Por Carlos de Bustamante
(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)
Cuando en el tantas veces citado libro histórico de Fernando Martínez Laínez vi en el índice la batalla de San Quintín, sonreí con íntima satisfacción.
Antes de hacerme cargo del gobierno militar de Palencia, mi último destino en activo, tuve el honor de mandar el batallón en armas del inolvidable Regimiento de san Quintín. Glorioso regimiento de Infantería con sede desde muy antiguo en Valladolid. Indeleble la imagen, grabada en mis adentros en los que palpitaba la vocación precoz hacia la carrera de las armas.
En impecable formación contemplaba emocionado la salida de la tropa con los mandos al frente por el portón del convento de san Benito, habilitado para el Regimiento; con escuadra de gastadores, banda y música, descendían marciales las grandes escalinatas de piedra-otrora camino de frailes-, para asistir a la santa misa en la iglesia inmediata de san Benito, situada en el centro histórico de la ciudad castellana. Mayor emoción aún, si cabe, cuando, en el momento crucial de la Consagración (Transustanciación del Cuerpo y Sangre de Cristo) -toda la fuerza rodilla en tierra (piedra)-, por las imponente bóvedas del templo, retumbaba el himno de España, que la música regimental interpretaba con solemnidad. Y luego, desfile de vuelta al convento-cuartel ante un público que aplaudía con entusiasmo a sus soldados. Regimiento de Infantería nº 32. En la gloria después del desahogo, os invito, mis amigos, al recreo con la memoria histórica de esta gran batalla.
«Jamás se vio ejército más bien gobernado, obediente, disciplinado, unido, con ser de tantas naciones compuesto». (LUIS CABRERA DE CÓRDOBA).
El siglo XVI es un siglo de incansable rivalidad entre España y Francia, las dos naciones más importantes del continente. En esa pugna, que alteraba con frecuencia el mapa europeo, las armas de la Corona española, fundidas durante la primera mitad de la centuria con las del Sacro Imperio Romano Germánico, salieron casi siempre triunfantes. Dentro del marco de permanente hostilidad franco-hispana, la victoria de San Quintín representa el cenit de la hegemonía militar española, que a punto estuvo de arrinconar y derrotar por completo a la monarquía francesa e imponer definitivamente su supremacía en Europa. Algo que no se consiguió y que a la postre permitiría a Francia recuperarse durante el siglo XVII, para desgracia de España.
En el año 1556, se reanuda la guerra entre España y Francia, que había caracterizado los reinados de Carlos V y Francisco I. Enrique II de Francia seguía empeñado en combatir el poder hispano en Europa y romper el cerco estratégico que le imponía una España dominadora de los Países Bajos, Luxemburgo, el Franco Condado y el norte de Italia. Y a esto había que añadir los manejos del papa, que el 25 de diciembre de 1555 firmó una alianza con Francia.
El pontífice Paulo IV, enemigo enconado de España y del emperador, ofreció al rey francés el trono de Nápoles y el Milanesado si expulsaba a los españoles de Italia, de modo que en noviembre de 1556 Enrique II rompió la tregua acordada.
La mecha de la guerra estaba encendida. Un año antes, el emperador Carlos había abdicado en Bruselas las posesiones de Flandes, y en enero de 1556 hizo otro tanto con el resto de sus estados. La mayor parte de esa herencia recayó sobre su primogénito, Felipe II, que se convertía así en el monarca más poderoso de la tierra. Un poder que debería hacer frente a las ambiciones de una Francia deseosa de revancha en Italia y en otras partes de Europa. Rota la tregua, el conflicto se extendió por media Europa, pero los combates decisivos se libraron en la frontera francesa de los Países Bajos.
GOLPE AL CORAZÓN
El plan francés consistía en desviar la guerra de su territorio y llevarla a Italia, donde España contaba con la desventaja del alejamiento de su base peninsular. Para ello dirigió a Roma lo más selecto de su ejército, al mando del duque de Guisa. Mientras tanto, había decidido mantener la presión sobre Flandes, donde estaba Felipe II al romperse la tregua. Tras escuchar el parecer de sus consejeros y expertos militares, el rey español decidió no seguir la pauta bélica que el rey francés le marcaba en suelo italiano. Con un poderoso ejército de 45.000 infantes y arcabuceros, 16.000 caballos y 80 piezas de artillería, al mando del duque Manuel Filiberto de Saboya, decidió invadir la Champaña y Picardía desde Flandes y golpear el corazón de Francia.
En cuanto a Italia, se encomendó al duque de Alba, virrey de Nápoles, que llevase a cabo una defensa activa y enfrentara la situación con las fuerzas que tenía a su cargo. Alba partió desde Nápoles y atacó los estados del papa. Se apoderó de Ostia y llegó a las puertas de Roma, que se dio por perdida, algo que impidió finalmente la conocida actitud escrupulosamente piadosa del rey español, quien antes de combatir al papa había consultado a los teólogos sobre la licitud de una guerra contra Paulo IV, en cuanto soberano temporal de sus dominios en el centro de Italia. Cuando Alba llegó a las puertas de Roma, pactó una tregua de cuarenta días con el pontífice. Entretanto, el duque de Guisa, al frente de lo más granado del ejército francés, traspasó los Alpes a principios de 1557 y penetró en Italia. Pero Felipe II, bien aconsejado, optó por la estrategia acertada y mantuvo el control de la situación.
La clave de la guerra —apunta Fernández Álvarez— estuvo en torno a la plaza de Civitella, fuertemente pertrechada por el duque de Alba, que el de Guisa asedió sin éxito en la primavera de 1557. Mientras el duque de Alba entretenía a Guisa sin empeñarse a fondo, el rey hispano decidió profundizar la guerra en territorio francés. Para ello contaba con un ejército en el cual, como de costumbre, el núcleo duro estaba formado por los españoles y sus famosos tercios, pero en el que también se integraban fuerzas asalariadas alemanas, italianas, valonas, flamencas y borgoñonas, además de un refuerzo llegado de Inglaterra.
En julio de 1557, 42.000 hombres al mando del duque Filiberto de Saboya —aliado de España— invadieron el norte de Francia. Un ejército al que siguió, a tres días de marcha, otro de unos 20.000 hombres que mandaba el propio Felipe II, y en el que había 5.000 ingleses cedidos por la reina María Tudor de Inglaterra, su esposa.
Desde Cambrai, Felipe II seguía los movimientos del ejército del duque de Saboya por las Ardenas y Picardía. En síntesis, el plan adoptado en Bruselas a principios de julio consistía en invadir la región de Champaña por el sur de Hainaut y apoderarse de algunas plazas fuertes fronterizas, como Mézieres, Rocroi o Maubert-Fontaine, y, en caso de no alcanzar tales objetivos, dirigirse a Picardía y prolongar la guerra en ese territorio.
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