Por Carlos de Bustamante
(Carlos V en la batalla de Mühlberg, parcial del óleo pintado por Tiziano)
Una vez más me place resaltar que, amoldada a los tiempos, fue España firme defensora del cristianismo que enraizó luego en Europa. Su más firme defensora primero contra el más fanático islamismo que, desde el norte del continente africano quiso adueñarse del mundo más civilizado.
Cierto que fue Carlos Martel quien los detuvo en Poitiers, allende los Pirineos en el año 732, pero no lo es menos que se dejó atrás al pueblo hispano quien tras ocho siglos de guerra sin cuartel, acabó con su hegemonía librando a Europa del enemigo potencial.
Más tarde, hemos visto cómo también fue España la que derrotó a los potentes otomanos, primos hermanos de los anteriormente citados. Y no por último Fernando Martínez Laínez y, servidor vuestro como altavoz suyo, combate España al protestantismo de Lutero que intentó y produjo el gran cisma que perdura en la Iglesia hasta nuestros días. Con otras armas toca ahora a la cristiandad española seguir la tradición de nuestros mayores, para conseguir la unidad rota.
NACIÓN GRANDE Y BELICOSA
La guerra en Alemania era una contienda muy difícil para las armas imperiales. «La nación alemana —como escribe el consejero y obispo de Arras, Antonio Perrenot de Granvela— es grande y belicosa, con mejores condiciones y aptitudes que ninguna otra para levantar ejércitos y para armarlos». Los de la Liga controlaban una buena parte del país, y el emperador,Carlos I de España Y V de Alemania, aun cuando disponía de un gran número de alemanes en su ejército, tenía sus principales bases militares en Flandes y en Italia, con los tercios españoles de guarnición en Lombardía y Nápoles.
Estas tropas debían franquear los Alpes y cruzar el Rin, defendido por la Liga de Smalkalda, para acudir a combatir en Alemania. Las primeras en unirse al ejército imperial fueron las del tercio español acantonado en Hungría, que llegó a marchas forzadas mandado por Álvaro de Sande. La Liga de Smalkalda contaba con unos 40.000 infantes y 7.000 caballos, y sus principales jefes eran el landgrave Felipe de Hesse, el príncipe elector de Sajonia, Juan Federico, y Sebastián Schertel, que ostentaba al mando de las milicias urbanas de Augsburgo y otras ciudades del sur de Alemania. La guerra de Carlos V contra los protestantes se desarrolló en dos campañas: la del Danubio —desde julio de 1546 hasta enero de 1547— y la del Elba —desde abril hasta junio de 1547—. En la primera llevaron la iniciativa los protestantes, dirigidos por el general lansquenete Schertlin von Bertenbach, que avanzaron desde Augsburgo al Tirol para cortar el paso al ejército mandado por Octavio Farnesio, que envió el papa para unirse a los imperiales. Farnesio consiguió llegar a Alemania con 13.000 soldados, a quienes poco después se unirían 6.000 españoles de los tercios de Nápoles. Una vez lograda la reunión de la mayor parte del ejército imperial, Carlos V instaló su cuartel general en Ingolstadt (Baviera), sobre la orilla izquierda del Danubio, sin que los luteranos se decidieran a atacarle. Allí se mantuvo a la defensiva hasta que llegó el refuerzo de 10.000 soldados de Flandes (la mitad de caballería) y dinero de los bancos de Amberes que traía el conde de Buren. Los imperiales, entonces, retomaron la ofensiva y consiguieron recuperar la casi totalidad del electorado de Sajonia, bastión principal del protestantismo alemán. También quedaron sometidos al emperador toda la Suabia y el sur de Alemania. De forma gradual, Carlos V fue engrosando su ejército, en el que figuraban algunos príncipes alemanes protestantes, como el elector de Baviera.
