Por Carlos de Bustamante
(La Batalla de Pavía, por Augusto Ferrer-Dalmau)
Para que mis malas explicaderas hagan posibles las mejores entendederas de mis amigos y probables únicos lectores, he de advertir de nuevo, que los hechos que se narran en el original de Vientos de Gloria del historiador Fernando Martínez Laínez, pertenecen a los primeros años del siglo XVI. Pues he aquí cómo ya en 1525, los ejércitos españoles “inventaron” novísimos modos de estrategia y táctica para combatir. Esto, en mi opinión, más los apuntados por mi particular amigo Jesús Martín Sappia, fueron factor decisivo para la inolvidable victoria de Pavía sobre las tropas francesas y sus aliados.
El correcto uso de la caballería, que aún perdura, para explotación del éxito o un repliegue ordenado con el sacrificio propio, aun con ingenios diferentes; amagar la ofensiva en un punto, para atacar en otro; las maniobras envolventes sobre el enemigo; el empleo del espionaje y contra espionaje; los zapadores para organizar la defensa con minas…, hicieron pasar a la historia los absurdos enfrentamientos frontales donde las sucesivas primeras filas de impertérritos combatientes eran “carne de cañón”.
Ciertamente fue el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba el que inició los nuevos modos progresar moverse y combatir de las tropas, pero relegados al olvido o carentes de genios militares, para ponerlos en práctica, fue en Pavía con el duque de Pescara donde se emplearon definitivamente con resultados de victoria contra todo pronóstico.
Mas no adelantemos acontecimientos, y sigan, por favor sigan, o comiencen la lectura que no tiene desperdicio.
ROMPIENDO EL MURO
Dando un largo rodeo, los imperiales se situaron al norte del parque de Mirabello, mientras un pequeño contingente intercambiaba disparos con los franceses que había en los alrededores de la Torre del Gallo, para hacerles creer que el ejército imperial estaba empeñado en ese punto. En realidad, el grueso de la hueste imperial, tras dos horas de marcha, había entrado en el parque de referencia por tres brechas que habían abierto los zapadores en una parte desguarnecida del muro, de acuerdo con los informes proporcionados por los espías españoles. Una maniobra que los franceses no habían previsto. Para distraer la atención del enemigo, un millar de arcabuceros abrió fuego contra los franceses parapetados alrededor de la Torre del Gallo. Los de Francisco I contraatacaron con la caballería ligera, que mandaba Charles Tiercelin, y con la infantería suiza, a las órdenes del mariscal Fleurange. A las cuatro de la madrugada, el ejército de Lannoy ya estaba dentro del cercado y avanzaba hacia el castillejo, pero el enemigo estaba alertado. La infantería suiza y la caballería ligera francesa, desplegadas en los alrededores de la Torre del Gallo, se movían hacia el interior del parque. Allí chocaron, sin apenas visibilidad, con la caballería ligera española y los lansquenetes alemanes que avanzaban en dirección contraria. Fue una lucha encarnizada que hizo retroceder a los imperiales hasta que gradualmente los suizos empezaron a ceder terreno. Entretanto, la infantería de los imperiales proseguía su avance por el parque flanqueada por la caballería. En vanguardia iba un cuerpo de lansquenetes y arcabuceros y una columna de caballería hispano-italiana. Le seguían los 3.000 hombres del marqués del Vasto, con dos piezas de artillería, y detrás, el grueso de la infantería española y alemana con sus principales jefes: Lannoy, Pescara, el condestable de Borbón y Von Frusberg. En la retaguardia quedaban 2.000 soldados italianos con cuatro cañones.
El rey francés, informado de la progresión de los imperiales, se aprestó al combate con la caballería pesada que él mismo encabezaba. Por entonces, ninguno de los dos bandos tenía una idea clara de la situación de las tropas, ni de a qué fuerzas se estaban enfrentando. La intensa oscuridad de la noche y la densa niebla hacían casi imposible distinguir a los combatientes a poco más de unos cuantos metros. En esos momentos, el despliegue del ejército francés constaba de tres grupos de combate que formaban una línea demasiado alargada y poco consistente. El grupo más potente se aglutinaba en torno a su rey, con la caballería —en la que figuraban más de 70 príncipes y grandes nobles— y la artillería que dirigía el veterano Galliot de Genouillac, que enfilaba de través el avance de los imperiales. También se incluían en esta formación, aunque demasiado alejados de la caballería, 4.000 lansquenetes alemanes y 2.000 soldados de infantería franceses. El segundo grupo, situado mucho más a la derecha, lo componían los mercenarios suizos que mandaba Fleurange, cuyo flanco derecho protegía la caballería ligera de Tiercelin. Y el tercero desempeñaba el papel de retaguardia y mantenía el cerco sobre Pavía. Eran unos 10.000 hombres dispersos entre varios bastiones y atrincheramientos. Su núcleo básico lo formaba la infantería suiza de Montmorency, que actuaba como unidad de reserva móvil para acudir en rescate de cualquier parte amenazada.
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