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Memoria histórica. Pavía.  7

Tres foramontanos en Valladolid 06 Nov 2022 - 07:24 CET
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Por Carlos de Bustamante

(La Batalla de Pavía, por Augusto Ferrer-Dalmau)

Tan minuciosa es la exposición de estas grandes batallas, recopiladas en Vientos de Gloria por Fernando Martínez Laínez, que creo   conveniente -más para el que se lo está narrando, que para el conspicuo lector amigo- hacer un breve inciso aclaratorio.

Tenemos hasta el presente una fracción importante -más por la calidad que por la cantidad- de tropas imperiales (Carlos I de España) sitiadas en la plaza fuerte de Pavía.  Las francesas atacantes (Francisco I) en la zona de Mirabello.  En número, las fuerzas se decantaban a favor de los franceses y aliados.  Más la superioridad de éstas era mayor aún en lo que hoy diríamos Intendencia; mejor, misión de la actual Intendencia, referida a la abundancia y abastecimiento de víveres. Y escasez en las tropas imperiales, además sitiadas.

De lo que ahora se trataba era de quién tomaba la iniciativa para el ataque con derrota o victoria  definitiva.

Con fuerzas ligera o más probablemente mayores a favor de bando francés, todo hacía presagiar victoria de Francisco I y sus huestes. Sin embargo, el duque de Pescara comandante de los imperiales, tenía la confianza puesta en la bravura española y que como ya dijera mi querido amigo   Chus Martín Sappia; las que, por sabidas, no voy a “tripitir”.

Situados, pues, sobre el terreno, tenemos, por un lado, un ejército imperial sitiado en Pavía en apariencia débil y fácil presa de los franceses.  Y por otro estas últimas tropas de Francisco I, bien pertrechadas, fuertes, y abundantemente provistas de   víveres y material en la zona de Mirabello dispuestas   para el ataque. Momentos decisivos, dichos a modo de resumen, con los que continúa la narración.

EL SITIO

Pavía está situada a 34 kilómetros de Milán, en la orilla derecha del río Tesino, casi en su confluencia con el Po. La ciudad disponía de un foso bien diseñado y profundo y formaba un hexágono fortificado y reforzado con bastiones, que protegía el río por el este, y tenía al norte el gran parque amurallado de Mirabello, de doce kilómetros de perímetro, que los duques de Milán utilizaban como coto de caza y en el que había un monasterio de monjes cartujos. Consistía este terreno en una llanura ligeramente ondulada y de gran arboleda, con acequias y áreas de cultivo, y cercada por un muro, donde el rey de Francia instaló su campamento. Los franceses sitiaron la ciudad confiando en una fácil victoria y, frente a ellos, los imperiales se atrincheraron para ponerse a resguardo de los cañones franceses. Francisco I se abalanzó sobre la ciudad y trató de tomarla al asalto el 7 de noviembre de 1524, pero fue rechazado, pese a disponer de una excelente artillería. El fracaso de los repetidos intentos se agravó por el mal tiempo y el barro, pero los sitiadores, aunque tenían muchas bajas, no desistieron. Estrecharon el cerco, talaron los alrededores, trataron de desviar el curso del Tesino y cavaron minas —que Leyva contrarrestó con contraminas— para derribar las murallas de la ciudad. Impacientes los franceses por ocupar Pavía, recibieron noticias de que se acercaba un ejército imperial desde Alemania para hacerles frente y levantar el sitio. Eran más de 15.000 lansquenetes al mando de Georg von Frundsberg que el condestable de Borbón había reclutado en Alemania empeñando, dicen, sus propias joyas. El cerco de Pavía se estrechaba, pero los sitiados realizaban continuas salidas que causaban muchas bajas en el ejército francés. Presionado por el papa, el rey de Francia cometió un error al dividir sus tropas, enviando una parte de su ejército —8.000 de infantería y 600 de caballería— a Nápoles, al mando de Juan Scoto, duque de Albany. Al enterarse, Lannoy, virrey de Nápoles, envió cartas a esa ciudad y a las guarniciones del Reame con la noticia de la marcha hacia el sur de los franceses, exhortándoles a reclutar tropas y a resistir hasta que pudieran recibir refuerzos. Según Carlos Martínez de Campos, en el campo francés «hubo discusiones sobre esta “diversión” absurda; y prevaleció el criterio de utilizar todas las fuerzas disponibles en el Milanesado».

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