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La Jornada de Túnez. 4 

Tres foramontanos en Valladolid 27 Nov 2022 - 07:20 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Bombardeo recíproco entre un barco español y uno otomano durante la Jornada de Túnez)

No será ésta la primera vez que os haga la salvedad   de que no es justo ni conveniente juzgar hechos de armas, sobre todo ocurridos hace siglos, como en este caso, con mentalidad   actual.

Cuando el hombre, que se supone más civilizado en nuestros días reparó en la crueldad de las nuevas y más sofisticadas armas, se produjo una reacción de humanidad, más teórica que real. Reunidos los representantes de la mayoría de las naciones, acordaron limitar o incluso prohibir el uso de las armas de destrucción masiva.  El que los acuerdos se cumplieran o no, ya es otra cuestión para que juzgue la historia si es que   queda alguien para contarlo.

Cambiante fue también la consideración de guerras justas o injustas. De la defensa, sin más, el territorio propio, le sucedieron, con tradición de siglos, diversas denominaciones. Unos, por defender las religiones mayoritarias en determinados países.  Caso éste del islam.  Otros, en defensa a nivel mundial de las creencias más universales.  Caso de la religión católica.

Para los primeros, su guerrear era denominado guerra santa.  Para nosotros, cruzadas.

TOMA DE LA GOLETA

El 4 de julio, unos 500 jenízaros de La Goleta hicieron un esfuerzo desesperado contra las trincheras de los sitiadores, pero fueron repelidos con furia por los veteranos españoles, que a punto estuvieron de penetrar en la fortaleza cuando emprendieron la persecución, y solo volvieron atrás por las insistentes órdenes del marqués del Vasto, que mandaba las tropas. El 14 de julio, tras un furioso cañoneo de las baterías en tierra y la artillería embarcada, relevándose las galeras de ocho en ocho para que no cesara el fuego, se consiguió abrir brechas en La Goleta. Eso permitió un asalto masivo de los imperiales y los defensores fueron arrollados. Los cuatro mil disparos hechos en las seis horas que duró el bombardeo lograron batir parte de los muros de la fortaleza y derrumbar el torreón principal.

Fernández Álvarez destaca que, en el momento del asalto, los españoles eran los que más ansiaban distinguirse a los ojos del emperador, y, tras obtener su permiso, se lanzaron con grandísima furia a la batalla, salvando el foso de la plaza y colocando las escalas para penetrar en la muralla. No sin gran riesgo, por la resistencia que ofrecieron los defensores con todas sus armas disponibles: artillería, arcabuces, y también el consabido aceite hirviendo. […] Pero fue tal la presteza y la furia en el ataque de los tercios viejos españoles, que nada pudo detenerlos. A la cabeza de las columnas o escuadrones asaltantes iban los veteranos de los tercios y, en retaguardia, los bisoños, bajo la protección de las galeras que navegaban cercanas. El honor y la recompensa prometida de 600 ducados para el primero que pusiera pie en la fortaleza se repartió entre los soldados Antonio de Toro, Juan de Herrera y Miguel de Salas. Las primeras banderas en entrar fueron las españolas de los capitanes Hernando de Vargas y Alonso Carrillo. También fue un soldado español, Pedro Gaitán, el que puso la bandera imperial en lo alto de La Goleta, dejando así sellada definitivamente la victoria. Casi todos los soldados turcos perecieron en la retirada, y los del bando cristiano, cuyas muertos no llegaron a 100, se hicieron con más de 300 piezas de artillería, aunque algún cronista hace subir la cifra a 500, contando las menudas.

Muchos de estos cañones eran de bronce y llevaban grabado el escudo francés con las flores de lis o el emblema de Francisco I: una salamandra entre llamas con la frase latina “Nutrisco et extinguo”, lo que demostraba a las claras que las piezas procedían de Francia. También cayeron en manos de los imperiales los barcos anclados en la dársena (unas cien naves de toda clase), entre ellos 42 galeras. Recobraron la libertad 20.000 cautivos cristianos, y muchos tunecinos fueron hechos prisioneros. Como cuenta Almirante: En el transcurso del cerco no cesaron de comunicar con Sicilia y con España las naves, llevándose los heridos y los enfermos y volviendo con reemplazos y bastimentos, de modo que en el Real [campamento] hubo siempre abundancia […]: algunas galeras recibieron tiros mortíferos de enfilada; Doria escapó milagrosamente de uno; D. Álvaro de Bazán resultó herido. En la persecución de las tropas musulmanas destacó como combatiente un franciscano, fray Ludovico, que, según cuentan, con el espíritu de cruzado propio de muchos religiosos de aquel tiempo, arremetió él solo con un alfanje contra un numeroso grupo de turcos y herido de un balazo continuó peleando y dando ánimos a los perseguidores. También despuntó entre los turco-berberiscos un guerrero que, al ser abatido, resultó ser una mujer cuyo nombre se ha perdido. Cerezeda no ahorra los elogios a tan excepcional heroína musulmana: «Fue tan valerosa en el pelear —dice—, cuanto no pienso que entre los moros hubiese más valerosa lanza que la suya». Una vez tomada La Goleta, la suerte de Túnez, aislada al otro lado de la albufera, estaba echada. El 20 de julio el ejército imperial se puso en movimiento y avanzó hacia la ciudad, con los soldados españoles de nuevo en vanguardia.

Cerezeda nos dice: Los cuatro mil españoles soldados viejos iban a la vanguardia; a la mano siniestra de los españoles iba el escuadrón de los italianos, […] entre los españoles y los italianos, en la vanguardia, iban tres banderas de los alemanes con las seis piezas de artillería […]; juntamente con los alemanes y artillería iba el emperador con la mayor parte de la caballería. Los diez mil españoles noveles y alemanes iban en retaguardia, y con ellos iba el duque de Alba y otros caballeros con una parte de la caballería.

Tres foramontanos en Valladolid

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