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Memoria histórica. La batalla de Mülhberg. 3

Tres foramontanos en Valladolid 15 Dic 2022 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Carlos V en la batalla de Mühlberg, parcial del óleo pintado por Tiziano)

Aunque se me haya casi olvidado este importante hecho de armas de las tropas imperiales de Carlos I (o V), contra la liga de los protestantes, viene nuevamente Fernando Martínez Laínez a traernos de mi mano  a nuestro blog, lo que minuciosamente narra en sus Vientos de Gloria. Pero antes, permítanme cuantos sigan estas gestas, que serán probablemente mis amigos y compañeros de profesión, que os haga unas breves consideraciones, referentes, claro, a la milicia en estas contiendas.

Aprendiz de mucho y maestro de nada, os pido perdón por el atrevimiento de exponer lo que cualquiera de vosotros   lo haría más y mejor.

Me refiero a los Tercios españoles.  Los que nacieron con Gonzalo Fernández de Córdoba en la campaña de Flandes, y que tienen continuidad en las grandes batallas libradas por la milicia española. Principalmente, de las que vengo siendo altavoz de similitudes importantes, y no sin asombro, ¡hasta nuestros días! ¿Acaso no sería Millán Astray el que tomaría como modelo a los Tercios para fundar nuestra   actual Legión? ¿Y no sería nuestro generalísimo Franco el que, de común acuerdo con él, inculcase en la Legión -con la experiencia desarrollada a la perfección con los caballeros cadetes de la Academia General Militar, de la   que fue general director hasta su disolución por la nefasta república- el imprescindible concepto de disciplina, austeridad, máximo entrenamiento, moral de victoria y tantos otros conceptos y virtudes vitales en el ámbito castrense?

Así pues, nuestro agradecimiento al Gran Capitán y a cuantos   al mando de los Tercios nos dieron tantos días de gloria.  Y, por modélicas, gloria también a los actuales tercios legionarios.  Dicho lo   cual,   continúo.

EL CRUCE DEL ELBA

Temprano de mañana, unos 1.000 arcabuceros españoles al mando de Rodrigo de Arce, maestre de campo del tercio de Lombardía, se aproximaron a la orilla sur del Elba en el punto del vado. De los soldados se destacaba un pequeño grupo que se metió en el rí, «con el agua a los pechos», y que disparó contra los arcabuceros sajones que protegían los tramos de puente de barcas en su poder. Pese a la lluvia de balas enemigas, los asaltantes consiguieron disparar y hacer perder la posición a los arcabuceros alemanes, que se retiraron y dejaron abandonadas las barcas. Así lo relata Almirante: Diez españoles, sin más orden ni indicación que su propio instinto y su indómito valor, se desnudan, cogen la espada entre los dientes, se echan a nado, matan a los conductores de las barcas y con ellas vuelven [a la otra orilla] entre los aplausos del ejército asombrado. Este episodio crucial de la batalla está confirmado en todas las crónicas que la han descrito. Como cuenta el historiador W. S. Maltby: Los arcabuceros españoles, vadeando el río con el agua helada hasta el pecho, asaltaron a los ocupantes de las barcas y, cuando hubo cesado el fuego defensivo, otros españoles salieron en tropel y abordaron las embarcaciones como piratas, con los cuchillos apretados entre los dientes. Así consiguió Carlos el medio para transportar sus pertrechos y víveres en perfecto estado. Con los tramos y barcas capturados, los imperiales comenzaron a construir un puente sólido. La prioridad de cruce se dio a la infantería española, que iría seguida por tres regimientos alemanes, y luego por los hombres de armas de Nápoles y la caballería de Mauricio de Sajonia. Por el estrecho vado pasaron primero el Elba los arcabuceros españoles y la caballería ligera húngara, cada jinete con un arcabucero a la grupa. Caballeros magiares y soldados españoles formaban una combinación imparable y pronto establecieron una cabeza de puente por la que terminó de pasar el resto del ejército imperial. Una vez en la otra orilla, los jinetes húngaros dejaron a los arcabuceros y junto con el resto de la caballería imperial se adelantaron contra el enemigo, mientras los zapadores seguían apuntalando el puente para que pasara el grueso del ejército. La caballería imperial que atravesaba el Elba iba dividida en dos cuerpos principales. El primero, en vanguardia, a cargo del duque de Alba, y el segundo, con el emperador y su hermano «en batalla» [cuerpo principal]. Alba dirigía cuatro escuadrones. El primero, de caballería ligera y arcabuceros a caballo; el segundo, de jinetes húngaros; el tercero, con los hombres de armas y herreruelos30 de Mauricio de Sajonia; y el cuarto, con los hombres de armas de Nápoles que mandaba el duque de Castrovillar. El segundo cuerpo, que dirigía el emperador, lo componían dos escuadrones con más de 1.000 hombres de armas y unos 600 herreruelos, y detrás de ambas formaciones marchaban los arcabuceros que mandaba Alonso Vivas.

