Por Carlos de Bustamante
(Carlos V en la batalla de Mühlberg, parcial del óleo pintado por Tiziano)
No sé a vosotros, mis amigos, si leído el presente artículo, y último de Mulhberg, os traerá el recuerdo de algunas fuerzas especiales de la antigüedad. Me parece estar viendo el orden oblicuo de Epaminondas; o con más claridad aún el modo de combatir de las legiones romanas. Las que, pertenecientes a una nación que, no siendo excesivo el número de sus habitantes, conquistó y dominó el mundo conocido por entonces. El enorme éxito no hubiera sido posible sin las cualidades de sus jefes que supieron inculcar a sus tropas legionarias ese espíritu tan especial basado en el arrojo, valor, moral de victoria, entrenamiento hasta la extenuación y la nunca bien entendida ni ponderada disciplina. Recordaréis, amigos míos, más por películas basadas en hechos históricos, que por lo que hayamos estudiado, cómo las legiones romanas, perfectamente entrenadas, se replegaban y cerraban filas recomponiendo sus cuadros, para impedir el desorden y con él la desbandada y derrota. Por el contrario, el enemigo chocaba contra un muro que creía roto y con él se tornaba la derrota en victoria. Y para confirmar lo dicho, seguid, por favor, seguid.
SIN ACUERDO
Almirante destaca que esta batalla ofrece un modelo de preparación estratégica, osadía y ejecución táctica, debido, sobre todo, a la calidad de las tropas imperiales, en las que sobresalía sin contestación la infantería española, «no solo por su valor y agilidad, sino por su intuición y su iniciativa». Unos infantes que, en la derrota, sabían replegarse en cuadros macizos, sin perder el orden, y cuyos arcabuceros actuaban con una eficacia desconocida en bandas de tiradores que sembraban la muerte entre los hombres de armas (caballería acorazada), hasta hacía poco señores del campo de batalla que atemorizaban al combatiente de a pie. La actuación del elector de Sajonia en esta batalla puede calificarse de deplorable. Aunque conocía los movimientos de las tropas imperiales, no hizo otra cosa que cruzar el Elba con la vana ilusión de emplear su curso como línea defensiva, y seguir la orilla izquierda del río hasta alcanzar el pueblo de Mülhberg. Una vez allí, confiado en que el río le protegía, permaneció sin tomar precauciones, ignorando la actividad que se llevaba a cabo en el campamento imperial y sin hacer nada para estorbar los preparativos del enemigo, excepto situar unos cuantos soldados para vigilar la orilla opuesta. Luego, cuando los imperiales consiguieron tender los pontones, tampoco reaccionó para atacar la cabeza de puente en el momento en que aún no había cruzado el grueso de la caballería del duque de Alba.
Mülhberg supuso el momento culminante de las guerras alemanas libradas por Carlos V, pero no pudo terminarlas, pese a que el elector Juan Federico y el landgrave Felipe de Hesse, que se entregó poco después de la batalla, fueron hechos prisioneros. La ciudad de Wittenberg capituló y fue capturada prácticamente toda la artillería de la Liga, unos 500 cañones, que se distribuyeron entre los Países Bajos, Italia y España.
El emperador, como nuevo césar, resumió su fulgurante victoria en cinco palabras atribuyéndola al favor divino: «Llegué, vi, y Dios venció». Y cuando el ejército imperial se encontró con la tumba de Lutero no permitió que fuera profanada: «Dejadlo reposar —dijo a sus hombres—, que ya encontró su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos». Tras la disolución de la Liga, Carlos V convocó una Dieta en Augsburgo para tratar de acercar las diferencias entre católicos y protestantes hasta que el Concilio de Trento dictara sus conclusiones. Algunos protestantes estuvieron de acuerdo en asistir al concilio, si seguía reuniéndose en esa ciudad, dentro de los dominios imperiales, y no en Bolonia. El emperador estaba conforme, pero el papa no quiso dar su brazo a torcer y se negó, por lo que los luteranos desistieron de acudir. Fue una buena ocasión para mitigar la separación religiosa de Europa que se perdió, y eso hizo que las relaciones entre el Imperio y el Papado empeoraran. Poco después, el hijo del papa, Pedro Luis Farnesio, duque de Parma, fue asesinado por mandato de Fernando de Gonzaga, miembro de la familia ducal de Mantua, que se adueñó de Parma sin que el emperador pusiera objeciones. Como desquite, quizá, por la retirada antes de entrar en combate del ejército italiano papal que comandaba Octavio Farnesio, nieto de Paulo III, reducido a menos de la mitad por las deserciones y la crudeza invernal.
GLORIA Y OCASO
Carlos V alcanzó en Mülhberg la cima de su gloria imperial y militar, como bien retrató Tiziano en su famoso cuadro del césar a caballo que se guarda en el Museo del Prado, pero no fue una victoria definitiva, porque los protestantes se rehicieron con rapidez, ayudados por Francia, el avance turco y el signo de los tiempos, que había quebrado definitivamente la unidad católica europea, sobre la que el emperador pretendía asentar su «monarquía universal».
La división religiosa en los dominios del Sacro Imperio Romano Germánico era ya irreversible, y no es superfluo destacar —como bien señala el escritor y periodista Luis Reyes— que el triunfo personal de Carlos V en Mülhberg llegaba tarde. El emperador tenía cuarenta y siete años en ese momento y se aproximaba a la vejez: «El cansancio y la frustración de tantos años de política y guerra le harían abdicar y retirarse a morir a Yuste antes de una década». En el cuadro de Tiziano, la figura montada del emperador a caballo sigue la descripción del cronista Luis de Ávila: Iba el Emperador en un caballo castaño oscuro, el cual le había presentado mosiur de Ri, caballero de la orden del Toisón, y su primer camarero; llevaba un caparazón de terciopelo carmesí con franjas de oro, y unas armas blancas y doradas, y no llevaba sobre ellas otra cosa sino la banda muy ancha de tafetán carmesí listada de oro, y un morrión tudesco, y una media asta, casi venablo, en las manos.
Las bajas de los partidarios de la Liga en la batalla se calculan entre los 6.500 y los 9.000, entre muertos y heridos, y unos 1.000 prisioneros, entre los cuales estaban el elector de Sajonia y el duque de Brunswick. La masacre de los vencidos fue tal que el cronista Luis de Ávila llegó a referirla diciendo: «Era una la muerte y los géneros de ella muy diversos». Las pérdidas de los imperiales apenas llegaron al centenar, y Almirante las rebaja hasta solo 50. Cifras que corrobora Jeremy Black en la obra Great Military Leaders and their Campaigns, donde se calculan las bajas sajonas en 8.000, entre muertos y heridos, y las imperiales, entre 100 y 200.
El epílogo de Mülhberg resultó bastante desalentador para Carlos V. Los príncipes luteranos alemanes se aliaron con Enrique II de Francia, que ocupó las ciudades-fortaleza imperiales de Metz, Toul y Verdún, de gran importancia estratégica; y Mauricio de Sajonia traicionó al emperador y estuvo a punto de capturarle en Innsbruck, cuando se encontraba prácticamente indefenso. Pero Carlos V pudo escapar a Italia atravesando los pasos nevados de los Alpes, en lo que fue la retirada más amarga de su trayectoria militar.
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