación para la Armada de 1588, por cada compañía de picas de 200 hombres, daba un número deducido de 83 picas secas.
En 1632, las Ordenanzas militares aprobadas dictaminaron la desaparición oficial de la pica seca, pues establecieron que el Tercio debía estar compuesto por coseletes, arcabuceros y mosqueteros.
El coselete era, en los ejércitos del siglo XVI y siglo XVII, un grupo de piqueros que estaban protegidos con un tipo de armadura llamada también «coselete», nombre igual al de los hombres que la portaban. Se podría decir que eran los piqueros pesados de los ejércitos de la Edad Moderna durante el siglo XVI e inicios del siglo XVII, pues más tarde, la pica desaparecería de los campos de batalla, debido a la hegemonía de las armas de fuego, en especial el arcabuz y el mosquete.
El arcabuz era un arma ligera, algo más manejable que el mosquete, lo que permitía a sus usuarios operar, en términos actuales, como infantería ligera: tropa con amplia capacidad de maniobra de uso múltiple. El mosquete, en su origen, era sencillamente artillería portátil. Al ser más pesado el mosquete que el arcabuz, necesitaba de una horquilla donde apoyar el arma para efectuar el disparo.
Piqueros secos, arcabuceros, coseletes y mosqueteros fueron los soldados que, durante años, formaron los mejores soldados del mundo integrados en los tercios españoles. Los que hicieron posible que el sol no se pusiera en los dominios del imperio español.
CONATO DE MOTÍN
Poco después, los de Francisco I recibieron el refuerzo de 4.500 mercenarios italianos, que enviaba Juan de Medici, y 4.000 arqueros franceses. Mientras tanto, entre los defensores de Pavía comenzaron a surgir las desavenencias. Los mercenarios suizos y alemanes estaban a punto de amotinarse, pues se quejaban de llevar meses sin recibir sus pagas. Leyva obligó a la población a mantenerlos y repartió entre ellos la plata obtenida de las iglesias locales. Algunos mandos españoles empeñaron incluso sus fortunas personales para pagarlos. La actitud de los lansquenetes contrastaba con la de los soldados españoles, que estaban dispuestos a seguir combatiendo sin cobrar. Pescara y Lannoy pidieron incluso a sus hombres que prestaran todos sus ahorros para que Leyva pudiera pagar a los mercenarios y evitar que estos entregaran la ciudad a los franceses. Ginés de Sepúlveda escribe: Así pues, como no había forma alguna de reunir dinero en cantidad suficiente, decidieron proceder como último recurso mediante ruegos y valerse de promesas y buenas palabras para tratar con los soldados, comenzando por los españoles, ya que eran por naturaleza los más dóciles de carácter y más sufridos en la adversidad, además de estar más acostumbrados a vicisitudes de este tipo; en efecto, casi todos los demás soldados combatían, por así decir, como mercenarios, los españoles como si les fuera en ello su propia reputación e interés.
A finales de noviembre, Pescara, con 2.000 infantes españoles de la guarnición de Lodi, atacó por sorpresa la plaza de Melzo, a cinco leguas de esa población, tras una extenuante marcha nocturna a través de la nieve. Siguieron unos días de duelos artilleros y escaramuzas, y Francisco I, indignado por estas acciones guerrilleras, ofreció a Pescara 200.000 escudos si aceptaba el combate en campo abierto. El jefe español debió de reírse mucho al conocer la proposición y respondió con ironía al monarca galo. Con premonición, le dijo que guardase ese dinero, pues podría hacerle falta más adelante para su rescate.
LA PROGRESIÓN A PAVÍA
El 10 de enero de 1525 llegaron los refuerzos imperiales al mando del virrey Lannoy y del condestable de Borbón a la ciudad de Lodi, tras cruzar los Alpes por el paso del Brennero. El 24 de enero los imperiales salieron de Lodi y marcharon sobre Milán. Calculaban que, ante la amenaza, los franceses levantarían el sitio de Pavía, pero el ejército de Francisco I se mantuvo inmóvil. Los imperiales, entonces, cambiaron de dirección y se dirigieron a Pavía. En cabeza de este ejército, comandado por Lannoy, marchaba la caballería ligera del marqués de Santángelo, seguida de los hombres de armas del condestable de Borbón y la infantería española que mandaba Pescara y su sobrino, el marqués del Vasto. A continuación, la infantería napolitana y alemana y la artillería. La progresión de los imperiales hacia Pavía continuaba. En el avance ocuparon el puesto fortificado de Santángelo, a cuarenta kilómetros de Pavía, con lo que cortaron la comunicación entre esta ciudad y Milán. Tras una serie de escaramuzas, los españoles siguieron su marcha hacia Pavía. Llegaron a Lardirago, a siete kilómetros de la ciudad sitiada, el 2 de febrero de 1525, y el 7 de febrero se concentraron en las cercanías de la Torre del Gallo y algunos otros puntos fuertes próximos que los franceses mantenían bien defendidos. Una vez en las inmediaciones de Pavía, la infantería de Pescara se situó cerca del ejército francés, en las alturas de San Alesio, donde estableció el campo y se atrincheró.
Ante la llegada de los imperiales, el rey de Francia pidió opinión a sus generales. La mayor parte optó por hacerse fuertes en una buena posición y esperar a que la falta de recursos y la desesperada situación de los defensores de Pavía, donde escaseaban los víveres y la pólvora, acabaran por deshacer al ejército imperial. De acuerdo con esta idea, el ejército francés decidió mantenerse a la espera. Se posicionó dentro del parque amurallado de Mirabello y fortificó una serie de puntos estratégicos de las inmediaciones, como San Salvador, San Lázaro, San Paolo y San Franco. De forma continua, los españoles, que estaban habituados al ataque nocturno (las «encamisadas»), provocaron falsas alarmas que mantuvieron al enemigo en vilo, y con las cuales esperaban desgastarlo y hacer que se confiaran cuando se produjera el ataque real. La táctica era reposar durante el día y hostigar por la noche. Pescara —dice Martínez de Campos— «organizaba alarmas tan continuadas que los franceses, hartos o rendidos, acabaron no atendiendo a los arcabuzazos que a todas horas se repetían». El efecto desmoralizador para el enemigo que producía esta actividad de pequeños golpes se acrecentó con varias salidas que hicieron los sitiados en Pavía, cuya moral creció al conocer el fracaso de un destacamento francés enviado a tomar Cremona y la derrota por la guarnición de Alejandría de un refuerzo llegado de Francia.
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