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Memoria histórica. San Quintín (1557). 4

Tres foramontanos en Valladolid 06 Ene 2023 - 07:22 CET
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Por Carlos de Bustamante

 

(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)

Poco o nada debería prologar este minucioso relato histórico con que   Fernando Martínez Laínez nos pone de manifiesto la estrategia y la táctica de un ejército, español por supuesto, que supo utilizar sus medios de combate en la forma y   momento oportunos.  Me pete sólo resaltar el   importante papel desempeñado en esta gloriosa batalla de la caballería española, tanto para explotar el éxito como para, haciendo uso de la movilidad que le es propia, atacar o detener, con el sacrifico propio, el avance enemigo en la forma menos esperada. Ni que decir tiene que, la mejor Infantería del mundo, los Tercios españoles, volvieron a dar una lección magistral de valor, disciplina, preparación para el combate y, con ellas, de eficacia.  Mejor, mis amigos, leedlo y comprobarlo.

LECCIONES DE GUERRA

En la mañana del 10 de agosto, el ejército francés empezó a cruzar el Somme en barcas para atacar a los sitiadores. Su avance, protegido por las fuerzas del príncipe de Condé, era lento, y los arcabuceros españoles apostados en la otra orilla del río les hicieron muchas bajas. Condé advirtió al condestable Montmorency del riesgo que corría todo el ejército francés y este le contestó con fatuidad suicida: «Serví en banderas antes de que el príncipe de Condé hubiese venido al mundo, y espero que durante algunos años podré darle lecciones de guerra». A costa de muchas pérdidas, Andelot consiguió introducir en San Quintín a unos 400 hombres, lo cual no alteró en absoluto la suerte de la batalla, ya que Filiberto de Saboya mantenía el completo dominio del campo de operaciones.

El momento decisivo se produjo cuando la infantería del duque de Saboya cruzó el río lejos de la vista de los franceses y atacó de improviso su retaguardia. Montmorency reaccionó y ordenó a su caballería, al mando del duque de Nevers, ir al encuentro del enemigo, pero entonces la caballería de Egmont, que se mantenía oculta tras unas lomas, cargó por la espalda y el flanco enemigos. La sorpresa francesa fue tremenda al comprobar que casi todo el ejército español había podido cruzar el río, y les atacaba cuando parte de la infantería de Montmorency se encontraba combatiendo en la otra orilla o vadeando la corriente. Al condestable no le quedaba otra opción que retirarse ordenadamente, y mandó a sus hombres que reembarcaran y volvieran a cruzar el Somme hasta alcanzar el punto de partida.

EL DESASTRE FRANCÉS

Tras muchos esfuerzos, Montmorency consiguió reagrupar a la mayoría de sus hombres e inició el repliegue protegido por su caballería, hostigada a su vez por los jinetes de Egmont. Pero la retirada se convirtió en pesadilla. La desorganización hizo mella en las filas francesas y Montmorency no consiguió restablecer la situación. La artillería, colocada en cabeza, dificultaba el movimiento de toda la columna. Tras ella iba la infantería, y luego los carros y todo el tren de abastecimiento.

Cansados y maltrechos, los soldados franceses se veían ahora obligados a recorrer en sentido inverso el mismo camino que tanto les había costado hacer la madrugada anterior.

El objetivo francés era alcanzar (siguiendo una antigua vía romana por la meseta de Essigny) los bosques de Montescourt y Gibercourt, unos kilómetros al oeste de la plaza, para protegerse en ellos y reorganizarse. Después de tres horas de fatigosa marcha, la fuerza francesa estaba a punto de alcanzar los bosques cuando la caballería de Egmont se lo impidió. Unos 2.000 jinetes se situaron en Montescourt, entre la espesura arbórea y el ejército galo. Al comprobar que la retirada resultaba imposible, Montmorency se vio forzado a combatir apresuradamente y formar en orden de batalla. Ya era un ejército cansado, perseguido y desmoralizado, pero aún constituía una fuerza importante de 20.000 hombres.

El condestable colocó a 5.000 mercenarios alemanes en vanguardia, apoyados por la artillería, y él se situó entre el centro y la retaguardia, con la caballería cubriendo los flancos. Pero antes de que llegase la infantería del duque de Saboya, la caballería flamenca de Egmont, con una brillante maniobra, atacó para no dar tiempo a los franceses a reorganizarse. Fue un ataque impetuoso y efectivo que abrió brecha profunda en las líneas francesas.

MEDIA LEGUA DE MUERTE

Justo en ese momento apareció el grueso de la infantería hispana, que se lanzó al ataque mientras la caballería de Egmont se tomaba un respiro. En ese punto, los mercenarios alemanes dieron la batalla por perdida y se rindieron en bloque, mientras Montmorency trataba de abrirse paso con sus tropas galas, en su mayoría gasconas. Las formaciones francesas cayeron diezmadas por el fuego de la artillería y deshechas por los arcabuceros y piqueros de los tercios españoles de Alonso de Navarrete y Alonso de Cáceres. Como relata el coronel Batista González, las formaciones montadas de los duques de Saboya y el conde de Egmont buscaron inmediatamente entonces el contacto con la infantería francesa. Montmorency, cogido por sorpresa, inició una maniobra hacia su costado derecho para aguantar en terreno firme la carga del contrario. No pudo culminarla, y sobre su flanco izquierdo, desordenado, embistió la caballería de Egmont provocando una desastrosa retirada. Un tercio de la infantería francesa fue aniquilado. Los jefes franceses lucharon con valor, pero no pudieron contener el pánico ni impedir la desbandada. Solo unas pocas compañías de veteranos mantuvieron una desesperada resistencia. Formando cuadro, resistieron las sucesivas cargas hasta que el duque de Saboya, con la artillería bien asentada, destrozó las formaciones enemigas y la infantería arrasó las últimas resistencias.

La carnicería fue tremenda: 9.000 cadáveres franceses, entre ellos destacados miembros de la nobleza, quedaron tendidos en el campo. «Vimos más de media legua de terreno cubierto por la muerte —cuenta un médico francés que atendió a los heridos—; y apenas nos detuvimos debido al hedor que desprendían los hombres muertos y sus caballos». Montmorency, herido en un muslo, fue hecho prisionero por un soldado español apellidado Sedano. Otros 6.000 hombres fueron capturados y unos 5.000 soldados franceses consiguieron escapar aprovechando la confusión del combate. Entre los prisioneros estaba Juan de Borbón, duque de Enghien, que, malherido, murió poco después en la tienda de Filiberto de Saboya. Los vencidos perdieron también 16 piezas de artillería y más de un centenar de banderas y estandartes, además de un rico botín en joyas y dinero. Entre los prisioneros franceses, además del condestable Montmorency, figuraban el mariscal Saint-André, el duque de Montpensier, el conde de Hernani, el vizconde de Turena, el vizconde de Villars y el príncipe de la Roche-sur-Yon.

En las filas del bando español, las bajas no llegaron a los 1.000 hombres entre muertos y heridos. Los mercenarios alemanes que se entregaron en la batalla fueron desarmados y liberados, y a cada uno se le entregó medio ducado a cambio de la promesa de no combatir contra España durante seis meses. El cuerpo del príncipe Juan de Borbón fue entregado a sus deudos para recibir digna sepultura. El rey francés, al conocer la derrota, dijo que a Francia ya solo le quedaba «buen ánimo y no asombrarse de nada».

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