Por Carlos de Bustamante
(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)
La historia de las naciones a lo largo de los siglos, tiene, por lo menos en apariencia, verdaderas contradicciones. Alianzas para combatir a un enemigo común, se vuelven las tornas por un quítame allá esas pajas. Pensaba, mis amigos, por la expresión, en don Quijote y las ínsulas para Sancho Panza cuando en esta singular contienda -san Quintín-, quienes fueron firmes aliados contra el francés, al cabo de unos años -pocos- se convirtieron en enemigos encarnizados. Los que, dieron incluso la vida por sus entrañables compañeros de armas, en unas pispas se negaron el pan y la sal como enemigos tan encarnizados como si lo fueran seculares. ¿Lo entendéis amigos míos…? Pues yo tampoco. Sin embargo y no como excepción que confirme la regla, Fernando Martínez Laínez nos lo explica sobradamente con los hechos que narra en el nunca suficientemente ponderado texto: Vientos de Gloria, que os reproduzco como la muestra más fidedigna de la verdadera memoria histórica, tan maltratada (tergiversada) en nuestros días.
REPLIEGUE FRANCÉS
Thermes se informó de que el gobernador de Flandes, conde Lamoral de Egmont, iba a su encuentro con un ejército de 15.000 infantes y 3.000 de caballería. El mariscal galo, considerando que había alargado demasiado su línea de avance, dejó guarniciones en las ciudades conquistadas y, sabiendo cercano el contraataque del ejército hispano de Flandes, decidió un retroceso táctico sobre Saint Omer, una población en la orilla del río Aa, apartada de la costa, para neutralizar el previsto apoyo de los barcos ingleses a la fuerza de Egmont.
Consciente de las intenciones del francés, Egmont lanzó su caballería contra el flanco izquierdo de Thermes, que se vio forzado a desplazarse hacia el norte para evitar la maniobra envolvente del general flamenco, y se detuvo junto a Gravelinas, una población costera fuertemente fortificada que protegía la frontera oeste del territorio de Flandes bajo soberanía de la Corona hispana. El objetivo final del mariscal era refugiarse tras los muros de Calais, distante unos veinte kilómetros, y prepararse para volver a atacar en el momento favorable, presumiendo que el ejército hispanoflamenco no podría sostener un asedio en toda regla. Egmont, cuyas órdenes eran detener el avance francés, había dejado atrás la artillería y caminaba a marchas forzadas para alcanzar al enemigo y abortar su plan. La batalla se hizo inevitable y Thermes desplegó sus tropas en la orilla izquierda del Aa, en un frente de algo más de un kilómetro.
Por delante, la artillería —seis culebrinas y tres falconetes—, los arcabuceros y la caballería, su principal fuerza; el mar protegiendo su flanco derecho, y el flanco izquierdo resguardado con una doble hilera de los carromatos que transportan el bagaje de su ejército. En reserva, mantuvo una fuerza de 500 lansquenetes alemanes. El despliegue español ocupaba un frente similar, dejando amplitud suficiente a su derecha para desbordar el ala izquierda francesa. Una maniobra que resultaba imposible realizar por el flanco derecho francés, debido a las altas dunas costeras que obstaculizaban cualquier movimiento envolvente por ese lado. Desde la plaza de Gravelinas se unió al ejército de Egmont una fuerza que mandaba el señor de Beugnicourt, y se destacaron algunas unidades que vigilaban los vados del Aa para impedir que los franceses pudieran volver y retirarse al interior de Flandes.
LA INICIATIVA DE EGMONT
El 13 de julio de 1558, Egmont contemplaba el campo de batalla y calibraba el escenario. Aunque no tenía instrucciones expresas de entablar combate, sabía que se presentaba una buena ocasión de batir a los franceses y cruzó el río Aa con la caballería por el vado de Saint Omer, con intención de cortar la retirada de Thermes y obligarle a presentar batalla. Entretanto, los franceses también habían vadeado el río un poco más al norte, con el fin de encaminarse a Calais bordeando las dunas de la costa. Pero se vieron frustrados cuando los exploradores informaron de que la caballería de Egmont se les había adelantado y bloqueaba la ruta. El ejército francés, entonces, se reagrupó y esperó el ataque. El conde de Egmont valoró justamente la situación. Era un buen general y sabía que para ganar la batalla necesitaba lanzar un ataque muy rápido que desconcertase al enemigo y evitase que el fuego de los cañones y arcabuces diezmara el avance frontal de su infantería. La velocidad y el choque debían primar sobre el fuego.
Su plan se basaba en dar a la caballería el papel decisivo: cargar resueltamente y sortear los cañones y arcabuces enemigos. Luego, la infantería hispano-valona-alemana, que componía el grueso de su ejército, debería seguir a los caballos y chocar con el grueso de la infantería de Thermes. El jefe flamenco colocó a sus tropas formando una línea convexa, dejando en el centro a los tercios españoles, con la infantería alemana y valona, y a los hombres de armas y la caballería ligera en los flancos. Delante situó a la caballería, repartida en tres cuerpos: el derecho, con dos escuadrones alemanes de herreruelos que mandaba el conde de Pontevany; el del centro, con hombres de armas flamencos y caballería ligera a las órdenes del conde Lalaing; y el izquierdo, cercano a la playa, con dos escuadrones de caballería ligera al mando de Enrique Enríquez.
En cuanto a la infantería del bando hispano, se desplegó detrás de la caballería en tres enormes cuadros compactos cuyo mando ostentaba el señor de Beugnicourt, segundo de Egmont. En el flanco izquierdo había un regimiento alemán de 3.000 hombres; en el centro, otros 4.500 lansquenetes, y en la derecha, la infantería española y valona que mandaba Carvajal. En la reserva, 300 jinetes y 2.000 hombres de a pie, entre milicias locales y voluntarios. Como en otras ocasiones, los soldados españoles eran pocos, pero ocupaban un punto decisivo del despliegue: el flanco derecho, por el que la caballería francesa podía intentar rebasar el dispositivo hispano-flamenco y terminar envolviendo a todo el ejército. En ese caso, la derrota era segura. Por sus exploradores, los franceses sabían que los del bando español marchaban sin artillería y sin bagajes, por lo que suponían que no podrían mantener ningún combate campal de envergadura. Pero no todo eran buenas noticias en el bando francés. Thermes estaba enfermo de gota y la moral combatiente de sus tropas no era muy alta, por hallarse en territorio enemigo y prácticamente rodeados. Su mayor deseo era poder llegar a Calais.
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