LA CARGA GENERAL

Caminadas unas tres leguas, el elector de Sajonia recompuso sus filas en retirada y ordenó una carga contra la vanguardia de la caballería imperial, con idea de ganar tiempo para que el grueso de sus fuerzas pudiera atrincherarse en el bosque cercano de Saxdorf. Los escuadrones imperiales, tras cruzar un arroyo, se colocaron en línea y se prepararon para una carga general que rompió a la caballería enemiga y deshizo por el flanco a la infantería situada en segunda línea. A partir de ahí, todo fue una persecución de la caballería imperial tras el ejército de los luteranos. La infantería apenas pudo participar en esta fase de la batalla, aunque las tropas de Álvaro de Sande se hicieron cargo de la custodia de los prisioneros. Como observó el cronista Luis de Ávila y Zúñiga: Eran tantas las armas derramadas por el suelo que daban grandísimo estorbo a los que ejecutaban la victoria. Los muertos y heridos eran muchos; eran tantos los prisioneros que había muchos de los nuestros que traían 15 o 20 soldados.

Estaban los muertos en muchas partes amontonados. Los protestantes, sorprendidos, no disponían de tiempo para desplegarse y tampoco podían retirarse a Wittenberg, porque los españoles les cortaban la retirada. El ejército de Carlos V cargó a fondo y dispersó al enemigo, que huyó a la desbandada, sin intentar atacar la cabeza de puente de los imperiales en el momento crítico, cuando acababa de ser establecida por los españoles que cruzaron el río a nado. Bajo la intensa presión de la caballería ligera imperial, el elector de Sajonia, recorridas unas tres leguas, reordenó su ejército en formación de combate. Colocó en el centro a la infantería en dos escuadrones, flanqueados por la caballería, con la artillería (15 cañones) delante y en la retaguardia (seis cañones). Los imperiales se lanzaron contra la fuerza protestante de inmediato desplegados en tres cuerpos. A la derecha, la mayor parte de la caballería (con 300 arcabuceros a caballo y los hombres de armas), mandada por el duque de Alba; en el flanco izquierdo, el resto de la caballería, encabezada por Mauricio de Sajonia; y la infantería en el centro. La caballería de Alba cargó en el flanco derecho y puso pronto en fuga al adversario. En el ala izquierda, la resistencia enemiga fue mayor, pero terminó siendo vencida por el fuego de los arcabuceros y los jinetes, que obligó a la caballería del elector de Sajonia a retirarse y a buscar cobertura. Mientras la infantería imperial escaramuceaba con la vanguardia enemiga y esperaba la llegada de la infantería española, Alba reorganizó su caballería y comenzó el ataque a la infantería protestante, que, aislada y sin protección de su caballería, resistió dos o tres horas, hasta que cedió y terminó de romperse cuando recibió el ataque combinado de la caballería desde los flancos. Luis de Ávila y Zúñiga, en su Comentario de la guerra de Alemania, describió con viveza el tramo final de la batalla: Apretaron los nuestros de manera que a ninguna otra cosa les dieron lugar, sino de huir, y comenzaron a dejar la infantería, la cual, al principio hizo un poco de resistencia para recogerse al bosque. Mas ya toda nuestra caballería andaba tan dentro de la suya y de sus infantes, que en un momento fueron todos rotos. Los húngaros y los caballos ligeros, tomando a un lado, tomaron por un costado, y con una presteza maravillosa comenzaron a ejecutar la victoria.

CACERÍA, MÁS QUE BATALLA

Al atardecer, las tropas de la Liga emprendieron la retirada hacia unos bosques pantanosos que había a su espalda, pero fueron barridas por la caballería ligera imperial. La batalla había durado unas pocas horas, y la acción de cruzar el río no concluyó hasta las seis de la tarde. Después de la batalla, el emperador hizo venir a su presencia a los primeros soldados españoles que habían cruzado a nado el Elba y los recompensó con cien ducados y una vestimenta de terciopelo grana guarnecida de oro y plata a cada uno de ellos. A estos héroes, prácticamente anónimos, se refiere Bernardino de Escalante, en sus Diálogos del arte militar, cuando escribe: DON MANUEL: -¿Cómo se llamaban los soldados […] que pasaron el Albis [Elba]? CAPITÁN: -Cierto que no lo sé, que aun hasta en eso tenemos poca ventura los españoles que seguimos la guerra, de no haber quien escriba los hechos valiosos, y los nombres de los que los hacen […]. El lugareño que indicó a los imperiales el vado fue recompensado con dos caballos —por ser otros dos los que le habían quitado los sajones— y 100 escudos de oro. El historiador norteamericano William S. Maltby, autor de un profundo estudio histórico sobre el duque de Alba, reconoce que Mülhberg terminó siendo una cacería humana más que una batalla: Vestido con armadura blanca y montado en un caballo blanco, [el duque] dirigió el asalto y rastreó todo el bosque en busca del elector, mientras sus tropas practicaban una matanza sistemática sobre los desperdigados sajones […]. Cuando por fin apareció ante el emperador, bañados él y su caballo en sangre enemiga, supo que Juan Federico había entregado su espada a un caballero alemán, Thilo von Trotha.

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