De Nápoles y Milán fueron llegando los efectivos españoles, y la tropa que el conde de Buren, Maximiliano de Egmont, traía desde Flandes (donde era gobernadora María de Hungría, hermana de Carlos V) y la que le proporcionaba su hermano Fernando de Austria, rey de Bohemia y Hungría. Hacia la primavera de 1546, la autoridad imperial se impuso en toda Alemania del sur, pero el crudo invierno causó muchas bajas y la campaña se reanudó a principios de 1547. En enero de ese año, Fernando de Austria pidió el envío de un contingente de tropas imperiales al frente de Sajonia, que fue derrotado por el ejército del elector Juan Federico. Obligado a intervenir personalmente, Carlos V salió de Núremberg y se incorporó en la localidad bohemia de Eger a las tropas del duque Mauricio de Sajonia (primo del elector de Sajonia) y de Fernando de Austria. Las tropas imperiales estaban compuestas por 8.000 veteranos de los tercios españoles procedentes de Hungría, a las órdenes del maestre de campo Álvaro de Sande, 3.000 hombres mandados por Rodrigo de Arce, y el tercio viejo de Nápoles, que dirigía Alonso Vivas. Todos al mando del duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo. A los españoles se unieron 16.000 lansquenetes alemanes, 10.000 soldados de infantería italianos, bajo el mando de Octavio Farnesio, y otros 10.000 valones y flamencos capitaneados por el conde de Buren. En total, unos 44.000 soldados de a pie, con 7.000 de caballería y 15 cañones. Los de la Liga de Smalkalda disponían de una fuerza algo inferior, a las órdenes del elector de Sajonia y el landgrave de Hesse.
EL VADO
El elector de Sajonia había instalado su campo en Maizen con 6.000 infantes, 3.000 caballos y 21 cañones. Su idea era demorar el combate hasta recibir otros 40.000 hombres de las levas realizadas en Bohemia y Pomerania. En cuanto fue localizado, las tropas imperiales fueron a su encuentro para impedirle avituallarse o recibir ayuda de otras ciudades sajonas. Cuando el emperador llegó con sus tropas a tres leguas de Maizen, envió caballería a recorrer la zona, y supo que el elector marchaba hacia Wittemberg por la orilla derecha del Elba. Una patrulla de arcabuceros a caballo españoles, que mandaba el capitán Aldana, descubrió que el enemigo se había detenido en la villa de Mülhberg —que los cronistas españoles llamaban «Milburg»—. Carlos V dio orden entonces de cruzar el río y combatir al enemigo antes de que se alejara más. Al amanecer del día 8 de abril de 1547, ambos ejércitos estaban enfrentados, separados por el río y una franja de bosque que impedía a los de Sajonia el contacto visual con los imperiales. El duque de Alba no perdió el tiempo y envió emisarios a buscar gente del lugar que pudiera informar de algún vado para cruzar el Elba. También envió a 100 arcabuceros españoles y a un escuadrón de caballería húngaro a reconocer la villa de Torgau, que conservaba un puente.
Por fin, un lugareño, molesto con los sajones que el día anterior le habían quitado un par de caballos, mostró a los del ejército imperial el ansiado vado. Se trataba de un tramo del río de unos 300 pasos de anchura, lo que daba a los protestantes ventaja, ya que su orilla tenía bastante pendiente y estaba reforzada, además, con un pequeño muro. El bando enemigo disponía también de un puente de barcas dividido en tres secciones que estaba pegado a la orilla y podía ser desplazado con facilidad por el río. Con un rápido avance, el emperador llegó el 23 de abril con el grueso de su ejército al río Elba, sorprendió al elector de Sajonia, situado en la ciudad de Meissen, y el 24 de abril decidió presentar batalla de inmediato al enemigo en Mülhberg, localidad situada a unos cuatro kilómetros de Torgau. Por allí el Elba tiene mucha anchura, aunque no gran profundidad, y los luteranos habían destruido los puentes, con lo que se sentían a salvo de un ataque por sorpresa. El elector Juan Federico guarnecía su orilla norte protegido por una espesa fuerza de arcabuceros, lo que le hizo sentirse seguro, pero los infantes españoles, dando prueba una vez más de su audacia, acabaron con esa falsa ilusión. Una vez evaluada la anchura del río, los imperiales cayeron en la cuenta de que el puente que traían desmontado en carros era demasiado corto para salvar la corriente, y sería necesario apoderarse de los tramos del puente de barcas custodiados por el enemigo en el lugar del vado. Eso bastaría para completar un nuevo puente que permitiera unir las dos orillas, con suficiente resistencia para aguantar el paso de la artillería, el tren de municiones y el bagaje.
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